Mis hermanas apenas tuvieron edad buscaron un trabajo. Victoria a los dieciséis años se casó, mi madre estaba feliz. La mayoría de los jóvenes optan por convivir, es tan raro que se casen. ¡Se van a casar! Decía mi madre, ¡como Dios manda! No podía ser menos. Mi hermana siempre fue la niña buena y obediente, jamás haría algo que avergonzara o entristeciera a nuestra madre. Todos nos miraban como a “bichos raros”. Victoria se fue a vivir con su esposo, Julia y yo nos quedamos con mamá. Julia sale con Pablo, un buen chico, bueno ya no es un chico, es un hombre hecho y derecho. Pienso que deberían decidirse: casarse o irse a vivir juntos. Como que ya es una relación muy larga y no se define, y los dos están ya mayorcitos. Y si Marcos y los Hijos de los profetas tienen razón. Y si estamos al borde del fin ¿qué haremos? ¿Será rápido? ¿Tendremos tiempo de arrepentirnos? Personalmente me arrepentiría más de lo que no hice que de aquello que sí hice. Sí, tendría mucho de qué arrepentirme. Hay muchas cosas que quisiera haber hecho y por temor a sufrir más, no hice. Por ejemplo… enamorarme.
Mientras viajo, observo el mundo a través de la ventanilla. ¿Qué más puedo hacer? Dejar vagar mis pensamientos y mirar, mirar, mirar. Podría viajar en el metro, pero no me gusta, es gris, sucio y maloliente. Solo puedo ver el túnel lleno de basura, orines, heces y vómitos; veo a los vagos que acurucan su miseria en los rincones, y en cada estación, largas colas de gente famélica, enojada con la vida, como todos. Prefiero el bus, no es una joya, es viejo, realmente es viejo, su traqueteo hace pensar que en cualquier momento caerá en pedazos en medio de la pista, pero, lo prefiero. Demoro más, es verdad, pero por lo menos puedo ver el cielo, aunque sea gris y puedo echarle un vistazo a mi ciudad. Siento pena por mi ciudad. Mi ciudad caótica, mi ciudad en escombros, oscura, incluso tétrica; llena de violencia, basura y abuso. Cuando era pequeña recuerdo haber visto una película muy, muy antigua: El cuervo. Me sentí impactada. Aunque nuestro reproductor era muy antiguo por lo menos funcionaba lo suficientemente bien como para ver algunas películas. Esta, en particular, la vi varias veces, sentía escalofríos de pensar cómo sería vivir en una ciudad como esa, entonces no imaginaba que la mía superaría el escenario de la misma.
Cuando yo era pequeña, mi abuela solía contarme lo que a su vez su madre le contó a ella. En otros tiempos esta ciudad era hermosa, llena de luz, parques y jardines donde las familias paseaban, los niños jugaban felices. Parece una historia de ficción. Un asesinato, en esos tiempos era un escándalo tremendo. Salía en las noticias, la gente comentaba horrorizada, los mayores se santiguaban y decían cosas como: “el mundo está perdido”, “el fin del mundo está cerca”, esta generación está perdida”. “Sodoma Y Gomorra”. ¡Qué diría mi pobre abuela si tuviera ojos para ver el mundo hoy, y qué diría su madre! En fin, es una suerte, creo yo, que sus ojos estén casi apagados. Ella ve el mundo más con su memoria que con sus ojos.
Los robos, asaltos, asesinatos, violaciones, todo tipo de abuso son, como dice mi abuela, pan de cada día, son parte normal de nuestra vida. Nadie se sorprende, nadie se escandaliza. Algunos se alzan de hombros y siguen su camino, otros, ni se dan por enterados. Si no soy yo o alguien que me importe, qué mas da, parece ser el pensamiento de las personas que viven en esta pobre ciudad. Me pregunto ¿cómo pensará y qué sentirá la gente que vive al otro lado del muro? Casi se diría que nuestra ciudad no es otra cosa que una cárcel, una gran cárcel, encerrada por un inmenso e interminable muro.
Y vuelvo a la misma pregunta: ¿cómo llegamos a este punto sin retorno? La insistencia de Marcos sobre la proximidad del fin del mundo me ha hecho formularme esta pregunta una y otra vez en los últimos días. ¿Dónde empezó todo? Fue antes del muro, después de él, o, simplemente el muro fue solo consecuencia de nuestras acciones. El fin del mundo. ¡Ese Marcos! Serán Hijos de los profetas pero no han leído las escrituras, sino recuerdo mal, la Biblia dice que nadie sabe ni el día ni la hora en que sucederá. Se lo diré a Marcos la próxima vez que me hable del fin del mundo.
Intento poner en orden mis recuerdos y lo que mi abuela me contaba. Mi madre, pobrecita, no tenía tiempo de contarnos nada.
Mi abuela decía, cuando tenía aún la mente clara, que el ser humano nació malo, sin remedio, tantos milenios y no hemos aprendido a vivir en paz, decía, mientras golpeaba con su desgastado bastón el piso, sentada en un desvencijado sillón. No sé cómo soportaba su peso cada día, es cierto que la pobre siempre ha sido bastante delgada ,pero el sillón estaba en sus últimos días, sino era el peso de la abuela serían las polillas las que acabarían con él.
¿Qué me contaba ella?¡ Ah, sí! Me contaba de su niñez, le encantaba contarme de su niñez. Sí, lo recuerdo bien.
“Entonces la vida era dura”, decía la abuela, “siempre fue dura, pero teníamos tiempo y espacio para ser felices. Mi padre, tu bisabuelo, era maestro, como su padre, y como su abuelo. Mi padre era el mejor maestro, mi niña, el mejor. Sus estudiantes lo adoraban, su clase era la más esperada. Él siempre tenía la idea de que cada niño tenía el potencial para ser el mejor y trabajaba bajo ese lema. Trabajaba duro, muy duro, pero nunca se quejaba. Amaba su trabajo. No ganaba mucho, mi madre hacia el milagro de que nunca nos faltara nada. No sobraba, mas no podíamos quejarnos. Sin embargo...las cosas empezaron a cambiar. Vivir dignamente se hacía cada vez más difícil, los costos de las cosas subían y subían y los sueldos ¡Nada!
La gente confiaba en mi padre. Él era un hombre honesto, íntegro, confiable. Sus compañeros de trabajo depositaron en él la responsabilidad de reclamar sus derechos, de ser el portavoz de sus quejas.
Así como él mucha gente se sintió frustrada, traicionada, tantas promesas de prosperidad y lo único que veían crecer era la pobreza y el hambre. Salieron a las calles a protestar. Primero eran grupos pequeños que fácilmente eran intimidados.
Las protestas crecieron, las promesas crecieron pero la realidad no cambiaba. Mi padre era un soñador, él creía que el mundo podía ser un lugar de justicia y honor. Creía que los chicos que él guiaba con amor siempre serían buenos chicos. Creía en la bondad humana.
Los gremios, los sindicatos, organizados o no, protestaron. La gente marchaba por las calles reclamaba justicia, reclamaban seguridad, reclamaban muchas cosas, reclamaban una vida digna.
Los políticos se echaban la culpa unos a otros, todos eran culpables y finalmente nadie era culpable. Y vino lo que todos temían pero secretamente esperaban: un golpe de estado. Un general poco conocido pero muy carismático se autonombró Salvador de la Nación, el Protector del Pueblo. Sus palabras eran mágicas, la gente le seguía sin preguntar. Comparaba al país con un enfermo desahuciado, se debía tomar medidas drásticas para salvarlo. Su consigna: el país es más importante que la vida de un hombre. Pero nadie nos dijo que serían muchos hombres los que tendrían que morir. Los líderes de las protestas comenzaron a desaparecer misteriosamente. Mi madre y yo esperábamos temerosas el regreso de mi padre. cada día llegaba más tarde. Secreteaba con mi mamá y pocas veces se quedaba en casa.. Recuerdo esa noche. Habló con mi mamá en la cocina, mi madre sollozaba, y yo fingía dormir en mi cama. Mi padre fue a mi habitación, se acercó a mi cama, acarició mi rostro y besó mi frente. Salió y yo me quedé quieta conteniendo la respiración, con los ojos muy cerrados. Quise decirle que lo amaba con todo mi corazón, pero no lo hice, solo fingí dormir. Fue la última vez que le vimos. El bus en que viajaba chocó contra un camión que transportaba combustible. Fue un trágico accidente, no hubo sobrevivientes, o al menos eso fue lo que nos dijeron las autoridades. No hay nada que hacer. Un triste accidente.
Los medios de comunicación nos presentaban un país que resurgía de las cenizas como el ave fénix, todos estaban agradecidos a nuestro héroe, nuestro salvador. Nadie conocía la verdad, hasta los que la vivían terminaban dudando, quizás esta verdad no es la verdad.
Al morir mi padre fuimos a vivir con mi abuela.
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