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Esta Noche

Tristeza

Tristeza

Oct 18, 2019

Cuando era niña, a mis 25 años eso parece tan lejano, bueno, decía, cuando era niña vi alguna vez películas que presentaban el mundo después del apocalipsis de la clase que este fuera: apocalipsis zombi, alienígena, virus letal, en fin, sea cual fuera la versión, el hecho es que dejaba el mundo hecho un desastre, un caos, una pesadilla, un mundo en el que los sobrevivientes se preguntaban si mejor no habría sido morir.

El apocalipsis finalmente llegó y no nos dimos por enterados. Y no fue culpa de los zombis o de los alienígenas o de un virus letal, pero sí, como en muchas de esas películas, fue nuestra culpa. Vivir en estos tiempos es una pesadilla, pero…igual, queremos vivir. No sé si sería de valientes o de cobardes ponerle fin a nuestras vidas. No sé, quizás cada quien tiene una motivación diferente para seguir viviendo. Mi madre despierta cada día con la esperanza de que sea mejor que el día anterior, otros despiertan cada día para disfrutar de su propia maldad, otros, como yo, despertamos sin pensar más que en seguir viviendo.

Es una bendición tener un trabajo, una maldición que sea tan lejos el lugar.

Estos largos viajes me permiten pensar en todo lo que pasa y por qué pasa, mi madre dice que eso es filosofía. No tengo idea de lo que es la filosofía, pero igual, solo tengo dos posibilidades: o pienso y pienso o duermo durante el viaje. A decir verdad, hago las dos cosas, de ida al trabajo voy pensando y de regreso, cansada, duermo.

Este día en particular me pregunto: ¿cómo llegamos a este punto sin retorno? No sé, hubo tiempos en los que la gente tenía la esperanza de que las cosas cambiarían para bien, tenían esperanza en uno u otro gobierno, en este o aquel líder que endulzaba sus oídos con falsas promesas y seducía sus ojos con sonrisas aún más falsas. Hoy eso ya no importa, reina la anarquía y el mando está en manos de quien tiene más fuerza, más poder o más armas, o simplemente todo junto. ¡Qué importa quién manda! ¡Nada va a cambiar!

Sé que sueno muy negativa, no es que mi vida sea una tragedia, es más, en comparación de muchos, mi vida es muy buena. Con sus altas, sus bajas y sus muy bajas, es muy buena y son miles los que darían lo que fuera por estar en mi lugar.

Sí, la tristeza es parte de la vida de todos, ahora es así y siempre ha sido así. Mi mayor cuota de tristeza la recibí cuando era muy pequeña, cuando perdí a mi padre. Mi padre falleció cuando cumplí seis años, exactamente el día de mi cumpleaños, traía una torta para celebrar, una torta que nunca llegó. Esperábamos en casa entusiasmados, al menos yo estaba muy emocionada. Era mi cumpleaños, mi mamá me tejió una bufanda, mis hermanas me prepararon un almuerzo especial y papá había prometido traer una torta de chocolate. Era un día perfecto. Escuché el toc, toc, en la puerta y sentí que mi corazón se encogió de miedo, sí, lo recuerdo bien, no fue emoción, no fue alegría, fue miedo, tuve el terrible sentimiento de la tragedia asomándose a mi corta vida.

Un vecino tuvo la cortesía de avisarnos que mi padre había sido víctima de un asalto a dos cuadras de nuestra casa. Mi madre y mis hermanas salieron corriendo, yo quise ir con ellas pero no me dejaron, me empujaron al interior de la casa y cerraron la puerta con llave para que no pudiera salir tras ellas. Yo rezaba de rodillas a Dios porque mi padre estuviera bien, pero, a pesar de mi corta edad, sabía bien que la vida valía muy poco, sabía que por un pan, cualquiera podía matarte. Era día de pago, eso era mucho más que un pan.

Lo encontraron muerto y a su lado la torta aplastada y desparramada en la vereda. Odio mi cumpleaños. Desde entonces no he permitido que celebren mi cumpleaños, no es un día que merezca ser celebrado. Quizás eso explica mi ánimo, faltan apenas siete días para mi cumpleaños. Con la muerte de mi padre se apagó un poco de luz en mi vida. No es que me quedara sola, abandonada como muchas niñas que deambulan en las calles. Mi madre, una mujer muy fuerte y con una fe a toda prueba asumió la responsabilidad de cuidar de nosotras. Mis hermanas, Victoria y Julia, mayores que yo iban a la escuela, yo no. Era muy peligroso para una niña de mi edad ir a la escuela. Mi madre nos contaba que cuando ella era pequeña, los niños iban a la escuela desde los tres años, eso suena increíble. En los tiempos que vivimos, recién a los diez años van a la escuela, y eso, los pocos que van. Los padres no encuentran sentido a sacrificarse para enviar a sus hijos a la escuela, aprender a leer y escribir, dicen ellos, no les dará ni un pan, es tiempo perdido, eso dicen. Mi madre piensa diferente, ella afirma que el conocimiento es libertad, es poder, y la ignorancia es esclavitud.

Mi madre, aunque suene repetitivo, es una mujer muy fuerte y con una fe a toda prueba. Ella cree firmemente en Dios. Desde que aprendimos a hablar nos enseñó a orar. ¡Orar! Oré “ese día” con toda mi alma, con todo mi corazón y nadie me escuchó, nadie. Oro con mi madre y mis hermanas, por ella, solo por ella, sé que se sentiría muy triste si yo dejara de orar. Desde que tengo memoria la recuerdo leyéndonos la Biblia, un poquito cada día, siempre buscaba un versículo bonito, uno que nos animara y nos recordara lo mucho que Dios nos ama. Nos invitaba a leer la Biblia por nuestra cuenta, pero la veía tan gorda, con tantas letras, de solo verla me cansaba. Me gusta leer, pero la única parte de la Biblia que me gusta es el Apocalipsis, me aterra pero me gusta. En estas semanas lo he leído una y otra vez.

Según Marcos, mi querido amigo, estamos viviendo los “últimos tiempos”. Trato de entender las profecías del fin del mundo, según él, está muy, muy próximo el fin, debemos prepararnos, me dijo. La forma en que lo dijo me estremeció, casi parecía que iba a decirme el día y la hora exactas. Mas eso es imposible. Me parece que está loco al igual que su grupo: Hijos de los profetas. “Hijos de los profetas”, vaya nombrecito. Marcos y su grupo están locos, pero son locos buenos, no le hacen mal a nadie, él es mi mejor amigo, sé que él quisiera ser más, pero… quién sabe, quizás un día… si queda un día.

Pienso en Marcos y mi rostro se suaviza, puedo sentir cómo la tensión baja. Sus ojos son hermosos, negros, muy negros, sombreados por largas pestaña. Me gustan sus ojos no porque sean muy bonitos, me gustan por la dulzura que comunican. Bueno, la verdad es que todo él es bondad, todos los que lo conocen lo aprecian mucho. Trabajamos juntos y nuestros compañeros han querido emparejarnos más de una vez, pero yo no quiero. Sí, lo quiero, lo quiero mucho, pero… aceptarlo sería aceptar la posibilidad de tener un día una familia y basta echarle un vistazo a nuestro mundo para no querer tener niños, sería cruel traer niños a sufrir. Como decían en tiempos antiguos sería traerlos a un “valle de lágrimas”. Qué clase de mundo le ofrecería a mis hijos. Además, me pregunto, ¿es suficiente querer a un hombre para casarse con él? Lo quiero, pero no puedo afirmar que lo amo.

Las casas no son hogares, son cárceles, son prisiones. El edificio en el que vivimos es deprimente no solo por su fachada gris y llena de grafitis, sino por la sensación de cárcel que transmite. En la entrada, doble reja; la puerta principal tiene mil seguros, desde que se malogró el seguro electrónico todos hacemos el sacrificio de pagar a un guardián permanente, además no tenermos electricidad la mayor parte de la noche, entonces no tiene mucha gracia tener seguro electrónico. Cada departamento tiene reja y puerta, y al igual que la entrada principal, cada puerta está llena de seguros, mirillas, cadenas, barras, nunca es suficiente. Las ventanas obviamente están con rejas gruesas, aun así da miedo siquiera mirar por la ventana. Salir a la calle es jugarse la vida, es común ser asaltado, golpeado, intimidado o simplemente asesinado.

Yo le temo a lo que veo y lo que veo es un mundo lleno de violencia, donde la vida no tiene mucho valor. Los demás le temen a lo que ven pero le temen más a lo que no ven: “Las terribles criaturas de la noche”. Mi madre y mis hermanas siempre me han reprendido por mi manifiesto desdén ante esa terribles criaturas. “Que no los veas, no significa que no existen. Deberías sentirte afortunada de no haberlos visto, no estarías aquí para contarlo”, me dicen. ¡Qué conveniente! Quien los ve no vive para contarlo, entonces qué prueba hay de su existencia. Insisto: Yo temo a lo que veo, tengo suficientes motivos para temer, no necesito criaturas invisibles que llenen de más miedos mi vida.

Mi cumpleaños. El corazón se me encoge de tristeza. Sé que no soy la única, no hay una familia que no haya perdido a un ser querido en manos de la violencia que nos rodea. No puedo evitarlo: ODIO mi cumpleaños. Veintiséis de octubre. Quisiera desaparecer ese día, pasar del veinticinco al veintisiete.

Cuando perdí a mi padre, perdí un poco a mi madre, la pobre tuvo que trabajar el doble para que no nos faltara siquiera el alimento de cada día, casi no la veíamos. Llegaba cansada, siempre con una sonrisa, es una mujer de otro mundo. En medio de los rostros sombríos que nos rodea por todos lados, su sonrisa es algo extraordinario, un milagro. En medio de su cansancio nos leía el versículo del día, y la oración, con el sueño venciéndola. Más de una vez se quedó dormida en medio de la oración.

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Si te gustó mi historia suscríbete y déjame un comentario. Me gusta leer los comentarios de mis lectores, significa mucho para mí. Estaré publicando los días martes y viernes. 

floraleandro
Flora Leandro

Creator

Una ciudad en ruinas, almas en ruinas. La tristeza es el estado normal de sus vidas.

#romance #postapocalyptic #drama #post_apocalyptic

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" Si somos héroes o villanos depende, supongo, de qué lado de la historia estés. Para ti somos monstruos, para nuestra gente somos sus héroes"
La maldad ha llegado al límite de la destrucción. Dios, la Naturaleza, fuerzas desconocidas, no sé quien escribe la historia de nuestras vidas, pero el autor ha decidido poner punto final a su obra. Marcos y los Hijos de los profetas afirman que hoy es el día, que esta noche será la última. Y... creo que tienen razón. ¿Puede el amor verdadero nacer en el infierno?
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