Era un camino largo, estaba exhausta, pero no paré hasta llegar al edificio donde vivo. Una vez en el departamento, entré a mi dormitorio y me tiré sobre la cama, sin cambiar mi ropa ni quitarme los zapatos. Me sentía al borde del desmayo. Sujetando el narciso contra mi pecho me quedé dormida.
Desperté una hora después, el pecho me dolía y me costaba respirar. El invierno no es amable con nosotros, el verano tampoco lo es. En invierno el frío y la humedad nos matan; en verano el calor y todas las bacterias que pululan en el ambiente hacen pedazos lo poco que nos queda de salud.
Antes de que llegaran mi madre y mi hermana escondí el narciso en la misma caja en la que guardo este cuaderno, no debían verla, cómo podría explicar mi extraordinaria aventura, mi madre moriría de angustia de solo pensar que me atreví a acercarme al maldito muro.
Llegaron, comimos en silencio, la lectura de la Biblia y la oración fue triste. Nos hacía falta la abuela rezongando como todos los días. Prendimos, como cada noche, el lamparín antes de que la oscuridad nos tragara. No sabíamos a ciencia cierta por qué, pero era una ley no quedar totalmente a oscuras ni aun cuando estuviéramos dormidos. En las noches se podía ver a través de la ventana, en cada lugar que estuviera habitado por alguien, una pequeña y débil lucecita que se abría paso en medio de la oscuridad.
La tos no me dejó dormir bien, me dolía el pecho, me dolía respirar, la garganta me dolía, pasar saliva era un tortura. Amaneció, sentía el cuerpo hecho pedazos pero debía ir a trabajar.
Marcos se acercó a mí, me miró sumamente preocupado. Muchas personas morían de enfermedades respiratorias cada invierno.
_Estás mal, no debiste venir _, dijo.
_¿Cuál es la diferencia? Quedarme en casa no me ayudará en nada. El frío y la humedad es igual aquí o allá.
_No sanarás sino tomas algún medicamento.
_ ¿Medicamento? _ sonreí con tristeza.
_No puedes quedarte aquí. No estás en condiciones de trabajar. Hablaré con el jefe, sabes que es una buena persona. Comprenderá. Yo me quedaré un poco más para ayudar.
Quise decirle que no, pero ya se había marchado. No regresó a mi lado, el jefe, de lejos, solo con un gesto me indicó que me fuera.
Regresé a casa. Me sentí peor, me sentía agobiada por el ambiente. Necesitaba aire, aire fresco. Y lo recordé: el narciso. “Debo una flor de trébol”. Salir era una pésima idea, pero, a veces, actuamos sin lógica, hacemos exactamente lo menos aconsejable. Mi razón me decía “no salgas” y mi parte irracional “sal”. Hice caso a mi parte más irracional.
Busqué una flor de trébol. En el camino hacia el muro encontré un jardín abandonado, donde, gracias a la humedad de la llovizna constante, crecían tréboles, arranqué unas flores, pequeñitas pero hermosas, de color lila. Me sentía morir, pero igual, haciendo un gran esfuerzo llegué al muro, busqué el hoyo en el muro, me asomé y llamé:
_¿Hola? _ la respuesta fue el silencio. Me sentí de lo más estúpida. ¡Cómo se me ocurre pensar que estaría aquí! Y me esperaba un largo y tortuoso camino. Esperé un rato a sabiendas de que sería inútil. Volví a asomarme intentando ver algo, en todo caso: alguien.
_¡Holaaaa! _ insistí. “Ya vámonos”, me dije, me di la vuelta para regresar a casa.
_¡Hola!
Di un salto, la sorpresa fue tal que casi caí al piso sucio y húmedo.
Estaba allí, parado frente a mí. Era alto, delgado, no tanto como yo, o Marcos, o mi hermana y así, la lista era interminable. Era simplemente delgado, de hermoso rostro, ojos verdes, cabello castaño, sonrisa luminosa, elegante. Nunca en mi vida había visto alguien con ropa tan nueva, tan limpia. Eran colores serios, pero a mis ojos brillaban. Zapatos negros, brillantes como espejos, pantalón deportivo de color azul, chompa, azul, camisa gris claro y un abrigo negro.
¬_¡Hola! _ repitió, mientras iluminaba el lugar con su sonrisa. _ Y ¿mis flores?_ preguntó.

Comments (0)
See all