La vociferación de horror incrementó con mayor estridencia una vez dicha espada fue enterrada sin descuido o retardo alguno en el cuello del hombre. Los pasos de un individuo desconocido fueron acercándose con presura desde los exteriores del restaurante y, a su vez, la sorpresa invadió a los sujetos que mantenían miradas atónitas presentes en sus respectivos rasgos faciales, pues sin haber sido sospechado con antelación las facciones de la víctima, así como sus extremidades y demases, fueron transfigurados durante una dramaturgia grotesca, acompañada por el sonar de lo que poco a poco fue convertido en una sonora risotada mordaz, que parecía bufarse con altanería de aquellos que le rodeaban.
Poco a poco los rasgos ancianos de lo que fue el hombre fueron distorsionados hasta encarar la figura de una mujer de resaltante belleza atribuída y distinguidas pestañas largas y prominentes. Una vez finalizó su risa austera, dirigió su foco de visión ante la persona quien le había atacado segundos antes, propinándole una sonrisa amplia contorneada por el carmesí de sus labios. Shiori Honami por su parte, con el arma en sus manos y el rostro cubierto por una característica máscara de zorro optó por mantener silencio, sin emitir respuesta alguna.
—¡Aquél hombre testarudo fue asesinado hacía ya dos semanas y medio! amiga, has sido engañada de una forma estúpida, ¿acaso no lees el periódico siquiera? —Entre risas y una expresión que presumía entretenimiento, la mujer en el suelo se levantó una vez le había pronunciado tales palabras a Agnes, arrastrando consigo sus largos cabellos que tocaban el suelo, mientras acomodaba las mangas del kimono que llevaba puesto. —¡Oh, vamos! para ser una de esas "recolectoras" que que se ven mucho por la zona últimamente eres bastante crédula como para caer en la jugarreta de un Yōkai* ¿o es que así son sólo los extranjeros? porque tu amiga de la máscara no dudó en atacarme, ¡Qué raro!
Algunos mechones de la rizada y castaña cabellera de Agnes caían con descuido sobre su rostro; ésta se encontraba a sí misma desconcertada, con la mirada fija en la criatura de apariencia humanoide que se reía con arrogancia ante ella. Su reciente cólera había parecido disminuir desde que la visual del hombre desapareció de la escena, y con ello, una singular curiosidad por el espécimen del kimono le hizo empezar a formular preguntas en consecuencia a la situación.
—¿Qué se supone que es... esta "mujer"? —dudosa y absorta en sus propias indagaciones, Agnes trataba de buscar respuesta alguna a sus incógnitas. —¿Eres un espíritu? disculpa, ¿cómo fue que te habías denominado...?
La novedosa aglomeración de dudas de Agnes fue eludida por una risotada sardónica, propiciada por la Yōkai de labios carmín, quien reía abrazando su estómago de forma ininterrumpida y casi estallando en lágrimas en consecuencia a la gracia que le habían causado dichas preguntas, que a primera escucha parecían tan superficiales.
—¡Estás rodeada de un montón de espíritus y aún así no te enteras de nada! vaya, se podría decir que por eso te asimilas a una mísera humana cualquiera de la región, o como dirían mis ancestros, ¡una ignorante más dirigida a la cúpula de su perdición desde que el universo decidió que sería una torpe "moribunda"! me empiezas a dar pena, sólo un poco. —El espectro hablaba con soltura, sonriendo con vigor y desentrañando una alegoría peyorativa que, en sustancia, consolidaba la naturaleza arrogante que tanto frecuenta el Yōkai como especie. —Bienvenida a Keshi, forastera; a juzgar por tu credulidad al menos espero que al menos aguantes bien las bromas.
En cierto modo, las algarabías de la nativa habían dejado a Agnes en un estado de constante confusión respecto a cada frase que salía de la boca del espectro; de haberse encontrado en un contexto menos desconocido Agnes no habría dudado segundo alguno en arremeter contra las sandeces de la contraria, más en esta ocasión no tenía intenciones de arriesgarse. A diferencia de varios de sus compañeros, quienes al igual que ella pertenecían a la categoría de "recolectores de almas", sólo en ocasiones contadas a lo largo de su extensa vida había tenido contacto directo con un espíritu de su clase, por lo que no podía evitar sentir incertidumbre respecto a las capacidades de, en este caso, la dama del kimono que con vanidad se burlaba de ella.
El siguiente sonido que resonó en los oídos de la extranjera fueron pasos acercándose sin presura alguna hasta su ubicación, mismos que parecían provenir de la aglomeración de espectadores que se había formulado con anterioridad. Sin caminaba a paso flojo y su mano izquierda se mantenía en el bolsillo de su pantalón; la derecha, aún enguantada al igual que su contraria, se alzaba por sobre los cabellos blancos del hombre y oscilaba en forma de saludo. Éste expuso en su rostro una leve sonrisa de lado y miró a Agnes con notable petulancia; advirtiendo con su propio semblante la gracia que le provocó el ver a la mujer siendo víctima de tal mofa.
—Oh, al fin el mundo responde en concesión de haber soportado un viaje tan fastidioso. Quiero decir, no es nada del otro mundo, pero ver a Osorno actuando cual analfabeta en universidad siempre alivia mi alma. —Afirmó Sin con franqueza y soltó una risa leve, aún sin ocultar el leve aire de arrogancia que como siempre se anexaba a sus palabras.
Por su lado, Agnes había girado su cabeza en dirección al hombre. Parecía innecesario acotar el enojo que se presentó en las facciones de su rostro una vez escuchó a Sin, más en esta ocasión optó por mantener su silencio: después de todo ya sabía que Sin sólo trataba de provocarle, como siempre lo hacía.
—¡Oh-oh! —Interrumpió la Yōkai: —¿Así que tienes más amigos, eh? ¡si no fuera porque seguramente es un apestoso recolector como tú, te pediría que me lo presentaras y los tres extendamos esta brillante conversación! porque... ya sé es una pena, una desdicha, pero creo que ya es hora de retirarme, ¡hasta nunca!
Una ventisca fugaz dejó casi en penumbras la habitación, las velas se apagaron de repente y una única lámpara iluminó con su luz tenue parte del local. La puerta de entrada se había deslizado con fuerza, descubriendo la mirada furiosa de una mujer de afilados ojos claros y arrugas en la piel. Al mirar de reojo, Agnes logró percibir cómo la fanfarronería de la Yōkai cambiaformas fue suplantada por una expresión de nervios en la faz de sus ojos cristalinos, mismos que eran incapaz de disgregarse de la ubicación de la anciana. Antes de que lo notara, la mayoría de los presentes compartían actitudes nerviosas, unos en mayor o menor cantidad que otros, pero todos temerosos de lo que la situación pudiera llegar a desembocar.
—¡Pero a ver! ¿¡Qué escándalo causan ahora!? —Exclamó la anciana, sin despegar su brazo de la orilla de la puerta corrediza; las arrugas de su rostro marcaban su fisonomía furiosa y las profundas bolsas de sus ojos le atribuían un porte más espeluznante. —¿¡Pero qué se creen!? ¡hay huéspedes durmiendo! ¿Creen que sólo porque tengan permitido estar aquí pueden arruinarme el negocio? ¿¡acaso eso creen, espíritus de pacotilla!?
—¡N-no estábamos haciendo nada, era Midori molestando a una extranjera!
—¿¡Y a mí qué me importan tus cotilleos!? ¡se van todos menos los huéspedes presentes! ¡Fuera de aquí!
Con la velocidad de un chasquido de dedos varios de entre la multitud adoptaron apariencias más místicas y desaparecieron en el aire, mientras que otros, menos hábiles, huyeron despavoridos para terminar amontonándose en la salida. Todos evitaban entrar en contacto visual con la dueña del Ryokan Teshigahara, es decir, con la anciana de cabello canoso que tanto miedo les confería, y para cuando las personas empezaban a dispersarse, la Yōkai también parecía haberse retirado.
Alphonse permanecía en una misma ubicación desde hacía ya un rato para cuando los espíritus empezaron a tranquilizarse. El hombre evaluaba en silencio a cada Yōkai con el que conectaba miradas; éste sentía especial curiosidad por la especie, sobretodo por las leyendas que los pueblerinos le habían narrado durante los cortos pero precisos momentos en los que durante el viaje él y Sin se detenían a descansar o a comer. En general, el distrito y sus habitantes se le hacían en sustancia interesantes, y desconociendo las reincidencias de Sin al respecto del "cómo los nativos y sus tierras no poseían nada que ofrecer", Alphonse persistía cada vez más encantado del aire tradicional y enigmático que aludían los terrenos montañosos y nublados de Keshi.
Absorto en sus pensamientos, no notó cuando la mujer de la máscara desapareció de su campo de visión. En algún momento Alphonse logró escuchar un leve murmuro proveniente de una voz femenina, hablándole momentáneamente casi al oído: al parecer Shiori había pasado justo a su lado sin que él lo percibiese por lo que, en un ademán tardío, el hombre rubio se dio la vuelta en busca de la mujer de facciones ocultas.
—¿Buenas? —alzó un poco la voz entre el pasar de la multitud, caminando con cierta presteza —Señorita Honami, es usted la señorita Honami, ¿me equivoco?
La mujer de la máscara detuvo su andar y giró su cabeza por sobre su hombro, al tener el rostro oculto, era complicado para Alphonse reconocer su estado de humor. Shiori sólo se limitó a asentir.
—Oh, ¡Eso es un alivio! mi nombre es Alphonse Kopenhagen, Ko-pe-n-ha-ge-n; la señorita Osorno fue quien solicitó mis servicios para su caso, por lo que espero poder trabajar correctamente con usted a partir de ahora. —Esbozó una sonrisa confiable y en un gesto de cortesía inclinó un poco su semblante, quitándose la fedora que llevaba consigo durante un corto lapso de tiempo. —Según lo que corresponde a la información que poseo, ¿usted vive en esta posada tan encantadora, no es así? ¡los exteriores deben verse fantásticos en los días soleados!
Aún así, Shiori no soltó palabra alguna, permeando la producción de un silencio incómodo; por lo menos para Alphonse.
—Eh... ¿tal vez hablé demasiado?
—Nah, no lo creo. Quiero decir, si estás hablando para asustarla y que te lance una orden de restricción por la cara nada más llegar vas bien, a menos claro que desees que te convierta en una brocheta humana cuál príncipe de Valaquia a soldado otomano, en ése caso, bien podrías hacer como haces en los bares y-
—¡Sin, cállate! —Exclamó Alphonse con centelleante furia ante las irreverencias de Sin, el nuevo integrante de la "conversación", que parecía vanagloriarse de su propio verbo al dibujar una sonrisa ladina en su rostro.
—...Eres asqueroso. —La primera frase que Shiori aportó con claridad hizo que Sin rodase sus ojos hasta su ubicación. La mujer le apuntaba con el anular de su mano izquierda, sin embargo, su cariz permanecía apacible.
A pesar de la contundente opinión peyorativa que había nacido de los labios de la contraria, Sin le devolvió una sonrisa íntegra y jovial en una contestación probablemente afirmativa que de forma inevitable atrajo una mirada de desconcierto y repugnancia por parte de Alphonse. El alemán, colérico por culpa de su acompañante, no tardó en aspirar a reanudar su irritación en contra de Sin, más la sosiega voz de Shiori renovó su aparición, interrumpiéndoles:
—Yo... me iré a mi habitación. Hablen con Agnes, no conmigo. Tampoco hagan mucho escándalo, sólo vayan a pedir sus habitaciones y... en serio, hablen con Anges.
Shiori se retiró a pasos lentos y una tranquilidad gélida, dejando al par de hombres compartiendo una credulidad análoga, misma que fue gradualmente reducida conforme a que Alphonse volvía en sí mismo. Poco tiempo transcurrió hasta que Agnes se acercó a la dupla, llevando consigo las llaves de las habitaciones que la dependienta de la posada le había provisionado tiempo atrás.
—Debo suponer... que como siempre, Sin dio una terrible primera impresión, ¿no? —Inquirió Agnes, llevando ambas manos tras su espalda, como solía hacer de vez en cuando. —Adoras molestar a quién no debes, pero elaboras teatros ridículos para presentarte como alguien falazmente virtuoso ante desconocidos que no nos van, ni nos vienen.
—Estás errada, yo adoro molestar; Hagen es el de los teatros estrafalarios e innecesarios. —Alegó Sin en defensa, acomodando las mangas de su saco, —no hay necesidad de exponer elocuencia si no hay un beneficio real. Además, Hagen exagera; halagar hasta que se vuelve irritante sólo para perpetrar buenas opiniones es ridículo, y reafirma su verborrea estúpida.
—¡Estoy siendo cortés y sincero, Sin! no todos son personas tan horribles como tú, cuya ética lamentablemente está tan podrida. —Sentenció Alphonse en respuesta y soltó un suspiro cansado. —Ah, ¡qué terrible! enojarme así sólo me causa dolores de cabeza y eso me hace sentir menos joven. Necesito descansar por hoy, esto es demasiado.
De inmediato Sin giró su campo de visión hasta Alphonse, prolongando su actitud de mofa.
—Oh, ¿entonces el anciano necesita dormir la siesta? —Bromeó, más de inmediato fue interrumpido por la hostil respuesta de Agnes.
—Sin, cierra la maldita boca y déjale.
—¿Eh? ¿Agnes? ¿así habla una dama respetable? —Para entonces el hombre albino se regodeaba en su actitud granuja, aguantando una leve risa denigrativa de entre las comisuras de sus labios.
• Yōkai: seres mitológicos pertenecientes al imaginario cultural japonés. Se puede traducir como demonio, sin embargo, este concepto difícilmente puede englobar toda la gama de criaturas sobrenaturales que abarca.

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