El sol brillaba en lo alto del cielo y prediciendo con exactitud cada día, el silbato colocado en la pared de la montaña retumbó a través de los túneles marcando la hora de salida, las compuertas de piedra se abrían mientras los rodamientos de los complejos sistemas enanos chirriaban por el gran peso que soportaban, la gargantuesca estructura enana, robusta e infranqueable dejó paso a filas de mineros que parecían no tener fin.A pesar del caos y barullo todo estaba organizado, enanos tirando picos y palas, cogiendo mochilas, gritos de un lado a otro, gente que salía por la que entraba, carros moviéndose de un lado a otro, uno de los caballos desbocados cayó exhausto mientras que cinco enanos tiraban de él para sustituirlo.
Al fondo, donde comienza la carretera, un carro preparándose para partir, una enana a punto de romper el ballestón del carruaje mientras otros dos la empujaban para subir y está refunfuñando de que no la toquen, de detrás de la lona, destacando del resto por su altura, un señor de mediana edad, podría rondar sobre los cuarenta, quizás menos, movía uno de los caballos para colocarlos, vestía un peto de cuero, cubierto con una gabardina y del cinturón una espada larga en una funda rojiza acabada en un remache de hierro, nada fuera de lo común, salvo que, en la espalda junto a una pequeña mochila un fusil descansaba sobre el hombro.
Las armas de fuego, que usaban pólvora, eran toscas, sin precisión y peligrosas, los altos humanos en el norte del continente estudiaban su uso, pero lo abandonaron años atrás, ya que la investigación alquímica, hizo de las ballestas un arma con mucho más potencial. Hoy en día estos elementos volátiles las usan otras razas menos inteligentes, como trasgos o kobolds, aumentando el peligro de estos.
Una vez que los mineros volvieron al trabajo el carro partió de Guinjernen, las primeras horas transcurrieron sin problemas, con una charla banal e insulsa. El camino fue construido años atrás por los enanos, los ejes del carro no sufrían, las ruedas poseen un suelo uniforme por el que transcurrir sin problemas, y dos grandes percherones tiraban del carro sin esfuerzo alguno incluso en las pendientes que harían desbocarse a las más preparadas diligencias. No había gran cosa, de vez en cuando un pequeño árbol asomaba entre las rocas, algún conejo asomaba de su madriguera para volver a meterse segundos después, el peor problema con el cual se tuvieron que enfrentar fueron los fríos vientos que descienden de lo alto de las montañas, sin embargo sin ningún contratiempo más cayó la noche sobre ellos.
- Deberíamos parar bajo esas rocas, nos cubrirán del viento-Gritó el fusilero adelantándose.
Dejaron el carro en vertical al camino, formando una esquina con las rocas, delante de ellos encendieron una hoguera, así podrían resguardarse del viento y el calor del fuego rebotara
en las paredes improvisadas dispersandose con mayor lentitud.
- Montare yo la primera guardia.- dijo uno de los enanos mientras se subía en lo alto del carro. Este a diferencia de los otros dos iba armado, hacha en mano y un guantelete reforzado en el otro, llevaba un coraza ajustada al pecho, en la parte izquierda, donde se encuentra el corazón, pintado en negro, un martillo rodeado de espinas, símbolo del gremio de combatientes encontrado en Markharn, al sur de Guinjernen.
-Ray, duerme un poco, te despertaré después-
El fusilero dejó su equipo y tumbado junto al fuego acabó cerrando los ojos, despacio, mientras el crepitar de las ascuas y el baile de las llamas se regocijaban ante él.
-¿De verdad podemos confiar en él?- vociferó Bherza mientras soplaba un embutido que carbonizo en el fuego.
- Bherza, un poco más de fe en tu primo, Ray no pertenece al gremio, pero combatió en varias ocasiones junto a mi- Se asomó Marko por encima del carro.- Puede obrar maravillas con ese arma suya, y no pestañeará en matar un inquisidor si es necesario, después de todo, es el único que pude traer para proteger el cargamento, si tanto te molesta haber pedido la guardia de siempre-.
Bherza agachó la cabeza, empezó a mover la grava del suelo en un movimiento continuo, mostrando cada vez más la angustia que lleva en sus hombros, después de unos segundos de silencio, murmuró en voz baja -Sabes que no podemos hacer eso, hay muchos espías, en todos lados, por eso te hice llamar Marko, solo podemos confiar en nuestro clan.- Giró la cabeza hacia su marido, Polk dormía apoyado sobre el carro. -No querría hacer esto. ¿sabes Marko? Polk decía que abandonaramos, que no merecía la pena seguir transportando cristales, al menos no ha Karnhalo, tenemos un hijo Marko, solo tiene cinco años, vivimos de esto, si completamos este último encargo, podremos retirarnos, él podrá vivir sin que le falte de nada, y Polk podrá ponerse a esculpir, siempre fue su sueño.-
Bajándose del carro, Marko abrazó a Bherza, que rompió a llorar, y entre los sollozos balbuceo.-¿Cómo podemos confiar en él? después de todo el produjo el incendio de Fradhar-
-Eso Bherza, es cosa del pasado-.

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