La misma noche que mi padre se marchó abandonamos nuestro hogar. En el fondo de nuestro corazón las dos sabíamos que nunca más le veríamos Apenas tuvimos la noticia, una llamada anónima, nadie a quien reclamarle o preguntarle, salimos para no volver. Mi madre parecía esperar algo así. Sin decirme nada, me levantó de la cama y así como estaba, solo con mi ropa de dormir, me llevó fuera, llevaba un maletín y lloraba, solo lloraba. Un auto nos esperaba y partimos. Abrazaba desesperada a mi madre, sin entender nada pero sintiéndolo todo. Fue un viaje largo, acurrucada en su regazo, me quedé dormida. Nos llevaron a una casa desconocida para mí, fuera de la ciudad, al parecer abandonada.
_No me gusta, má. Quiero volver a casa. ¿Dónde está papá? ¿Va a venir a buscarnos?
_No, mi hija. No. Papá no vendrá a buscarnos. Deja de preguntar tanto. No tengo respuestas.
Me quedé callada. Mi madre no era así. Esta era una mujer extraña, desconocida para mí. Triste, callada, sombría y con los ojos siempre llenos de lágrimas.
Después de casi un mes dejamos ese refugio y fuimos con mi abuela. Allí tuve conciencia de la muerte de mi padre. Sus amigos rescataron lo que quedó de su cadáver y lo enterraron. Mi madre estaba tan aterrada, tanto, que prefirió no asistir al funeral ni al entierro.
Se hundió en la tristeza, enfermó de depresión. Perdió las ganas de vivir. Un día vinieron amigos de mi padre a visitarnos. Por ser una niña pequeña me excluyeron de la reunión. Solo escuché a mi abuela gritar ¡En mi casa no se habla de política! ¡Por favor, retírense! Y los echó de la casa y nunca los volví a ver; no sé si por mi abuela o porque se dieron cuenta de que mi madre estaba bastante lejos de la realidad, atrapada en su tristeza. Prefirió el silencio como un arma contra el mundo, no habló con nadie desde ese día.
La casa de mi abuela estaba cerca del riel por donde puntualmente pasaba un tren que transportaba materiales. Mi madre cada mañana y cada tarde salía a contemplar el tren, miraba pasar los vagones uno a uno como si esperara algo y se quedaba hasta que el último de ellos se perdía en el horizonte. Así pasó un año.
La ciudad estaba revuelta, todos se preguntaban qué era lo que pasaba, la mayoría de los hombres estaban emocionados porque tenían la oportunidad de un trabajo bien pagado. ¡Por fin! ¿Cuál era ese trabajo? La construcción de un muro. Las mujeres y los niños salían en la tarde a contemplar el muro que hilera a hilera iba creciendo a lo largo y a lo ancho.
Un día mi madre me tomó de la mano y salió conmigo a la calle. Estábamos solas, no salía jamás, por eso mis abuelos se marchaban sin temer nada, pues en todo ese tiempo nada había pasado. Mi madre no salía de casa, comía, dormía, se aseaba, ajena al mundo, a veces tarareaba alguna canción o bailaba con un ser invisible, pero, en todo ese año no salió más allá de la verja. Sin embargo ese día, me tomó de la mano y salió a la calle. Yo la seguí sin saber a dónde. Caminamos y caminamos hasta que llegamos a uno de los lugares donde se levantaba el muro.
_¿Qué hacen? _Preguntó.
Para mis cortos años, era una verdad evidente.
_Construyen un muro, madre, solo eso, construyen un muro.
_No, mi pequeña, no. No construyen un muro, dividen el mundo.
_¡Claro que no, madre! Eso es imposible, nadie puede construir un muro tan grande como para dividir el mundo.
_ ¡Pobre niña mía! _exclamó._ ¡Pobre niña mía! Tú no entiendes nada. No construyen un muro, dividen el mundo.
Entonces no lo entendí, todos decían que mi madre estaba loca, que la tristeza la había hundido en la locura, pero con los años me di cuenta que era, al fin y al cabo, la persona más lúcida en ese momento. No construían un muro: dividían el mundo.
De la misma forma en que salimos, regresamos. Sin explicaciones, en silencio. Fue una extraña aventura. Me sentí feliz, hace tanto que no salía con ella y hace tanto que no escuchaba su maravillosa voz. Nadie en casa se enteró de nuestra salida y yo guardé el secreto como un pequeño tesoro.
Al día siguiente amaneció agitada, alterada. “¡No es justo!”, decía, “¿Verdad que no es justo?¡ No existe la justicia!”. Mi abuela, aunque sorprendida de escucharla, la tranquilizó, le dio una bebida caliente y la dejó echada en nuestro viejo sofá. Me dijo que la cuidara y se fue a trabajar. El abuelo había salido de madrugada, él también trabajaba ahora en la construcción del muro. Mi madre se quedó dormida. Yo vivía sin preocuparme mucho de lo que pasaba, feliz con mis eternas vacaciones. Desde la muerte de mi padre no volví a una escuela y a nadie le preocupó eso, me fui al dormitorio que compartía con ella, a jugar.
No la sentí despertar y mucho menos salir cuando el tren anunciaba en la lejanía su presencia. Mi madre salió, caminó a las vías del tren y esperó su llegada y…se fue con el tren al encuentro de mi padre. Espero que lo haya encontrado”.
Mi abuela, al llegar a esta parte de su historia siempre lloraba. El resto de su relato no parecía significar mucho para ella. Nunca me contó cómo conoció a mi abuelo, cómo se enamoraron, se casaron y tuvieron a su hija Valeria, que es mi madre. ¡Pobre abuela! Siempre me contaba esta historia, una y mil veces. La conocía de memoria, cada palabra, cada suceso, cada lágrima.
Mi abuela se quedaba sentada, horas y horas mirando la puerta, como si esperara a alguien. Los años pasaron y nadie que no fuéramos nosotras atravesó esa puerta. La pobre se iba empequeñeciendo hasta convertirse en una muñeca de cabellos blancos, incontables arrugas y una triste sonrisa sin dientes. Sí, sonreía, a veces.
Esa noche llegué muy cansada, el trabajo había sido agotador y el viaje largo y pesado y por más que intenté, no logré dormir. No me gusta cuando sucede eso: estar exhausta y no poder dormir. Algo me inquietaba, no sé qué. Algo que no podía definir pero, estaba allí presente. Llegué a casa, Julia se había dormido, echada en el sofá, o lo que quedaba del sofá, tantos años de uso lo habían deformado totalmente. Mi abuela estaba sentada en su eterno sillón.
_¿Valeria? _ Mi pobre abuela creía que quien llegaba era mi madre. No quise sacarla de su error. Estaba prácticamente ciega, solo veía sombras. Y siempre se ponía triste al darse cuenta de que mi madre aún no llegaba. “¡Pobrecita!”, pensé, “le diré que soy Valeria”.
_Sí, mamá. Ya llegué, _le dije con suavidad. _¿Quieres dormir? ¿Te llevo a la cama?
_No. Ayúdame a arreglarme. Tu papá me dijo que vendrá esta noche. Me va a llevar a pasear._ La pobre alucinaba y no era la primera vez.
_Está bien, abu… madre. Te ayudo. Traeré tu peine.
¡Pobrecilla! Para qué sacrala de su error, era mejor seguirle en sus alucinaciones.
_¡Mi vestido guinda! Ese vestido le gustaba mucho a tu padre. Me veo muy sexi con ese vestido. Se volvía loco cuando me ponía ese vestido _ dijo, con cierta picardía. Sonreí, “sexi”, “¡pobre abuela!”, pensé. Traje el peine y peiné los pocos cabellos que le quedaban, tan escasos y tan cortos, no lograban disimular su calvicie. Cambié su viejo camisón por el vestido guinda. Hace tantos años que no lo usaba. El vestido se la comía entera, parecía una niña pequeña enfundada en el traje de su madre.
Mientras volvía a arreglar sus cabellos, me tomó de la mano y la acarició con mucha ternura. Dos lágrimas rodaron por sus viejas mejillas.
_¡Ay, Valeria! ¡Ay, mi pequeña! ¿No me odias?
_¿Odiarte? ¡Pero qué cosas dices! ¿Por qué tendría que odiarte?
_Por darte la vida sabiendo que el mundo era un infierno, pero jamás creí que se convertiría en un infierno mayor que el propio infierno. ¡Perdóname!. ¡Te pareces tanto a tu padre! Jamás pierdes la alegría y el amor. ¿Te acuerdas de tu papá? ¡Era un hombre tan guapo! ¡Hubieras visto cómo lo dejaron! ¡Le destrozaron el rostro, cortaron su hermoso cuerpo en pedazos!
_¡Cálmate, madre! ¡Cálmate! _ La pobre no solo lloraba, se agitaba como si convulsionara. La abracé hasta que dejó de llorar.
_Pero hoy, él vendrá, vendrá por mí._ En medio de sus lágrimas empezó a sonreír y agregó _ Quiero que me encuentre hermosa y sexi como siempre _ dijo. _Te acuerdas del muro? ¡Maldito muro! ¿Te acuerdas? Pero no hablemos del muro. Tu padre vendrá a buscarme y saldremos a pasear como antes, como cuando éramos jóvenes. Él era un hombre muy guapo y yo una mujer muy bonita. Me hubieras visto, entonces tenía una larga y hermosa cabellera negra, negra como la noche. Sí, tu padre vendrá hoy a buscarme. ¡Arréglame un poco! Quiero estar bonita para él.
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