Al día siguiente, Leonora debía comenzar al mediodía con su entrenamiento junto a los otros caballeros que llegarían al castillo, pero nadie debía enterarse de nada, o sí no, se metería en un gran problema; así que tuvo que tramar un buen plan para poder lograr su objetivo. Faltaba un cuarto de hora para que el reloj sonara las doce campanadas de la mañana y la princesa aún no había bajado a desayunar, lo cual preocupó mucho a sus padres.
- ¿Aún no ha despertado Leonora? - preguntó la reina a una de las criadas.
- No, vuestra alteza. -
- A las doce en punto tiene clase de bordado con Doña Eduviges y no estará lista a tiempo, iré yo misma a su habitación a ver que le ocurre. -
La reina se dirigió a la alcoba de Leonora y cuando entró encontró a la princesa todavía acostada en la cama. - ¡Pero hija! ¿Aún no te has levantado? ¡Vístete ya! ¡Tienes que ir a tu clase de bordado! -
Leonora abrió lentamente los ojos, miró a su madre y con voz compungida le dijo. - Me siento mal, me duele horriblemente la cabeza. No podré ir a tomar mis lecciones. -
- ¡Oh cielos! ¡Entonces debes quedarte en la cama a reposar! Mandaré avisar a Doña Eduviges que no irás a clase, así que duerme tranquila y descansa. -
En cuanto su madre salió de su habitación, Leonora colocó sus almohadas debajo de las sábanas y se puso su armadura para escaparse y acudir al primer entrenamiento. Cuando llegó estaban seis caballeros armados reunidos en el patio de armas con el rey para comenzar a tramar un plan para acabar con el dragón.
- Bien caballeros... - comenzó su discurso el monarca. - Los he convocado al palacio porque, como ya bien saben, hay un dragón muy peligroso suelto y tenemos que matarlo a como de lugar. -
Uno de los guerreros levantó la mano para tomar la palabra. - Pero, vuestra Excelencia ¡Se trata de un dragón negro de los más terribles y fieros, enfrentarlo no será cosa fácil! -
Otro hombre también aprovechó la oportunidad de expresar su opinión. - Majestad, yo he peleado con varios dragones durante toda mi vida, pero nunca con un dragón negro y debo reconocer que tengo algunas dudas de cómo podríamos vencerlo. -
El resto de los presentes comenzaron a titubear y entonces Leonora, tratando de agravar su voz para que no descubrieran que era una chica, intervino. - Efectivamente, el dragón negro es un ser astuto y peligroso, será difícil derrotarlo pero no imposible. -
El rey y todos los caballeros, sin sospechar que aquel muchacho fuera una mujer, se asombraron de la seguridad con la que la princesa habló. - Joven caballero... - le dijo el mandatario - tu seguridad y valentía es muy admirable. -
- Gracias, majestad - le agradeció Leonora dirigiéndole una respetuosa reverencia. - Como decía, los dragones negros son muy poderosos, uno solo de ellos podría derrotarnos a todos nosotros fácilmente; pero también tienen sus debilidades y podemos tomar ventaja de eso, sólo es cosa de armar una buena estrategia de ataque. -
- Bien jovencito, parece ser que efectivamente sabes mucho sobre dragones - replicó el rey asombrado. - ¿Y qué es lo que propones que hagamos? -
- Verán... - comenzó a explicar Leonora. - A los dragones negros les encanta coleccionar monedas de oro y guardarlas en sus madrigueras secretas, y este dragón no debe ser la excepción. Por lo tanto propongo lo siguiente, juntemos todas las monedas doradas que nos sea posible y vayamos a los pantanos. -
El caballero que había hablado primero le preguntó a la princesa. - ¿Y por qué debemos ir al pantano? -
Leonora prosiguió a explicarle. - Porque los dragones negros buscan sitios cálidos y húmedos para esconderse. Lo que tenemos que hacer cuando lleguemos allá es dejar un saco lleno de monedas brillantes y vigilar muy de cerca. En cuanto el dragón las vea, no podrá resistirse y las tomará, entonces nosotros podremos seguirlo hacia su guarida y ahí atacarlo por sorpresa. -
Al escuchar el plan de Leonora, el rey y los caballeros no pudieron hacer otra cosa que aplaudir. - Muy bien señores, ya escucharon a este joven ¡Vayamos todos a juntar monedas de oro ahora mismo! -
En cuanto todos consiguieron un número considerable de monedas, se volvieron a reunir en el castillo.
- ¡Muy bien hecho! - los felicitó la muchacha. - Ahora, lo mejor será que partamos cuando esté por oscurecer, los dragones negros son animales de hábitos nocturnos, así nos será más fácil encontrarlo. -
Al anochecer, Leonora, el rey y los caballeros se dirigieron hacia los tenebrosos y apartados pantanos para llevar a cabo el resto del plan. Caminaron durante varias horas iluminando el camino con antorchas, cuidándose de las arenas movedizas y otros animales peligrosos que habitaban ahí. Cuando arribaron a un sitio despejado que Leonora consideró adecuado, se detuvieron. - Bien caballeros, yo creo que en este lugar podemos dejar el saco de monedas. Ahora sólo tenemos que escondernos y esperar a que aparezca el dragón. -
Se ocultaron detrás de unos árboles y permanecieron completamente quietos y en silencio. Esperaron aproximadamente media hora, cuando de repente el cielo se oscureció aún más por una enorme sombra negra que volaba sobre el pantano, y después, se escuchó el batir de unas enormes alas.
- ¡Ahí está el dragón! - señaló uno de los caballeros mientras los demás trataban de observar desde su escondite al animal. La bestia comenzó a revolotear en círculos cerca de donde habían colocado el saco con las tentadoras monedas brillantes.
- ¡Sí! ¡Lo encontró! - exclamó el rey muy entusiasmado.
El dragón finalmente logró tomar con sus garras el saco y volvió a batir sus alas para elevarse nuevamente al cielo rumbo a su escondite.
- ¡Perfecto! Ahora sólo tenemos que seguirlo de cerca sin que nos descubra ¡Vengan! - les ordenó Leonora mientras les hacía señas a los demás para que siguieran adelante.
Con mucho cuidado de no hacer ruido, avanzaron lentamente en medio del pantano pero al mismo tiempo trataban de seguir el aleteo del dragón que, para su buena suerte, al ir cargando un pesado saco de monedas no podía volar muy rápido. No supieron por cuanto tiempo exactamente estuvieron caminando, hasta que el dragón disminuyó aún más su velocidad y comenzó a aterrizar cerca de donde había unas enormes rocas que formaban la entrada a una cueva.
- Ese debe ser su escondite - susurró la princesa. - Ahora tenemos que preparar un plan para tomarlo por sorpresa y así poder acabar con él. -
- Está bien - asintieron los demás al mismo tiempo que observaban con cautela al dragón ingresar a la caverna.
- Propongo que entremos a atacarlo ahora mismo y lo tomemos por sorpresa - exclamó uno de los presentes.
- No - respondió Leonora. - Eso no es conveniente, los dragones negros son más astutos de lo que pensamos, una emboscada no lo detendrá fácilmente. Tenemos que actuar con inteligencia y prudencia, esto es lo que haremos... -
Todos hicieron un círculo para escuchar lo que la princesa tenía que decir y después de que Leonora les explicó el plan que tenía en mente, uno de los caballeros se ofreció como voluntario para entrar a la cueva a ver que estaba haciendo el dragón en ese momento, y cuando volvió a reunirse con los otros les comunicó emocionado. - ¡Está profundamente dormido! -
- ¡Estupendo! - exclamó Leonora. - ¡Ahora es cuando! -
El grupo entró sigilosamente a la cueva con sus espadas, escudos, cuerdas y cadenas y avanzaron hasta lo más profundo donde se hallaba el dragón que dormía plácidamente. Cada uno se colocó en una posición estratégica alrededor del animal, Leonora les dio la señal para que atacaran y todos se le lanzaron encima al dragón para sujetarlo atarlo con las cuerdas y las cadenas. Nada más sentir y escuchar todo el movimiento, el dragón despertó, trató de liberarse y al no poder lograrlo, comenzó a escupir llamaradas de fuego.
Al ver eso, la princesa se preocupó mucho porque su plan pudiera fracasar, pero enseguida se tranquilizó para poder pensar en algo.
- ¡Protéjanse con los escudos! - les gritó a los demás que seguían tratando de contener al dragón que estaba realmente enfurecido.
Uno de los caballeros blandió su espada e intentó cortarle la cabeza al dragón, pero Leonora lo detuvo. - ¡No! Si le cortamos la cabeza le crecerán otras dos en su lugar, tenemos que atravesarle el corazón, es la única forma de matarlo. -

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