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El brillo de los ojos (Español/Spanish)

Quiero continuar la historia, sin salir malherida...

Quiero continuar la historia, sin salir malherida...

Aug 01, 2019

Mi mente no se calmaba, no se callaba. Las dudas gritaban demasiado alto, no me dejaban pensar, no me dejaban oír al resto del mundo. Quería que las cosas, hubieran ocurrido de otra manera. Que lo que me pasó con Alexandro, jamás hubiera ocurrido, y así no me estaría atormentando por lo que pasó. Soy consciente, que no fue culpa mía, pero eso no le arrebata poder a mi cabeza para atormentarme si así le place. Nunca pedí acabar en esta situación. Nunca pedí que me hicieran daño, y así le tuviera miedo al amor. Pero es una de esas cosas, que uno no podía evitar. El desamor, era uno de los males de los que nunca nos avisaron del todo. Tampoco no dijeron nunca su remedio. Le debía mucho de lo que soy a Alexandro. Alexandro, siempre fue una persona que atrajo mi atención. Con esos ojos, que me recordaban al otoño, con esas manos que antes para mí eran un sinónimo de hogar. Con esas ganas de vivir, y ese espíritu que le caracterizaba, puede que demasiado temerario, quizás era más bien alguien inconsciente. Él no encontraba la belleza, donde la encontraba yo. a veces me paro a pensarlo, me paro a recordar, y dudo si en algún instante conoció lo que era la auténtica belleza. Creo que no, creo que nunca lo hizo, y creo que aún no lo hace. Quería viajar, recorrer el mundo entero, aún sin ser capaz de admirar la belleza de la ciudad en la que vivía. Había días en lo que me paraba a observar su forma de ver el mundo, y me preguntaba cómo alguien así quería viajar, sino sabía reconocer la magia y lo especial de los lugares que visitaba. No recuerdo cómo conocimos. Solo recuerdo, que acabamos juntos, impulsados por algo más fuerte que nosotros. Él era especial, tenía esa chispa, que me hacía querer más. Nunca entendí muy bien cómo acabamos los dos así, enamorados en su día. Creo que fue algo que pasó, sin más. Aunque me gusta encontrar el porqué de las cosas, hay algunas que sencillamente carecen de él. Y como acabamos enamorados el uno del otro, era una de esas cosas que carecían de porque, o eso es lo que pienso yo. Alexandro no era más que un chico de tez morena y cabello castaño. Era uno de esos chicos, que atraían las miradas por su atractivo. No entiendo cómo acabé con alguien así. Estaba obsesionado con el rugby, era una cosa que yo no acaba de entender del todo. Era algo, que le consumía. Me acuerdo, al principio de nuestra historia estábamos bien, las sonrisas no escaseaban y el amor se sentía en el aire. Pasaba las tardes con él, daba gusto pasear con él por Colón en diciembre, cuando el frío hechizaba Madrid. Me gustaba, que me acompañara a clase cada día cuando salíamos de clase, y que me viniera a buscar todas las mañanas, para que no tuviera que hacer la ruta sola. Poder ir los dos bajo el mismo paraguas, porque había días que era tan despistado como para olvidarlo en casa. Las sonrisas que compartimos en complicidad, eran todo un universo de palabras que aún no habían sido escritas. Las cosas iban bien, éramos felices, o era lo que parecía. Esos fueron los primeros meses. Luego las cosas, poco a poco fueron cambiando. Al principio, no me dí cuenta de esos cambios, y cuando lo hacía, pensaba que eran fantasías mías, que era extraño que eso de verdad estuviera ocurriendo. Ya no me dedicaba una sonrisa con tanta intensidad todas las mañanas, ya no jugaba con mis dedos en los pasillos, ya no venía a abrazarme por detrás, ya no se refugiaba bajo mi paraguas los días de lluvia. Pensé que, a lo mejor quería estar solo. Y decidí dejarlo estar. Yo mientras tanto, seguía haciendo lo mismo; le sonreía, le abrazaba, le cogía de las manos, le refugiaba bajo mi paraguas. Quizás veía cosas donde no las había, no sería tampoco la primera vez. Me acuerdo un día, habíamos quedado a ver una película en mi casa. Estaba raro ese día, había algo que no iba bien, lo notaba por la tensión de sus hombros y por su mirada distraída. Estábamos viendo su película favorita, y no la estaba haciendo ni caso. Estaba claro, que algo no iba bien. Decidí tomar cartas en el asunto, y paré la película. Ni siquiera se molestó, en realidad, no hizo ni un solo movimiento. Me estaba preocupando de verdad. Le pregunté qué le pasaba. No me contestó, es más, se apartó.

- Alexandro, háblame por favor… ¿qué te pasa?

Simplemente rompió a llorar, se refugió en mis brazos aquel día, mientras que yo le apretaba fuertemente contra mí. Él tartamudeaba, intentando explicarse, intentando explicar porque estaba cayendo agua salada de sus ojos, intentando explicar porque las palabras ya no se encontraban con seguridad entre sus labios. Simplemente sentía su agua salada, contra la piel de mis hombros.

- Eh, mírame Alex, mírame por favor…

Levantó la mirada, y me encontré con sus ojos, enrojecidos por sus lágrimas. Estaba perdido, sus ojos gritaban su necesidad de ayuda y consuelo. Reclamaban cobijo para sobrevivir al vendaval que estaba destrozándole por dentro. Y yo estaba decidida a ser la persona que sería su cobijo en ese vendaval tan destructivo. Lo abracé con muchísima más fuerza que antes. Y sus llantos se intensificaron.

- Ya está….ya ha pasado todo…. estás a salvo…. no estás solo…. estoy contigo….

Nos quedamos los dos en silencio durante un buen rato. No hacíamos nada, simplemente estábamos ahí, abrazados en el sofá. No estábamos haciendo más que buscar refugio en los abrazos de ese sofá. Creo que entonces nos habíamos limitado a existir. Al cabo de un rato, paró, se sumió en la calma, y se quedó dormido en mi hombro. Yo le observaba. En su rostro, seguían pintadas las estelas de sus lágrimas; su pelo estaba vuelto un torbellino. Estaba agarrado fuertemente a mí, seguía abrazado a mi cintura. Ya respiraba con normalidad. Lo que acababa de ver, me había sorprendido; pero supongo que es fácil enseñarle tus puntos débiles a la persona correcta. Después de ese incidente, volvimos a la normalidad, a los besos, la felicidad y los abrazos por detrás. Yo estuve siempre para Alexandro, y él alguna vez, lo estuvo para mí. Entonces, un día fue cuando todo cambió, me iban a lanzar un yunque a la cabeza, y yo no lo veía venir. Creo que en parte fue culpa mía, por no ser capaz de ver las obviedades. Habíamos quedado ese día en mi casa también, esta vez íbamos a jugar al karaoke, me apetecía, estaba de humor. Me mirabas con una sonrisa, que ahora que lo pienso, joder, menuda sonrisa más falsa me dedicó ese día. Todo transcurrió con normalidad, hasta que me lo soltaste, así sin más. Ni siquiera me diste agua para tragar mejor el veneno. Me dijiste, así sin más:

- Se acabó.

Yo no entendía a qué se refería. Le pedí explicaciones, simplemente me dijo que esto se acabó. Yo estaba petrificada, destrozada. ¿De dónde provenía esto? ¿Qué hice mal? ¿Le faltó amor? ¿No dí lo suficiente?. Mientras que mi cabeza se preguntaba qué pasó, lo único que consiguieron hacer mis labios fue suplicarle que se fuera:

- Vete.

No me contestaba, tampoco se movía. Simplemente, me estaba mirando con una sonrisa triste, nostálgica; mientras que yo lloraba en silencio. Él seguía ahí…

- Que te vayas. ¡Te he dicho que te vayas! ¡Sal de mi casa!

Cogió sus cosas, y con los pies pesados se dirigió hacia la puerta, me dedicó una última sonrisa apenada, como de disculpa mientras que abría la puerta y después se fue. Así, sin más. En cuanto él cerró la puerta tras él, yo lo único que pude hacer era desplomarme en el suelo y llorar. Me dolía el corazón, como si me lo estuvieran desgarrando y me lo estuvieran dejando caer en brasas. Dolía, y me dolía la garganta, pues mis sollozos no eran capaces de salir. Cogí mi móvil y marqué el número de Daniel. En cuanto respondió, y me oyó llorar, tan solo un poco, colgó. 15 minutos más tarde se encontraba en la puerta de mi casa, con una mochila llena de ropa, comida basura, helado, la tarjeta de la pizzería del barrio, pañuelos y la manta maravillas de su abuela. Dejó todo en el suelo, me cogió en brazos, me abrazó y me enrolló en la manta, mientras que me plantaba una tarrina de helado en las manos. Simplemente, pasó la noche allí conmigo, sin pedirme explicaciones. Me había visto los ojos y había visto cómo estaba la casa, sabía perfectamente quién había estado allí y que era lo que había ocurrido.

Después de lo que ocurrió, decidí no confiar más en el amor romántico. Decidí refugiarme en la música, mis libros y en mis amigos. Y todo iba bien, hasta que apareció Ieltxu. Ieltxu, me había removido por dentro, había hecho resurgir esos sentimientos que ya creía inexistentes. Volví a caer en la redes del amor, del romanticismo, Y no voy a mentir, tengo miedo, mucho miedo. Tengo miedo a que esta historia acabe peor que la anterior, a que me destrocen, a que usen mis puntos débiles contra mí. Tenía miedo de volverme a enamorar, pero ya era demasiado tarde, ya había pasado. Daniel sabía lo que esto me aterrorizaba, él sabía lo que pasaba por mi cabeza, y en qué medida. Cada vez que le expreso, estas dudas en voz alta, me mira con cara tierna, amorosa y me asegura que todo va a salir bien. Él me asegura, que Ieltxu no será así, que le dé una oportunidad al amor esta vez. Que le dé la oportunidad, para que me deje sonreír de nuevo, que me vuelvan a hacer feliz. Que le dé la oportunidad, para volverme hacer creer en la belleza del amor. Daniel insiste en que, él sacará lo mejor de mí y en que yo sacaré lo mejor de él. Yo a veces le respondo, preguntando qué pasará si yo no soy lo que espera, o no soy lo suficiente. Y él me responde, que seré lo suficiente para la persona correcta, que le dé tiempo al tiempo y que escuche a mi corazón. Según él, mi instinto nunca falla. Quizás tenga razón. Este corazón y alma rotas, han hecho a la persona que soy. La que escribe en los cafés y dibuja en las librerías, la que canta y baila por la calles. Eso fue lo que enamoró a Iletxu. Puede que para él sí sea lo suficiente. Quiero continuar la historia sin salir dañada, malherida… pero eso nadie me lo puede asegurar. En consecuencia, creo que lo mejor que puedo hacer es arriesgarme a amar ¿no?

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Nash Lancrew

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