Recordaba las estelas blancas y espumosas que dejaban los barcos cuando abandonaban el puerto. Sumi y Holden solían ir juntos allí, acompañados de sus padres. Pasaban los días en la playa, festejando cualquier banalidad e inventándose mil excusas para hacer el recorrido de cuarenta y cinco minutos en bicicleta que conducía desde el pueblecito hasta la costa.
Todas las noches, Sumi recordaba una escena en particular. Se la imaginaba con tanta nitidez que casi podía sentir el sabor a salitre en sus labios, la frente perlada de sudor por la humedad marina. Le resultaba curioso cómo un mismo recuerdo podía despertar en una persona emociones tan contrarias y distintas. No sabía cómo se sentía en aquel momento, pero su madre la abrazaba como si de ella surgiese algún tipo de necesidad. Ella no quería que su madre la abrazase, pero aquello habría sido difícil de explicar a cualquier persona y, en aquel instante, sentía que la mirada de todo el mundo se posaba sobre ella como una frágil mariposa de algodón.
Por supuesto, Sumi supuso que la creía triste. Todavía tenía en la mejilla la marca que había dejado el surco de una lágrima vaga. Quizá por eso notaba el sabor salino del mar.
Casi había dejado de sentir la suavidad del colchón bajo su cuerpo. Ya no estaba en su habitación. Bailaba en la playa, descalza y con un vestido suave de color blanco sobre la arena, Holden girando a su alrededor y apenas llegándole a los hombros. Corrían hacia la orilla y se mojaban los pies. No recordaba bien si el agua estaba fría o cálida, pero se reían de una forma contagiosa. Sus padres entonces reían también. Recordó también el olor a azúcar quemado de los puestos de una feria cercana y la suavidad de la arena húmeda en las plantas de los pies.
Bailaban, bailaban, bailaban.

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