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Esta Noche

EL MURO

EL MURO

Nov 01, 2019

Mi pobre abuela, como todos, terminó en el horno, incinerada junto con otros cientos de cadáveres. No podíamos reclamar sus cenizas, llevaríamos una mezcla sin identidad, además, cenizas son cenizas, la esencia de la persona ya no está más, solo son cenizas. Nuestro “querido” Héroe del Pueblo nos obsequió el “Gran Horno” en pro de la salud pública en vista de que los cementerios habían rebasado largamente su capacidad.

Mi madre perdió la sonrisa, la nostalgia pintó sus ojos de un color indefinido. Cada quien se encargó, en su tiempo libre, de limpiar y ordenar las cosas de la abuela. La primera en el turno fui yo, no había mucho para ordenar o limpiar. Saqué de unas cajas de cartón algo de ropa, la mayor parte guardada años, comida por las polillas y con un fuerte olor a humedad. Ropa tan vieja como la pobre abuela. Embolsé toda la ropa que encontré para llevarla al botadero. Lo que sí me llamó la atención fue un cuaderno que encontré entre sus cosas, un cuaderno en blanco, con las hojas amarillentas y manchadas por la humedad, con apenas una línea escrito en ella: “No, mi pequeña, no. No construyen un muro, dividen el mundo”. ¿Habrá querido escribir un diario? ¡Quién sabe! Eso me dio la idea de escribir todo esto, a pesar de lo que diga Marcos, quizás hay un futuro y habrá alguien que lea esto.

El muro. El maldito muro, como diría mi abuela, era parte inherente de nuestra vida. Ya nadie se fijaba en él. Es una de esas cosas tan cotidianas que ya nadie le presta atención pero sabes bien que está allí.

Mi abuela, cuando yo era una niña pequeña, me llevaba a verlo. “Ojalá tu generación tenga la fuerza para destruirlo” me decía. Entonces yo no entendía por qué ese afán por destruir el muro. Me gustaba ir a verlo, se veía imponente, grandioso, liso, de un color gris claro que, de lejos, con la luz del sol se veía blanco. No podíamos acercarnos mucho, los guardianes del orden vigilaban que nadie se aproxime más de lo permitido.

Recuerdo que hubo revueltas y gente atacando el muro, tarea imposible, no se puede destruir lo indestructible. La desesperación, la indignación y la cólera son más fuertes que lo imposible. La gente pareció apaciguarse un tiempo pero solo para recobrar fuerzas, organizarse y atacar. Pero Los Guardianes parecían estar en todas partes, parecían leer el pensamiento de los rebeldes, se anticipaban a cualquier ataque. Yo pienso que hubo traidores, quizás me equivoque, pero es lo que pienso. Aún así, en medio de sus frustrados ataques lograron dañar el muro en algunas zonas que rápidamente eran reparados. Se diría que nada había pasado. Nada con el muro, mucho con nosotros. Los Guardianes del Orden se lanzaban en busca de los conspiradores, enemigos del pueblo, enemigos de la nación. Entonces el Héroe del Pueblo hacía escuchar su voz, pantallas en lo alto de los edificios, pantallas en las esquinas de las avenidas, pantallas en los metros hacían llegar su indignada voz conminando a denunciar a los traidores del pueblo.

La guerra contra “los traidores” se hizo cada vez más intensa, fue pretexto para quemar, destruir las escuelas, las universidades, las iglesias, porque no eran sino nidos de traidores de la patria, por el bien de su pueblo, el Héroe, el Salvador del pueblo estaba en la obligación de velar por sus hijitos. Erradicar el veneno de la traición y la violencia era el deber sagrado de Los Guardianes. Se quemaron en las plazas montañas de libros que solo “envenenaban” el corazón y el pensamiento de los niños y los jóvenes.

Algunas personas, como mi abuela, salvaron uno que otro libro enterrándolo en lo profundo de la tierra. Aun así, muchos de los libros enterrados fueron sacados a la superficie y echados al fuego y los culpables fueron llevados a prisión y no volvimos a verlos más.

La gente lloraba a escondidas por temor a los guardianes. Lloraban por sus escuelas, por sus iglesias convertidas en cenizas, lloraban por sus libros y sus pobres ilusiones de libertad convertidos en cenizas.

No se volvieron a construir escuelas, menos iglesias. Se vendían algunos libros pero debían ser aprobados por el gobierno. Nadie los compraba, entonces Los Guardianes los repartieron gratis a los niños y jóvenes, nadie quería leerlos.

El conformismo, el miedo, la apatía hizo el resto. La vieja ciudad tenía el corazón hecho pedazos y el pensamiento aniquilado.

Con los años, el gobierno, se dio cuenta de que era pérdida de tiempo y gasto innecesario enviar a Los Guardianes. Lo que la furia de la gente no pudo lo hizo el tiempo, en algunas zonas, el indestructible muro comenzó a decaer.

Con el tiempo ya no fue necesario que repararan el muro. Nos quedó muy claro quiénes eran ellos y quiénes éramos nosotros. Ellos lo tienen todo, nosotros, casi nada y aun lo poco que tenemos, finalmente, les pertenece. Llegamos a la conclusión de que era inútil luchar y decidimos vivir nuestras vidas.

No había escuelas. Los niños iban a casa de algunos maestros, allí aprendimos lo básico: leer y escribir. En los primeros años, Los Guardianes llegaban inesperadamente a esas improvisadas escuelas y se llevaban a los maestros y algunas veces a algunos niños, eso hizo que muchos padres tuvieran miedo de enviar a sus hijos a clases. Después que los guardianes se fueron, algunos intentaron resucitar las escuelitas pero fue inútil. Los que querían aprender algo eran muy pocos. “Es tiempo perdido. De qué sirve aprender a leer, seguimos igual de pobres”, decían muchos.

Las enormes puertas del muro se abrían dos veces al día para dejar pasar a los pocos privilegiados que trabajaban en Ciudad Nueva. Traspasaban a las seis de la mañana las enormes puertas y el estricto control y retornaban a las seis de la tarde. Nadie hablaba de lo que había al otro lado del muro. La curiosidad era tan grande como el mismo muro. Hubo muchas preguntas pero jamás una respuesta.

El Héroe de la nación dejaba escuchar su voz y con expresión benevolente nos hablaba del honor y el amor a la Patria, de la necesidad de cuidar el medio ambiente, del calentamiento global. Nos pedía sacrificio por el bien de la Nación, pero parece que el calentamiento global solo afecta a Ciudad Vieja. Nos programaron un horario estricto de distribución del agua: Media hora a las cinco de la mañana y media hora a las seis de la tarde. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Puntualmente cerraban el flujo del agua. El fluido eléctrico se cortaba a las siete de la noche y retornaba a las cinco de la mañana. Me pareció injusto que en la noche, cuando más se necesitba la luz nos la quitaran, luego, como suele suceder, me acostumbré. Mientras la ciudad tenía luz, era casi como estar de día, la iluminación era muy intensa, especialmente en las proximidades del muro. No creo que teman que ataquemos el muro, no tenemos ni fuerza, ni ganas ni recursos para ello. También es cierto que cuando la ciudad queda a oscuras… realmente quedamos sumidos en tinieblas. Se tejen historias terribles, historias alrededor de las tinieblas y lo que ellas traen a las calles, ya lo dije, cuentan algunos que “monstruos horrorosos sedientos de sangre y carne humana” recorren las calles en las oscuras noches. Yo no lo creo, pero en medio de tal oscuridad quien podría caminar tranquilo y seguro, ni los delincuentes más duros se atreven a salir en la noche una vez que las luces se apagan.

Cuando yo nací, el muro, aunque no terminado, ya formaba parte de nuestras vidas. Para mis abuelos y mis padres debió ser un gran cambio en sus vidas.

Desde que era niña no he vuelto a acercarme al muro, pero… ¡quién sabe! Quizás sea buena idea visitar el muro ahora.


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Flora Leandro

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