Lo miro estupefacta, quería decir algo genial, algo que no delatara mi ansiedad. Un comentario inteligente y frío.
_ ¡Hola!
Sí. ¡Genial! Algo como eso. Me quedé sin palabras. Me miró y sonrió, realmente tiene una sonrisa hermosa. Esa sonrisa iluminaría hasta el infierno.
_ Creí que no volverías nunca.
_Me diste de alta. ¿Por qué habría de volver?
_ Y… ¿por qué estás aquí?
Buena pregunta, ojalá tuviera una buena respuesta. Pienso pero nada se me ocurre, al fin decido que es mejor decir la verdad.
_ No sé. Sinceramente no sé por qué vine.
_ No importa. Lo que importa es que estás aquí. Se acerca a la banca, quita las flores, las coloca sobre la mesa y me invita a sentarme, según él debo estar muy cansada. Tiene razón. Fue un día muy difícil en el trabajo y estoy muy cansada, pero ahora eso no importa. Es como si una energía desconocida se apoderara de mí revitalizándome. Acepto su invitación y me siento a su lado. Sonrío al ver que a lado de la banca está su mágico maletín. Lo coge y al abrirlo puedo ver los pequeños envases blancos. Comida. ¿Habrá traído comida todos los días? ¿Habrá venido todos los días? Quiero preguntar pero no me atrevo.
_ Espero sea de tu agrado _ dice, mientras quita la tapa hermética. El olor de esa comida sin nombre me hace salivar al instante y me hace consciente del hambre que tengo. Con cuidado despeja la mesita, coloca los narcisos a ambos lados, muy ordenaditos formando dos ramilletes. Siempre tan ordenado y pulcro. Eso es algo que me gusta y también me exaspera.
_ ¿Seguimos con el juego de las preguntas?
_ Supongo que sí _ respondo. Me invita a servirme, extiende una servilleta de tela, como es de esperar, blanquísima. ¡La comida está deliciosa!
_ Quemaré mi oportunidad _ dice, mientras empieza a comer. _ ¿Cómo has estado? Me refiero a tu salud.
_ Mejor que nunca, gracias a ti. Es la primera vez en toda mi vida que en invierno puedo respirar bien. Me gusta la lluvia, pero recién ahora, la disfruto. Tenía miedo cada vez que llovía porque me enfermaba de las vías respiratorias. Andaba enfundada en trapos y más trapos para protegerme del frío y de la humedad. Ahora me visto con lo necesario y nada más. Me siento fuerte. Mi familia también lo ha notado. Mi mamá está feliz de verme tan bien, pero yo estoy preocupada por ella, la pobre anda aquejada por la tos y la alergia. Se levanta y es un estornudar sin fin. Mi hermana la pasa mejor, ella siempre fue la más fuerte de las tres. Si se decidiera a tener hijos, serían fuertes y sanos. Creo que por eso no quiere tenerlos. Tener hijos fuertes y sanos es una desgracia para las madres, al menos para la mayoría. Buena salud significa que se lo llevarán a Ciudad Nueva y nunca más volverán a verlos. Así perdí a mi sobrino. Ariel. Era el niño más hermoso que yo haya conocido, conozco y conoceré. Hermoso en todo sentido, tenía grandes ojos café, sombreados por largas pestañas. Cuando nos miraba, esos ojos tan bellos se llenaban de luz, brillaban como estrellas en el cielo. Su sonrisa era tan espontánea, tan llena de ternura, contagiaba felicidad. Era un niño muy inteligente, habló y caminó muy temprano, tenía un deseo de aprender imposible de satisfacer. Sus preguntas eran interminables, tenía una curiosidad descomunal. Una pregunta llevaba a otra y a otra. Yo le amaba mucho, lo llevaba a pasear, jugaba con él, le cantaba canciones, me las inventaba igual que los mil cuentos que le narraba. No había nada que me llenara de felicidad el corazón más que un abrazo suyo y su dulce beso en mi mejilla. Pero un día llegaron los guardianes y se lo llevaron. Desde entonces no hemos sabido nada de él. Suponemos que está vivo, suponemos que está bien, nos consolamos pensando que vive una mejor vida que la que tendría aquí. Eso fue hace diez años. Hoy debe tener dieciocho, ha de ser todo un joven y muy guapo, por cierto.
Al recordar a Ariel no pude evitar que la voz se me quebrara y que las lágrimas rodaran por mis mejillas. Rodrigo me alcanzó un pañuelo, muy blanco como es de esperar. Le miré y me sorprendió ver la expresión de su rostro, parecía triste, confundido, preocupado. Supuse que se sentía culpable por ser de Ciudad Nueva.
_ No te sientas mal _, le dije _ no tienes la culpa de lo que hace tu gente.
_ ¿Alguna vez enfermó de algo tu sobrino? _ me extrañó su pregunta, pero claro, es médico.
_ Habló el médico _ dije riendo. _ Haces trampa, esta sería tu segunda pregunta. No importa, te responderé para que estés tranquilo. No. No te preocupes, no llevó ningún virus o bacteria a tu pulcra ciudad. Era un niño muy sano, ya te dije, desde que nació hasta que se lo llevaron, no enfermó ni una vez, ni siquiera un resfrío. Todos lo cuidábamos mucho. Además tú debes saber, el programa de ayuda que tienen en Ciudad Nueva para las mujeres embarazadas. Apenas una mujer tiene conciencia de su embarazo, tiene que comunicar a los vigilantes en las casetas que están en los grandes portones, la examinan los médicos y si confirman su embarazo, comienza a recibir la ayuda. Le dan medicinas, atención médica, de la buena, verdadera atención médica. Le dan alimentos, ropa. Control médico constante. Nace el bebé, siguen cuidando de ella y del bebé, hasta que cumple cuatro años, si el niño es enfermizo y débil, dejan de ayudarle. Eso no tiene lógica. Si el niño es sano y fuerte, aunque enferme alguna vez, si se recupera rápido, siguen ayudándole hasta que cumpla ocho años, entonces se lo llevan. Yo pienso que al que deben ayudar y apoyar es al más débil, ese es el que lo necesita más. Por eso son muchas las mujeres que se embarazan una y otra vez, solo para recibir ayuda. Pero eso hace que nazcan niños débiles y enfermos, y las mujeres que tienen muchos hijos también enferman con más frecuencia y de gravedad. Mueren muy jóvenes. Con el correr de los años, cada vez más mujeres hemos decidido no tener hijos. Por eso yo no me caso. No quiero pelear con el que sea mi pareja, quizás él querría tener hijos. Sé lo que es perder a un ser amado, no solo por mi padre, también por mi sobrino. Me dolió mucho cuando se llevaron a Ariel. Sufrí mucho, mucho, no creo que pueda soportar si se llevan a un hijo mío. No sé qué haría, lo escondería bajo tierra. La mayoría de las madres se sienten felices, se sienten honradas y orgullosas porque sus hijos son elegidos para vivir en Ciudad Nueva. Perdona, sé que es tu ciudad y por lo poco que he podido ver, realmente debe ser un lugar muy bello para vivir, pero si se tratara de mis hijos, tu ciudad se puede ir al… _ busqué una palabra amable que reemplazara la que estaba en mi mente _ drenaje _ dije finalmente.
_ Estoy de acuerdo _ dijo. Había dejado de comer, tapó el envase, al parecer perdió el apetito _ Es más yo diría que mi ciudad y todos los que en ella vivimos deberíamos irnos al infierno, pero eso es imposible porque ya vivimos en él. Ciudad Nueva es un infierno cubierto de rosas. Si vivieras en Ciudad Nueva solo una semana, llorarías y harías lo que sea por volver a tu ciudad en ruinas, y dirías que éste es el Paraíso.
_ ¿Estás loco? Sí, estás loco, de lo contrario no estarías aquí_ repliqué. Quedamos en silencio un minuto que me pareció interminable. Parecía triste, no pensé que mi respuesta lo impactaría tanto_ Ahora me toca preguntar _ dije finalmente. _ ¿Por qué estás aquí?
Me sentía inquieta ante su posible respuesta, sentía un cosquilleo en todo mi cuerpo.
_ No sé _ Respondió. _ No lo sé y la verdad es que temo preguntarme qué es lo que me trae aquí. Soy muy viejo para andarme con estas cosas _. Se quedó en silencio, la mirada perdida en un punto indefinido. _ Vine cada día. Traje narcisos aunque sabía que no te encontraría, quien sabe, quizás viene, pensé, y si no estoy quiero que sepa que estuve aquí. Las flores serían el mensaje, los narcisos te diran que estuve aquí. Es una suerte que estos narcisos florezcan todo el año. Nuestros genetistas han alterado su ADN para ese fin. Mi padre quiere verlas florecer todo el tiempo. Mi jardín está lleno de estos narcisos. No hay un día del año en que no encuentres narcisos en flor, con lluvia o con sol, con frío o calor siempre hay narcisos. Muy pocas de las cosas que ha hecho he aprobado, esta es una de ellas. Los narcisos en flor son como la sonrisa de mi madre y ahora… me recuerdan a ti. No me preguntes si siento algo por ti. No lo sé. No sé si siento algo por ti, solo sé que me siento bien a tu lado. Sé que me gusta conversar contigo. No me había sentido tan bien a lado de alguien desde que murió mi madre. Hace tantos años ya. Siento como si apenas ayer la hubiera visto sonreír. Los narcisos en flor son como la sonrisa de mi madre.
Un profundo suspiro escapó de su pecho, sus ojos se humedecieron ligeramente, me aterraba la idea de verle llorar. No soportaría verle llorar. Lo veo tan fuerte, tan formal, tan… frío, casi robótico y ahora en este momento lo veía tan humano, demasiado humano.
_ Tu madre debió ser una mujer muy especial _ dije. _ Y tu padre debe ser alguien muy importante, parece que lo que él quiere lo consigue.
Ante mi comentario su rostro se endureció, sus ojos se tornaron fríos, me sentí mal, y confundida, cambió tan bruscamente. Qué de lo que dije lo molestó. No creo haber dicho algo malo.
_ Debes irte_ dijo al fin. _ Es tarde, no quiero que te atrape la oscuridad.
Me sentía tan incómoda de repente, irme era lo mejor. Me dirigí a la puerta, cogí mi viejo paraguas. Él abrió la puerta para dejarme salir, pero antes de que saliera, me tomó de la mano y con los ojos llenos de tristeza, me pidió:
_ Vuelve, vuelve mañana, por favor.
_ Sí, volveré _ prometí y me marché.

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