En un lugar perdido, que todas las personas de la zona conocían. Ahí estaba él.
El suyo era un mundo que se hallaba entre el aquí y el allá de los mundanos. Un espacio en blanco, no más que un nexo entre dos mundos que tan solo pertenecían a las personas que albergaban la suerte de poder vivir con la esperanza de llegar a fin de mes y sentarse todos los días alrededor de una mesa redonda a desayunar, comer y cenar.
Naim no era un chico con suerte. Su vida era una elegía a la propia vida. Probablemente, incluso tú habías evitado alguna vez cruzártelo de frente. Naim tenía el pelo cortado a trasquilones, una cicatriz en la frente y una navaja en el bolsillo. Naim fumaba cigarrillos en los escalones de los portales que daban la bienvenida a las personas que podían seguir viviendo al amparo de un techo y un mínimo de cuatro paredes en las cuales resguardarse.
Naim vaciaba latas de cerveza con la boca en el parque en el que probablemente tus vecinos llevaban a sus hijos a jugar, y después las tiraba en el suelo.
Naim tenía un rostro duro y firme, sombra de barba, y los ojos demasiado brillantes como para pertenecer a su propio cuerpo.
Si hubieses pasado a su lado, probablemente habrías arrugado la nariz y pensado que olía mal. Sin embargo, lo habrías disimulado, porque al fin y al cabo no querías darle más motivos para sentirse triste. Porque habrías asumido que estaba perdido. Entonces habrías cruzado de largo pues, al fin y al cabo, no estaba en tu mano solucionar los problemas de un niño que ha comenzado a sufrir a una edad en la que tendría que estar aprendiendo a vivir.
Él no te habría mirado mal. Nunca lo hacía. Pero eso nunca lo ibas a saber porque te daba miedo mirarle a los ojos y descubrir lo que podías encontrar. Tú no tenías la culpa, pero te preguntabas si en realidad había algo en tu mano que pudieras haber hecho al respecto.
Te daré la respuesta: nadie lo sabe.
Él tampoco lo sabía. Él sigue sin saberlo. Nadie tiene la culpa de la vida que le toca vivir. Por eso quien puede vuelve a su casa y se olvida de la basura que arrastran las calles de su ciudad, o de los problemas que hubiera podido tener en el trabajo si hubiera respondido a aquel puñetero cliente que no paraba de tocar las narices. Quien podía, volvía a su casa y engañaba a sus padres diciéndole que había aprobado aquel examen de Biología para el que tanto había fingido estudiar, y cogían las cucharas, los tenedores y los cuchillos, y todo lo que les ayudaría a saciar sus apetitos. Y vivían. Los que podían, oh, claro que vivían.
Los que no, sobrevivían si todavía tenían esperanza.
Y a los que carecían de un hogar y de la ilusión de poder recuperarlo algún día… Bueno. Aquellos ya estaban muertos. O apenas vivos, en un punto intermedio entre el aquí y el allá. El mundo intangible que quedaba a medio camino entre todas tus preguntas y las respuestas de nadie.
Había un gran camión aparcado en frente del centro comercial, pero al fin y al cabo, Naim era demasiado listo como para saber que, si robaba en plena descarga, lo más probable es que le atrapasen, le hiciesen devolver todo lo que tenía y llamasen a la policía. Por eso había que evitar el centro comercial a las horas en las que vosotros, los ciudadanos, lo frecuentabais.
Así que giró hacia la izquierda y se sumergió entre un bosque de edificios grises, que se erguían orgullosos e imponentes sobre el cielo y sobre el mismísimo infierno. Pasó junto a una frutería con un letrero de color anaranjado, como el de las puestas de sol, y tomó un par de manzanas de las cestas que había fuera, sin detenerse. Llevaba puesta una gabardina que probablemente había pertenecido a alguien que había muerto hace muchos años, pues estaba desfasada y muy desgastada. Pero también tenía unos enormes bolsillos en los que cabía más de lo que una persona hubiese podido imaginar. Allí se guardó el par de manzanas jugosas, y volvió a repetir la estrategia en diferentes fruterías de las ciudad. Las conocía prácticamente todas, y el hecho de que en la mayoría de ellas parte de la fruta se hallase en el exterior le regalaba una ventaja exquisita. A medio camino entre sus diferentes destinos iba guardando las provisiones con las que se hacía en la vieja mochila gris que colgaba de uno de sus hombros. Tú jamás habrías imaginado guardar la comida en una mochila tan sucia. Él, no tenía elección.
Naim también era un chico muy observador pero eso, curiosamente, no había formado parte de él desde un principio, sino dos años atrás, cuando había comenzado a dormir con un ojo abierto —metafóricamente, por supuesto— y a escuchar no solo con los oídos, sino con cada centímetro de su cuerpo. Por eso, cuando a aquella señora que estaba guardando el dinero junto a la pescadería se le cayó un billete de las manos, lo pudo coger sin que nadie más se hubiese dado cuenta de lo que había sucedido allí.
Y, como Naim tenía sed en ese momento, entró a una tienda pequeñita y, recorriendo los pasillos, salió con una botella de agua que pagó en el mostrador. Podía haber bebido en alguna de las fuentes de agua potable que había en la ciudad o, incluso, en el pueblo. Él vivía en la frontera que separaba aquellos dos mundos. Pero si hubiese hecho eso, entonces no habría podido robar tres latas de cerveza en la tienda de la que acababa de salir. Y el agua era muy barata. Naim revisó contenedores de basura y también los cubos que colgaban de las farolas. De los primeros, recogió restos de bollos industriales y piezas de pan demasiado duras. De los segundos, cigarrillos a medio fumar.
Así que probablemente, si te hubieses cruzado con Naim a sabiendas de todo lo que había hecho aquel muchacho en los últimos dos años, sí, habrías estado más pendiente de lo habitual. No habría precedido la calma que sí lo hacía cuando entrabas en el portal y te encontrabas a tu vecino, que te hablaba de lo jodido que era aparcar siempre y de lo mucho que agradecía el verano, donde todo el mundo aprovechaba para escaparse y vivir mil aventuras de las que tú, probablemente, acabarías enterándote por las redes sociales.
Puede que incluso hubieses tenido miedo.
Y no tenías la culpa.
Pero él tampoco.
El mundo estaba jodido, y eso era algo que sabíais los tres: Naim, tu vecino y tú.

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