Cuando murió mi abuela, la nostalgia nos invadió a todos: mi madre, mis hermanas y, no lo niego, a mí también.
La abuela nos dejó esa vaga tristeza que hiere el corazón pero no lo hace sangrar, esa vaga tristeza que se convierte en una discreta lágrima pero no en llanto desenfrenado. A todos los vecinos y amigos los sorprendió su muerte; era, creo, la persona de más edad en Ciudad Vieja, aquí, donde la esperanza de vida alcanza el promedio de cincuenta años, la abuela con sus setenta años, era un caso extraordinario. Todos se sorprendieron, creo que teníamos la sensación de que era inmortal.
Su partida despertó en mí preguntas que, quizás, estaban allí desde siempre, pero no les di lugar hasta ahora.
Cuando cumplí diecisiete años, Julia me dijo que postulara para trabajar en Ciudad Nueva.
_¿Al otro lado del muro? _ exclamé incómoda. _No. No quiero. No me interesa.
_¿No te interesa? ¡Cómo que no te interesa! _estaba enojada _ ¿No quieres cambiar este infierno por el paraíso siquiera por unas horas? ¿No estás harta de todo esto? ¡Yo sí! ¡Estoy harta! Harta de comer comida malograda, harta de mendigar agua, mendigar la ropa, mendigar la vida. ¿No se te antoja comprarte un vestido nuevo alguna vez? Un vestido nuevo, nuevo de verdad. Mira esta camiseta, este pantalón, quién se lo habrá puesto, quién lo habrá tirado al botadero. Esta vida es una… _guardó silencio. Abrí los ojos sorprendida. Nunca había escuchado a mi hermana tan molesta, tan frustrada. Incluso sonreí ante la posibilidad de que dijera una grosería, pero no lo hizo. Sin embargo no era el momento de sonreír, debía respetar su indignación. Esperé a que se calmara y le dije:
_¿Cómo sabes que al otro lado del muro es mejor? Quizás es peor que esto.
_Nada puede ser peor _. Me respondió con amargura.
_¿Por qué no te presentas tú? _ pregunté.
_Ya lo hice, pero no me aceptaron _. Se recostó en su cama, tapándose con furia y quedó en silencio.
Ahora era yo quien se preguntaba ¿qué hay al otro lado del muro? ¿Cómo es Ciudad Nueva? ¿Valdrá la pena soñar con Ciudad Nueva?
La curiosidad se apoderó de mí con una urgencia desconocida. “Si pudiera”, pensé, “echarle un pequeño vistazo siquiera de lejos”. Era mi día de descanso, mi madre y mi hermana estaban en su trabajo y no vendrían hasta la tarde. Podría ir hasta los edificios abandonados que están cerca al muro, allí, donde nadie se acerca, no sé por qué. Hace mucho que los guardianes no vigilan. Podría subir al último piso y de allí mirar Ciudad Nueva, solo mirar. ¿Qué podría pasar? Ni mi madre ni mi hermana tendrían que enterarse. ¡Pobrecillas! Morirían de pánico de solo pensarlo.
Tuve que caminar más de una hora para llegar hasta los edificios abandonados, una vez allí levanté la vista para elegir el que me pareció más alto, conté los pisos, no estaba muy segura pero parecía tener unos 40 pisos o más. Levanto la vista, intento contar, pero se me hace imposible. ¡Diablos! ¿Tendré que subir por las escaleras? Podría elegir otro, pero no, tenía que ser el más alto si quería ver desde allí algo de Ciudad Nueva.
El edificio estaba realmente en ruinas, ventanas rotas, las paredes llenas de humedad, de suciedad, de un color imposible de nombrar. Tenía unas enormes puertas de vidrio, que milagrosamente, estaban íntegras.” ¡Vaya suerte! No podré entrar”, me acerqué y empujé, segura de encontrarla cerrada, pero con un mínimo esfuerzo, vaya sorpresa, cedió la hoja de vidrio. Entré y tuve una cordial bienvenida de numerosas ratas que inquietas por mi presencia salieron corriendo. Tuve el impulso de salir también yo y alejarme de ese lugar rápidamente, pero me contuve y busqué las escaleras, “no creo que el ascensor funcione, y si funciona, quién me asegura que no quedaré atrapada. No. Es mejor que vaya por las escaleras”. Finalmente abrí una puerta que me llevó a las escaleras. Cuanto más me adentraba en el edificio más sombrío, sucio, húmedo y maloliente se volvía. Subir por las escaleras no fue la mejor idea, al décimo piso estaba ya sin fuerzas, sin aliento. Tuve que sentarme en un escalón a descansar sin importarme lo sucio que este pudiera estar. Diez pisos más y estaba a punto de rendirme, descansé, recobré fuerzas y continué. Finalmente, dos horas después, abrí la puerta que llevaba a la azotea. Mi corazón latía desaforadamente debido al esfuerzo, mis piernas parecían de jebe, apenas si podía mantenerme en pie. Me sentía exhausta. No sé con certeza cuantos pisos he subido, conté hasta veinte y dejé de hacerlo. ¡Qué importa cuántos pisos son! ¡Llegué! “Ojalá valga la pena”, pensé y me acerqué al muro para, desde allí, ver por vez primera Ciudad Nueva.
Quedé sin aliento, jamás había visto algo tan hermoso. Inmediatamente después del muro se veía un inmenso campo bordeado de árboles verdes y frondosos, el césped impecablemente podado, “juraría que cada brizna del césped tiene exactamente la misma medida”. En ese campo interminable de verdor se veían pequeñas islas de flores cultivadas con gran esmero. ¿Qué flores eran? No lo sé. Jamás había visto nada igual. Y a lo lejos se divisaba la ciudad, torres inmensas que brillaban majestuosas aún en medio del día gris y húmedo. Esforzándome alcancé a ver enormes casas rodeadas de bosques y lagos. “Tiene razón Julia. Esto es el paraíso”. El viento me azotaba con sus fríos látigos y mi raído abrigo no cumplía su función, empecé a tiritar, pero quería quedarme allí todo el tiempo que fuera posible. Tuve que rendirme, sentí que no podía respirar, el invierno con su carga de humedad, me había afectado como a la mayoría de los que vivimos en Ciudad Vieja. Venía siendo torturada por una tos que por momentos era muy violenta más el dolor de garganta y oído, casi no me dejaban comer, dormir, vivir. Levanté el rostro al cielo, amenazaba lluvia, las nubes negras lentamente cubrían el cielo. Debía regresar a casa. Bajé muy lentamente, y cuando creí que desmayaría por el esfuerzo, llegué al vestíbulo. Fue una experiencia agotadora pero…valió la pena. La visión de tan maravilloso lugar había exitado tanto mi ánimo que no me bastaba el haberla visto, quería sentir Ciudad Nueva bajo mis pies, sentir la suavidad de ese campo que estaba tan… tan cerca, apenas al otro lado del muro y tan… tan lejos por lo imposible. Suspiré resignada y salí del edificio decidida a irme a casa, pero una vez fuera recordé que el muro quizás tenía alguna parte de su estructura dañada, quizás un hueco, quién sabe, nada perdía con explorar un poco. El lugar era realmente desolador. Hace muchos años que nadie vivía en estos edificios, algunos eran departamentos, la mayoría oficinas, el que acababa de abandonar alguna vez debió ser un hotel de lujo. Caminé hasta llegar al muro y empecé a recorrerlo a lo largo, cuando finalmente empezaba a perder las esperanzas, hallé una pequeña abertura, un hueco en la pared, debía tener cerca de medio metro de ancho y unos cuarenta de alto. ¿Acaso alguien había intentado entrar a Ciudad Nueva? Definitivamente había fracasado. Sorprendida de que no fuera más ancho el muro, me acerqué y con cierto temor me asomé y recién tuve conciencia de su grosor, ¿sería un metro? ¿más? ¡Vaya! ¡Sí que debió ser difícil horadar este muro! Quería asomarme, introducir mi cabeza, pero no me pareció suficiente el ancho, tuve el temor de quedar atrapada. Intenté ver por lo menos a través de él. Alcancé a ver unas hermosas flores amarillas que crecían pegadas al muro. Estiré el brazo lo más que pude con la intención de tocar, solo tocar por lo menos una flor.
_¡Hola! _dijo alguien, me sobresalté y saqué el brazo tan rápido que me golpeé y rasguñé la muñeca. Me sobrepuse a medias y traté de ver quien se hallaba al otro lado.
_¡Hola! _ repitió. Era un hombre, que inclinándose un poco me sonreía amistosamente. No podía verlo con claridad, pero lo suficiente como para darme cuenta de que era un hombre joven, me gustó su voz, una voz clara, amable, no muy grave, ni aguda.
_¡Hola! _ respondí con cierta incomodidad. Me incliné tratando de ver a mi interlocutor a través del hoyo, pero el día era gris, y la profundidad del mismo no me ayudaba.
_Lamento haberte asustado. No fue mi intención. _ Se disculpó.
_ No me asustó _ dije. ¿Asustarme? Me molestaba que ese extraño pensara que yo tenía miedo.
_¿Quieres una flor? _ preguntó.
_No. No busco llevarme su flor. Solo quería tocarla. Aquí no tenemos flores como esas _. No le tenía miedo, pero tampoco quería que pensara que quería robar su flor. Me sentía inquieta. Nunca había visto a alguien del otro lado del muro ¿Qué haría? ¿Me castigaría? ¿Me llevaría a prisión? ¿Me mataría? Esperé resignada.
De pronto vi aparecer su brazo en este lado del muro, mi lado del muro, una mano blanca, perfecta, de largos dedos y uñas perfectamente recortadas e impecables. Esa mano increíble traía una bella flor de pétalos amarillos que se abrían como una estrella.
_Toma. Llévatela. Es tuya.
Ya lo dije, su voz era agradable, inspiraba confianza. Debí salir corriendo, pero no lo hice, me quedé allí contemplando esa blanca mano y la flor amarilla. Si pudiera juzgar a una persona por sus manos y por su voz diría que es una buena persona.
_No, gracias. No quiero su flor, es solo que aquí no hay flores como esas y quise tocarla, sentirla, saber qué se siente tocar una flor tan bella.
Se quedó callado, su brazo seguía estirado con la bella flor en la mano.
_¿Sabes cómo se llama esta flor? _ preguntó al fin.
_No.
_¡Es un narciso! _exclamó sorprendido.
_ No se extrañe _, dije _ Jamás he visto una flor cómo esta. Es realmente bella. Aquí en este lado del muro las flores más comunes son las del trébol, es más, creo que son las únicas. Una plaga para usted, hermosas flores para nosotros.
Al ver que yo no me atrevía a tomar la flor insistió: _ Toma es tuya, no te la estoy regalando, llévala y a cambio me traerás una flor de trébol Quiero ver una. Aquí es difícil encontrar tréboles.
Tuve un acceso de tos muy severo, no pude responder, hasta que finalmente logré recuperar el aliento. “Bueno, es solo una flor”, pensé.
Tomé el narciso, me di media vuelta y me alejé sin decir adiós, sin decir gracias, sin decir nada, sin embargo escuché su voz antes de perderme entre las sucias calles.
_¡ No olvides, me debes una flor de trébol! ¡Traérmela mañana, sin falta!

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