Cuando me desperté, todo estaba demasiado tranquilo. Los rayos de sol entraban por mi ventana, a iluminarla, como si allí pertenecieran. Todo parecía distinto con la luz de la mañana. Me giré sobre la cama, esperando encontrarme cara a cara con un Daniel despierto, somnoliento aunque fuera. Pero cuando me dí la vuelta, no encontré nada más que un espacio vacío. Mis ojos le buscaban, extrañada, hasta que le localicé. Estaba sentado, en mi silla de escritorio, con un cuaderno de dibujo en sus rodillas. Tenía las manos manchadas, una por sujetar el carboncillo y la otra por difuminar los trazos de este con ella. Su rostro, también estaba con tonos grises. Había estado pasándose la mano inconscientemente por la cara mientras dibujaba, como había hecho siempre. Eso me hizo sonreír. Al rato, Daniel levantó la cabeza y se percató que estaba despierta. Me dedicó una sonrisa y continuó dibujando. Sus manos se movían veloces e inquietas con el carboncillo. Hacía trazos allí y allá. Añadiendo detalles, difuminando. En resumen, dibujando como él solo sabía dibujar. Cuando por fin acabó, dejó el carboncillo, con el papel boca abajo sobre la mesa y vino a desearme los buenos días. Yo me alejaba divertida.
- ¡Ni se te ocurra tocarme con esas manos sucias!
- Aún ni hice nada, mira que eres pedante.
Aprovechó, que yo inocentemente bajé la guardia, para tirarse sobre la cama y abrazarme como un niño pequeño abraza un peluche. Me abrazaba y me besaba la cara divertido, con el objetivo de dejarme la cara con dejes grises. Yo me reía.
- ¡Me has puesto perdida!
- ¡No seas así! Eres una aburrida....
¿- Yo? ¿Una aburrida? ¿Quieres guerra Cruxio?
- Ven a por mí canija.
Tú lo has querido canalla.
Nos estuvimos persiguiendo por toda la casa, como niños pequeños que juegan al pilla-pilla, sacándonos de quicio además de una sonrisa. Estábamos en el salón, el sofá en medio de los dos. Un paso más y sería mío. Un derribe y estaría en el suelo antes de acabar de pronunciar mi nombre completo. Él me miraba, sabía, o creía que sabía que iba a hacer. Me dedicaba una sonrisa socarrona, diciéndome sin decir nada Ven a por mí, venga, atrévete si tienes agallas. Aproveché que se apoyó contra la mesilla de centro. Usando el efecto sorpresa, embestí contra él, utilizando todo mi peso para tirarle contra el sofá sin hacerle daño. Acabó tumbado en el sofá, conmigo encima suyo sujetándole las muñecas, con una sonrisa victoriosa.
- Con qué querías que fuera a por tí ¿no?
- Sigues estando gris.
- Me da igual, he ganado, déjame en paz.
- Bueno, ¿y el pobre perdedor no merece al menos un beso como premio de consolación?
- Claro.
Me levanté un poco, para dejar que se pusiera derecho. Le dije que cerrara los ojos. Me hizo caso, y se fue moviendo hacia delante. Cuando ya estaba lo suficiente cerca para que tuviera la sensación de que le iba a besar, me moví un poco hacia la derecha y le besé la mejilla.
- ¡Timadora! - Dijo con los ojos abiertos.
- Así me quieres. - Le guiñé un ojo y me levanté.
Estaba cogiendo unos bollos del estante cuando su voz volvió a llamarme.
- Citalli
- ¿Qué?
- Tengo que contarte una cosa
- ¿Por fin me vas a decir que tienes novia? Es Amaia, ¿a que sí? Madre mía esa chica es monísima
- No, que va. Eso no es. No estoy saliendo con Amaia, al menos aún… Bueno, volviendo al tema. Ayer escribí a Ieltxu...desde tu móvil...Tienes una cita para mañana por la noche.
- Se me cayeron los bollos del susto, menos mal que vienen envueltos en plástico.
- Espera…¡¿Qué hiciste qué?!
- Lo siento...
Estaba pensando en motivos para no matarle en ese mismo instante, en ese mismísimo sofá. Le echarían de menos. Era demasiado arriesgado. La lancé el bollo a la cara y me quedé de pie masticando el mío. Para cuando terminamos de desayunar, ya estábamos otra vez de buen humor, como si esa conversación nunca hubiera tenido lugar. Pasó el tiempo y Dani se tenía que ir. Yo mientras tanto le miraba desde la jamba de la puerta del baño, mientras que él se peinaba. Daniel Cruxio era alguien imponente, ambicioso, cariñoso y socarrón. No debía medir poco más de 190cm. Tenía esos brillos verdes que le caracterizaban. Con esos rizos castaños, desafiando siempre a todo aquel que los intentaba peinar. Tenía esa sonrisa, de estrella de cine. Tenía un magnetismo singular. Era, realmente una de esas personas atractivas que te parabas a mirar en el metro o en la calle. Con esa sonrisa casi permanente, nadie se daría cuenta que ese chico, tan simpático y tan feliz, en realidad era alguien que apenas dormía por las noches. Era alguien, necesitado de amor, necesitado de cariño. Era un alma rota. Sus demonios le atormentaban con frecuencia. Me acuerdo de una noche, que estaba tan mal, que me llamó llorando de madrugada. No serían más de las 4 o 5 de la mañana. Solo oía sus sollozos y a sus pulmones hiperventilando. Aún sin estar viéndole era consciente de que estaba temblando. Esa noche no quise preguntarle, simplemente me quedé cantándole al otro lado de la línea para que se calmara. Jamás le pregunté que pasó aquella noche, tampoco me lo contó, sencillamente lo dejamos ahí. Desde aquella noche, hice la promesa silenciosa, de estar siempre a su lado. Yo estaba sumida en mis pensamientos cuando se fue a la habitación. Le seguí, y mientras que recogimos las cosas hablamos sobre la noche anterior. Cuando acabamos de recoger, le acompañé a la puerta y le abracé fuerte por detrás.
- Sabes que te quiero, ¿verdad?
- Lo sé.
Abrió la puerta y se despidió de mí. En cuanto esa puerta se cerró, me sentí sola de nuevo. Me fuí a mi habitación y encontré su hoja de papel, la cual cogí con delicadeza. Le dí la vuelta, y la analicé lentamente. Había dibujado un retrato… de mí. Se me veía, dormida sobre la cama, como si estuviera teniendo un buen sueño. Como si en lo que estuviera soñando, me encontrara feliz. Era algo precioso. Analicé los trazos, uno por uno. Podía ver, cuando dudó, cuando estuvo seguro, como sonrió con cada trazo y cómo se frustró con otros. Esa pintura era la mezcla perfecta de los dos, como si ahí fueramos los dos la misma persona fusionada en una sola. Cuanto más la miraba, más me perdía en ella. Era tan exacta, tenía tantos detalles. Era...impresionante. Esto me recordaba las mil y una veces que le dije que se fuera a estudiar bellas artes, y las mil y una veces que rechazó mi idea. En un lateral escribió una dedicatoria: Mi persona favorita tiene la cara bonita, tiene un ángel en su sonrisa. Otra más sin carbón.

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