Con paciencia peiné sus cabellos, acomodé su vestido y con una esponja húmeda refresqué su rostro.
_¿Me traes un espejo?
_Pero, abu.. madre, ¿para qué quieres un espejo? _ le dije. No podía ver más que sombras, me parecía algo inútil, pero pensé, mi madre, ¿qué haría?, yo sé, le traería el espejo sin preguntar. Fui al baño y descolgué el espejo, que era apenas del tamaño de una hoja de papel.
_El espejo, aquí está el espejo _ dije. Estiró las manos para cogerlo. Clavó sus ojos donde suponía estaba el espejo. Sonrió, con esa sonrisa de bebé sin dientes. Se quedó largo rato, según ella, contemplándose en el espejo, finalmente exclamó _ ¡Hermosa como siempre! ¡Hermosa como a él le gusta! _ Entendí entonces que ella veía más allá de lo que yo podía ver. Se sentó feliz. Dejó el espejo a un lado.
_Querida niña mía, cuida a tus hijas, cuídalas mucho. ¡Quién sabe qué horrores les tocará aún vivir! ¿Te acuerdas, querida, cuando te llevé a ver el muro? Interminable en su enormidad y en su construcción. Sí, yo me acuerdo, _dijo, sin esperar mi respuesta _,me acuerdo bien, todos estaban felices, después de una etapa de crisis donde tener dinero o no tenerlo era lo mismo, igual, no había para comer. Las empresas cerraban, las grandes tiendas cerraban, los despidos se daban por cientos y por miles. Y cuando todo parecía estar tan mal, llegó la esperanza: la construcción de un muro que nadie sabía por qué ni para qué era. Solo sabían que pagaban bien y les daban alimentos. Por cientos y por miles se presentaron y todos sonreían con esperanza, estaban contentos, muy contentos. Y el muro empezó a crecer. Yo crecía y el muro crecía, día a día, mes a mes, año a año. Dejé de crecer y el muro seguía creciendo. Cuando el muro fue lo suficientemente alto como para llegar casi hasta el cielo, cuando creció más alto que el más alto de los edificios que teníamos, el miedo empezó a crecer. Recién entonces nacieron las preguntas y las sospechas, y las historias. Se decía que al otro lado del muro también se construía, se construía una nueva ciudad. Un paraíso para los ricos, un paraíso para los poderosos. De nuevo comenzaron las protestas, de nuevo comenzaron los reclamos, pero de nada sirvió, a nadie le importaba nuestro llanto o nuestro reclamo. En una de esas protestas conocí a tu padre. Lo hubieras visto, era hermoso, era muy guapo. Llevaba el cabello castaño un poco largo, hasta los hombros, y sus rizos totalmente desordenados le daban un aire de niño inocente que hacía bailar mi corazón. Era un hombre honrado, honesto, íntegro. También, al igual que todos, trabajó en la construcción del muro, con sus veintitrés años, se sentía viejo y cansado. Lo conocí en una de esas protestas. Nos conocimos y nos enamoramos, no es que yo crea en el amor a primera vista, pero lo nuestro fue un amor a primera vista. Le dije a mi abuela y me dijo que estaba loca si quería casarme, no habíamos hablado de matrimonio pero cuando le conté lo que mi abuela había dicho, decidimos casarnos. Mi abuela dijo “¡haz lo que te dé la gana!”. Y lo hice. Me casé.
La represión se hizo dura, cada vez más dura. Algunos quisieron destruir el muro, pero habían construido un muro muy fuerte, habían construido un muro indestructible. Muchos murieron en el intento. Finalmente se bebieron sus lágrimas, se tragaron sus protestas y decidieron esperar. ¡Esperar qué! ¡Una estupidez! Creían que finalmente el Héroe del Pueblo escucharía al pueblo, pero él ya estaba muy lejos del pueblo, nosotros ya no éramos su pueblo. Nos llevó tiempo darnos cuenta de eso, la vieja ciudad se había convertido en la cloaca de la nueva ciudad. La Vieja Ciudad era el botadero de la Nueva Ciudad.
Cuando parecía que habíamos soportado todo lo soportable vino lo peor. El General, el Salvador del Pueblo, de pronto recordó que tenía un pueblo. Le dio la oportunidad a los jóvenes, hombres y mujeres de servir a su pueblo, de ser los Guardianes del Orden. Vinieron a reclutar a todos los jóvenes entre doce y veinte años.
Y de nuevo el llanto de las mujeres y el reclamo de los hombres, pero callaron pronto al ver lo difícil que era vivir aquí, pensaron que quizás era lo mejor. Sus hijos tendrían comida, buena comida, educación, un buen lugar donde vivir. Después de todo realmente era lo mejor. Pocos pensamos que eso no era tan bueno. Tu papá fue uno de ellos, no teníamos hijos, pero nos preocupaba. Queríamos tener hijos y queríamos tenerlos con nosotros, “si tenemos que compartir todos un solo pan, así será, pero estaremos juntos”, dijo él.
Él quería tener muchos hijos, la desgracia nos rodeaba pero él creía en la vida. Lo hubieras visto, estaba tan feliz cuando le dije que estaba embarazada, el rostro le brillaba de felicidad. Y cuando naciste, mi pequeña Valeria, cuando naciste fue la gloria para tu padre, la gloria. Verte crecer era su ilusión pero apenas si pudo gozarte unos pocos años.
Tu padre había conseguido un trabajo en las minas, nadie sabía dónde quedaban y los que trabajaban allí tenían prohibido hablar de ello. Se iba dos semanas y regresaba a quedarse tres días. Hablaba con sus amigos y les animaba a hacer llegar al otro lado del muro nuestros reclamos, les decía que no tenían derecho a llevarse a nuestros hijos. Tu padre, ¡oh!, se me parte el corazón al recordarlo, no hizo nada, solo sugería, solo dijo que no tenían derecho a llevarse a nuestros hijos, no hizo nada. Un día se fue a la mina y no regresó. Él nunca fallaba, jamás nos dejaría, pero no volvió. Lo busqué hasta más allá de la desesperación. Sus amigos lo buscaban. Cuando lo encontraron…cuando lo encontraron, estaba hecho pedazos, su rostro estaba desfigurado, como si un animal salvaje lo hubiera mordisqueado. Eso fue lo que dijeron, que salió de la mina al campo, desobedeciendo órdenes y un animal salvaje lo atacó, nunca dijeron qué clase de animal. Yo sabía en mi corazón que no era verdad, recordaba lo que pasó con mi padre y sabía, como entonces, que no era verdad lo que decían. Pero no hice nada, eras tan pequeña, ¡tan pequeña! ¡Yo tenía tanto miedo por ti! ¡Tanto miedo! ¡Eras lo único que me quedaba de él!.
Comenzaron a patrullar la ciudad, los mismos hijos, las mismas hijas que se llevaron ahora venía a amenazarnos, a golpearnos. Los habían cambiado, no eran los mismos, ni siquiera se veían igual. Eran todos iguales, hombres y mujeres con el cabello muy corto, muy corto, todos vestían un impecable uniforme gris claro y corbata negra. Eran nuestros hijos, nuestras hijas, nuestros amigos, nuestros hermanos, pero ahora eran unos extraños, parecían robots. No eran los mismos. Algunas madres se acercaron, con lágrimas y ruegos para darles un abrazo, un beso, y fueron echadas lejos, golpeadas, como si no fueran nada. Y era raro verlos, sin expresión, sin sentimientos, como muñecos, como maniquís. Todos iguales, toditos iguales.
Cada cierto tiempo se llevaban a nuestros jóvenes, pero con el tiempo se pusieron exigentes, ya no se llevaban a todos, los empezaron a escoger, debían ser los mejores, los más altos, los más fuertes, los más hermosos, y cada vez más jóvenes, hasta que empezaron a llevárselos apenas a los ocho años.
Cada vez era más difícil vivir en la Ciudad Vieja, vivir aquí era vivir en la miseria, sin sueños, sin esperanzas. Las madres comenzaron a pensar que lo mejor que podía pasarle a sus hijos era irse a Ciudad Nueva a servir como los Guardianes del Orden. Los cuidaban, se sacrificaban porque crecieran fuertes y sanos hasta los ocho años y si no eran elegidos se acababan sus privilegios, solo eran uno más. Por suerte cuando empezaron a llevarse a los niños, tú ya eras una jovencita de doce años”.
¡Ah! Esa era la historia que no conocía. Mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo, todos murieron trágicamente. Parece ser nuestro sino. Decidido. No me casaré nunca.
La abuela se quedó callada, pensativa, con los ojos sin luz perdidos en la distancia.
_Te pareces a tu padre, te pareces a él. Tres hijas. Tres hijas. Tres hijas.
Se acurrucó en mi regazo, yo esperaba que se quedara dormida para llevarla a su cama. ¡Pobre! Era como cargar a una bebé. Tan pequeña, tan frágil. Cuando creí que dormía y me decidía a levantarme con ella en mis brazos, se desprendió de mi regazo y con una amplia sonrisa me dijo quedamente _¡Ah! ¡Ya llegó! Viene por mí. ¡Querido! ¿Por qué demoraste tanto en venir por mí?
Estiró los brazos hacia la puerta. Quiso levantarse, pero la retuve por temor a que cayera al piso. Fue extraño, sentí, en medio del frío que nos rodeaba, una grata sensación de calidez. La cabeza de mi abuela cayó suavemente sobre mi regazo, parecía dormir, pero tuve la certeza de que no despertaría nunca más.
Ante el silencio, mi hermana levantó la cabeza y preguntó _¿Ya se durmió? Vaya, la viejita estaba con una de sus crisis. ¡Vaya historia! ¿Te ayudo a llevarla a la cama?
_¿Fingías dormir? _ Me sentí molesta, _Pues tranquila, no te molestará más. _respondí_ ¡Está muerta! _ Me arrepentí de mi tosquedad, pero lo dicho, dicho estaba.
_¡Qué! _ exclamó. De un salto estuvo a mi lado. Le tomó la mano, acarició su rostro, una lágrima rodó por sus mejillas. _Ya descansa. En cierto modo es afortunada.
Así de simple se fue mi abuela, enojada con el muro, feliz porque su amado vino a llevarla a pasear a un mundo mejor que este, al menos, eso es lo que me enseñó mi mamá. No puedo negarlo, su partida me dejó un sabor amargo en el alma.

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