Me pasé la noche, preguntándome cómo había acabado en tan extraña situación. Parecía salido de un libro, parecía irreal. Seguía en la cama, y la mañana iba pasando. Tarde o temprano, tendría que levantarme para salir por la puerta. No podía dejar plantado al chico de los besos de café ¿no? Después de casi dos horas de pura indecisión decidí levantarme y vestirme para ir a nuestro encuentro de esa tarde. Me levanté finalmente de la cama, y abrí las puertas del armario de par en par. ¿Qué se pone uno para un encuentro así? Empecé a mover perchas hacia izquierda y derecha, como si de repente el conjunto indicado fuera a aparecer como caído del cielo. Al final, me fuí a por lo que me pareció más único, más mío. Saqué el vestido del armario, y lo dejé sobre la cama, mientras que buscaba los zapatos adecuados. Al final del día, los botines nunca fallan. Ya con el vestido, cerrado y puesto, me dirigí al espejo. Con ese vestido negro, de mangas de encaje, con cuello y puños blancos; y con el pelo así de corto, me parecía mucho a mi madre de joven. Mi madre de joven, era bonita, yo jamás llegaría a ser tan preciosa como lo era ella. No con las cicatrices que tenía surcándome las piernas. Tenía el pelo corto, como lo tenía ella, pero no tenía sus rizos. Me dirigí a la cocina, a por un poco de agua. No había nadie en toda la casa. Siendo verano, me quedaba la mayoría de días sola en casa, mientras que mis padres trabajaban. Llegué a la encimera y había pegado un post-it en ella. He salido a la floristería. Te he dejado lasaña en el frigo, te quiero. - Mamá. Tanto mi madre como mi padre se habían ido. No sabía qué hora era. Miré al reloj de la cocina. Eran las dos y media de la tarde, al parecer me quedé demasiado tiempo fantaseando despierta en la cama. Saqué un tenedor y la lasaña, y empecé a comer de pie, apoyada en la encimera. Sabía que no era bueno para mí comer de pie, pero tenía que hacerlo, quería concentrar mi mente en algo. Para cuando acabé mi plato, me fuí a por mi bandolera y empecé a meter dentro mis imprescindibles: mi plumier con unas pocas plumas en su interior, mi cuaderno de bitácora, mis cascos, mi móvil y la copia de las llaves que dejaba mi madre en la entrada, para cuando yo salía a la calle. Me puse la bandolera, y corriendo como alma que llevaba el diablo, salí volando, cerrando la puerta tras de mí. Bajé por el ascensor, y cuando llegué al portal, José me saludó.
¡Pero niña! ¿Se puede saber a dónde vas con tantísima prisa?
A La Romana.
¿Te espera un chico allí o qué?
¡No seas así José!
Bueno, bueno. - me decía él entre risas. - Al menos no llegues muy tarde.
¡Llegaré antes de que hayas cerrado el portal!
Vale, disfruta de la tarde.
¡Igualmente José!
Y continué caminando calle abajo. Antes de que me quisiera dar cuenta, ya estaba delante de la puerta de la heladería Me estaba replanteando si entrar o no. Aún estaba a tiempo de correr y dejar a este chico plantado, pero no sé si mi orgullo me dejaría ser tan cobarde. Daniel me vió, y me hizo una seña desde el mostrador para que entrara. Yo negaba con la cabeza, no es que me fuera a clavar algo en cuanto pasara por la puerta, pero tampoco estaba por la labor de atreverme. El temor se dibujaba en mi cara. Daniel me dedicó una mirada cansada, pegó un salto desde el mostrador y, como si siguiera una especie de compás de 4x4 vino hasta mí. Salió, y se apoyó en la jamba de la puerta. Se cruzó de brazos, no sé si a punto de hablar o dándome pie para que hablara yo.
¿Cuando tienes pensado entrar por esa puerta? No puedes dejarnos a todos expectantes.
No me atrevo.
El chico no te va a comer…
Ya, pero….
Pero nada. Vas a entrar con la cabeza bien alta y vas a derribar a ese chico con tus encantos. Es decir, pero ¿tú te has visto cómo vas hoy?. - se echó un poco para atrás, hasta estar a la distancia suficiente para abrir sus brazos. - Estás preciosa. Y no estoy exagerando. Te has superado, sin ninguna duda, ya verás como le dejas boquiabierto. El pobre está muy nervioso ¿sabes?
¿Y tú cómo lo sabes?
Puede que se parara a hablar conmigo a hablar sobre ti alguna vez…
¡¿Por qué no me habías dicho nada?!
Necesitas a alguien que te haga sonreír, no puedes pasarte mal por Alexandro, toda tu vida. ¡Eres adolescente! ¡Vívela joder!
Odio cuando tienes razón...
Se rió, me dió un beso en la frente, y me sujetó la puerta para que pudiera entrar. Respiré hondo y entré en la heladería. Me quede ahí en medio sin saber qué hacer. Sentía como todas las miradas estaban centradas en mí, centradas en mi encuentro con el chico de los besos de café. Estaba sentado, frente al ventanal, quizás habría proclamado ese sitio como suyo. Fuí con paso silencioso, me senté a su lado y dejé la bandolera colgada de la silla, no sin antes buscar su servilleta en los bolsillos de la bandolera. Lo cogí y lo deslicé discretamente sobre la mesa.
Si vas a firmar como el chico de los besos de café, ¿no crees que es de mala educación dejarme sin un beso tuyo marcado sobre el papel?
Sí que eres sigilosa, no te había oído…
Bueno, es una de mis mejores cualidades, creo.
¿Además de ser preciosa y pasarte el día escribiendo aquí abajo?
Vaya, eso me desarmó. Eso sí que era pillarme por sorpresa. Mi cara de sorpresa y mis mejillas sonrosadas debían de ser todo un espectáculo, porque lo único que consiguieron hacer fue sacarle una sonora carcajada.
¡Joder! Incluso así eres preciosa. No entiendo como no tienes a todo Madrid a tus pies.
Bueno, bueno; no exageremos tampoco. Además aún no me has dicho tu nombre.
¿Cómo me quieres llamar?
Dame un segundo, voy a por algo de tomar, ¿te traigo algo?
Solo quiero que traigan tus manos a las mías. - susurró.
Me levanté e intenté ir lo más rápido que pude al mostrador, sin que pareciera que estaba huyendo (qué era precisamente lo que estaba haciendo). Llegué, y Daniel me dedicó una mirada divertida. Me preguntó qué tal iba, me encogí de hombros. No sabía cómo nos iba. Se rió y me puso dos platos enfrente.
Llévatelos. Invita a la casa, pero no se lo digas. Si no te pide el número hoy, le tocará pagar.
Idiota… - dije con una sonrisa.
Cogí los platos con una sonrisa, y me dirigí de vuelta hacia la mesa. Le toqué el hombro, y se giró hacia mí con una sonrisa aún mayor. Me cogió los platos de las manos, los dejó en la mesa; y antes de que me diera cuenta se levantó y me abrió la silla. El chico en el fondo era tierno.

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