Please note that Tapas no longer supports Internet Explorer.
We recommend upgrading to the latest Microsoft Edge, Google Chrome, or Firefox.
Home
Comics
Novels
Community
Mature
More
Help Discord Forums Newsfeed Contact Merch Shop
Publish
Home
Comics
Novels
Community
Mature
More
Help Discord Forums Newsfeed Contact Merch Shop
__anonymous__
__anonymous__
0
  • Publish
  • Ink shop
  • Redeem code
  • Settings
  • Log out

Nuestra historia termina aquí

Capítulo 3. Hilos cruzados

Capítulo 3. Hilos cruzados

May 08, 2020

Estás nervioso, porque Macc te ha preguntado si querías ir a verle a su casa. En tu cabeza resuena el hecho de que le conoces desde hace muchísimo tiempo, porque habéis ido juntos al colegio, porque seguís juntos en el instituto. Pero tú, Jemmy, eres demasiado listo como para dejarte engañar por las falsas apariencias.

Aún sigues preguntándote quién es Macc, porque hace poco te mostró una parte de sí mismo que dudabas que él mismo conociese. Sonríes a la pantalla del móvil y algo se remueve en tu pecho cuando lees el mensaje, pero en seguida acabas sintiéndote tonto y un extraño nerviosismo se apodera de ti, así que aprovechas y te levantas de la cama con una fuerza que hasta hace unas horas dudabas tener. Vas hacia el cuarto de baño y te duchas por primera vez en dos días (esto último no se lo vas a contar a nadie). Te frotas con demasiada fuerza el cuerpo, como si así lograses sentirte entero. Recorres cada centímetro de tu piel y te esfuerzas por hacer de tus propios brazos algo tuyo. «Son míos», te recuerdas.

Y luego caminas hacia su casa, con el corazón pendiendo de una cuerda deshilachada que poco más podía aguantar, una sonrisa tonta colgando de tus labios. Entonces le ves. Te está esperando en la verja que circunda el jardín de su casa. Las hojas ligeramente resecas por el calor del verano y su piel mucho más morena por cada semana que ha pasado en la playa. Le sonríes con las manos apretadas a los costados para fingir que no estás nervioso y que no te tiemblan. Entonces te abraza y eres consciente, por primera vez en este día, de cada centímetro de piel que te rodea. Sus brazos son fuertes y su piel es cálida. Cuando le miras, tiene la frente perlada de sudor, y no sabes si son nervios o el calor bochornoso de la calle. Pero te sientes bien.

No le conoces, pero algo en su sonrisa te hace querer hacerlo. Por eso, durante unas horas, te quedas escuchándole. Te cuenta que ha tonteado con dos chicas en la playa, que se ha besado con una de ellas. Te enseña la marca que le ha dejado la cinturilla del bañador para que veas lo moreno que está, y aunque él no parece notarlo, te sonrojas. Luego se tumba ligeramente en la cama y palmea el lado libre para que vayas con él. Te sientas, porque te da miedo acercarte demasiado. Luego él tira de ti y acabas acostado junto a él, con el corazón en un puño. Te obliga a elegir una película y obedeces, porque te acusa al decirte que nunca eliges nada. Así que te ríes y eliges una de miedo que viste hace dos años. Te pareció increíble, así que estás atento a sus reacciones. A veces te aprieta el brazo en las escenas que más miedo dan y tú te ríes, pero dejas de hacerlo cuando no te suelta. Incluso en el final, cuando los protagonistas consiguen salir vivos (como nunca sucede en las películas de miedo).

Ha terminado la película y su mano sigue cerrada entorno a tu brazo. Le miras por el rabillo del ojo y te está sonriendo. Carraspeas y le dices que tienes que ir al baño. Él te guía, aunque no es la primera vez que has estado en su casa. Te miras en el espejo durante un breve instante y apartas rápidamente la mirada porque te has estado preguntando si hoy estás guapo. Luego apoyas tu mano donde Macc la tenía apoyada al principio y vuelves a su habitación, con la columna encorvada debido al peso de tu propio corazón.

Él te acompaña a tu casa cuando te tienes que ir, pero da la vuelta a todo el pueblo para que podáis seguir hablando, aunque en realidad se trate de una conversación unilateral en la que él necesita hablar y tú necesitas escuchar y no puedes evitar preguntarte si eres una persona aburrida.

Pasáis al lado del puente. Aquel que conecta vuestro pueblo con la carretera que conduce a la ciudad. Echáis un vistazo furtivo hacia la ladera que se hunde en el río y veis a gente tumbada en el césped. Siempre están ahí. Todo el mundo lo sabe.

—¿Cuántos años crees que tiene ese chaval? —Te pregunta Macc.

—¿Quién?

—Aquel, el que está metido en el agua.

—No le veo bien.

—No tiene más de veinte.

Estás callado. Te da vergüenza mirar con tanto descaro como Macc, así que te encoges de hombros.

—De verdad te digo que no tiene más de veinte.

—Puede ser. No lo parece —consigues decir, al fin, cuando el chico que estaba metido en el agua alza la cara y te descubre observándolo. Te vuelves a sonrojar y te sientes mal porque sientes que has sido un cotilla. No te dice nada.

—Imagínate una vida así —comenta Macc, al cabo de cinco minutos.

Y tú, que estás nervioso, no sabes a qué se refiere.

—¿Una vida cómo?

—Pues como la de ese chaval. Como la de todas aquellas personas.

—No puedo imaginármelo. Me da pena —eres sincero, pero los nervios hacen que tus palabras suenen huecas. Un sudor frío te recorre la espalda. Llevas mucho tiempo sin ver a Macc, y te gustaría que tuviese una impresión distinta. Te gustaría que viese lo que ves en ti mismo cuando estás solo en casa, cuando crees que eres interesante.

—Y a mí, tío. Jamás había visto a alguien tan joven viviendo en la calle.

No volviste a responder, pero Macc se encargaba de hablar.

—Si algún día consigo ser millonario, juro que haré lo que esté en mi mano por cambiar este mundo. O lo que el dinero me permita —repite el otro.

Aquello lo dijo justo cuando llegasteis a tu casa, y te diste cuenta de muchas cosas a la vez: que era la primera vez que quedabas en la calle con Macc, que lo que acababa de decir había hecho que quisieses conocerle aún con más intensidad, que querías saber lo que habría pensado de ti el chico del río y que, en cuanto te quedaste solo en casa, volviste a sentirte desesperanzado.

Aquella fue la primera vez que viste a Naim. Por aquel entonces, no sabías su nombre. Por aquel entonces, jamás habrías pensado que algún día acabarías conociéndolo.

                                                             ***

Jemmy entró a su casa, pero no sin antes echar un vistazo atrás. Para su sorpresa, Macc se giró a la vez, y aquello le hizo sonreír. Quizá incluso se rio un poco. Estaba completamente seguro de que se había vuelto a sonrojar, pero algo mucho más fuerte que la vergüenza le impidió sentirse estúpido. Cuando entró a casa, se apoyó en el marco de la puerta, dejándose resbalar. Ni siquiera estaba seguro de por qué se sentía tan feliz, pero quizá tenía que ver con el hecho de que, por primera vez en mucho tiempo, tenía un verdadero amigo. Nunca se le había dado demasiado bien relacionarse con los compañeros de su clase y, para su desgracia, viviendo en un pueblo tan pequeño era imposible que hubiese una cara que no conociese ya.

Salió de sus ensoñaciones cuando escuchó murmullos en el piso de arriba. Subió con cuidado las escaleras y se acercó, curioso, por el pasamanos. La luz del cuarto de baño estaba encendida, la puerta entreabierta.

—¿Hola?

No estaba asustado. Suponía de lo que se trataba. Así que cuando entró al cuarto, no le sorprendió ver la imagen de su tío abuelo en la bañera. Estaba semidesnudo, a excepción de una camiseta raída que le cubría parte de las piernas. Apartó la mirada, pudoroso.

—La sirenita.

—¿Qué?

—La sirenita, la sirenita.

Jemmy tragó saliva y se quedó congelado durante una fracción de tiempo, incapaz de decidir si debería llamar a sus padres y contarles que había vuelto a suceder, o si actuar con normalidad y ayudar a su tío abuelo, Wells, a llegar a su habitación. Acostarle. Darle una tila. Hacerle descansar. Últimamente descansaba demasiado.

Wells salpicó el suelo y la cara de Jemmy al remover las piernas, inquieto.

—La sirenita.

—Vamos, abuelo —dijo el otro.

Le intentó tomar por el brazo, pero el otro se zafaba. Jemmy empezó a ponerse nervioso, pues Wells se movía intranquilo en la bañera, que estaba repleta de agua. Empapó todo el suelo y acabó con la cabeza sumergida bajo el agua. Jemmy, agitado, le cogió por debajo de las axilas como pudo y tiró de él con todas sus fuerzas que, milagrosamente, sirvieron para sacarle de la bañera medio a rastras.

«Una ducha. Ahora yo necesito una ducha».

Puso todo su empeño en no resbalarse en el suelo del baño mientras, a la vez, incorporaba a su abuelo Wells y le sentaba en la taza del retrete para secarle con la toalla.

—Venga, así. Muy bien.

El otro ya no hablaba. Miraba de vez en cuando la bañera. La señalaba con el dedo y después entreabría la boca, como si estuviese a punto de decir algo. Pero no hubo más problemas, y Jemmy se preguntó si había vuelto a la realidad. Así, sin más dilación y preámbulo. Tenía que contárselo a sus padres. Estaba asustado.

Cuando el tío abuelo Wells estuvo completamente seco, le ayudó a vestirse, pero el hombre se deshizo de los intentos de Jemmy, sintiéndose completamente avergonzado de repente. Cuando tenía el pijama puesto —a pesar de hacer un calor terrible para llevar el camisón que en ese instante lucía— se dirigió a su habitación y cerró de un portazo.

Jemmy llamó a su madre, que lo cogió al tercer pitido.

—Dime, cariño.

—Ma… mamá.

—¿Estás bien?

—Sí, sí. Todos estamos bien.

—¿Cómo que todos?

—Es que el abuelo ha tenido un problema.

—¿Qué ha pasado? —Jemmy notó la tensión en la voz de su madre. Un hilo de seriedad y susto que viajaba a través del aire y llegaba de un teléfono a otro.

—Estaba... ¿delirando?

—Voy para casa.

—Mamá, está bien. Me puedo quedar yo con él, pero dime si tengo que hacer algo. ¿Tiene que tomarse alguna medicación o…

—Tranquilo, cariño. Voy a casa ya. ¿Estás bien, de verdad? ¿Me lo prometes?

—Sí.

—¿De verdad? —insistió.

—Te lo prometo.

—Ahora nos vemos, cielo.

—Vale.

Así que su madre, al otro lado de la línea, colgó el teléfono. Y Jemmy, que no estaba para nada bien, bajó al jardín, donde se sentó bajo las nubes que comenzaban a teñir de blanco un precioso cielo de verano.

Cuando oyó la puerta principal de la casa abrirse, él estaba tumbado en el jardín. Había piedras de color blanco rodeando una piscina que tenía forma de mancha de pintura, como si aquel estanque artificial hubiese sido producto de la sacudida de un pincel. El sol de última hora de la tarde era cálido y suave en su piel, y la brisa a veces le ponía los pelos de punta. Habría sido una sensación agradable, pero Jemmy estaba sudando.

Apenas podía respirar y le dolía el corazón.

«Levántate y ve a ayudar a tu madre», se dijo.

Pero no pudo.

Era fácil explicarle a una persona por qué te dolía el pie.

«Me he hecho un esguince jugando en la playa».

«Me he golpeado el dedo meñique contra la mesa del salón».

«Me acaba de morder el pie un dinosaurio y luego un alienígena me lo ha terminado de aplastar con un martillo».

Lo último a lo mejor no era tan fácil de creer, pero sí de entender.

La cosa es que cuando te duele el corazón, realmente no sabes cómo explicarlo.

«¿Te está dando un infarto?».

«Son gases. Tírate un pedo». Había escuchado esa respuesta, de verdad. No a él, vaya.

Podrían ser respuestas incluso recurrentes. No le había pasado nunca personalmente porque, hasta la fecha, nunca se había atrevido a contarle a nadie que le dolía mucho el corazón. Que le dolía una verdadera pasada. Se le hundía hacia dentro, así como también lo hacía el estómago y su propia alma. El sol dorado le comenzaba a parecer triste, como si se derritiese en un mar de lágrimas grotescas y en cualquier momento comenzase a llover y en vez de agua cayesen llamaradas de fuego. El propio planeta llorándole a la vida.

Incluso las briznas de hierba parecían tristes. Se mecían suavemente, obnubiladas por la ligera brisa que correteaba y hacía de aquella sensación una aún peor. Quería dejarse llevar él también.

Se imaginó a sí mismo en un río, flotando boca arriba. Llegando al mar. Y del mar continuar avanzando. A lo mejor algún día llegaba a Grecia. O a California. A lo mejor, con la cabeza realmente medio sumergida en el agua no tendría que preocuparse por la sensación de tener la cabeza medio sumergida.

Porque así se sentía Jemmy.

Como si alguien hubiese llenado un inmenso cubo de agua helado y le hubiese metido la cabeza en él. O como si el propio cubo de agua estuviese en el interior de su cabeza, en vez de su propio cerebro.

Por eso no podía respirar demasiado bien, y le dolía el corazón, que luego comenzaba a palpitar tan fuerte que parecía estar gritando: «¡Eh, déjame salir de aquí!».

A lo mejor a su propio corazón no le gustaba el cuerpo que lo albergaba, y por eso estaba enfadado todos los días.

A veces cerraba los ojos y se imaginaba que el sol se derretía de verdad.

Eso podría haber asustado a cualquiera.

A Jemmy no.

Así que, entonces, volvía a pensar: «¿Cómo narices puedo explicarle a alguien que me duele el corazón sin parecer ridículo?».

¿Quién le entendería si le dijese que le dolía tanto que a veces sentía el impulso repentino de arrancárselo del pecho y no volver a pensar en él?

Estuvo a punto de dejarse llevar y quedarse dormido en el jardín, pero la imagen de su abuelo Wells en la bañera le asaltaba una y otra vez. Mil disparos a un corazón en el que no dejaba de pensar.

«¿Y si acabo así?».

«Quizá ya esté así. Solo es cuestión de tiempo que me dé un ataque».

Pronto os presentaré la Lista de Miedos de Jemmy, pero os voy a adelantar algo.

Perder el control.

De una manera u otra, aquel miedo encabezaba la lista con muchísima diferencia.

Y justo en el momento en el que comenzaba a relajarse, el sol le abandonó.

100383797
Juanma

Creator

Comments (1)

See all
quiquelurocamp821
quiquelurocamp821

Top comment

LIVING

0

Add a comment

Recommendation for you

  • What Makes a Monster

    Recommendation

    What Makes a Monster

    BL 76.7k likes

  • The Spider and the Fly

    Recommendation

    The Spider and the Fly

    Drama 4.2k likes

  • The Sum of our Parts

    Recommendation

    The Sum of our Parts

    BL 8.8k likes

  • Frej Rising

    Recommendation

    Frej Rising

    LGBTQ+ 2.8k likes

  • Primalcraft: Sins of Bygone Days

    Recommendation

    Primalcraft: Sins of Bygone Days

    BL 3.3k likes

  • Silence | book 1

    Recommendation

    Silence | book 1

    LGBTQ+ 27.3k likes

  • feeling lucky

    Feeling lucky

    Random series you may like

Nuestra historia termina aquí
Nuestra historia termina aquí

735 views8 subscribers

Jeremy lo tiene todo, pero su cabeza no deja de decirle lo contrario.

Natt convive en una residencia de estudiantes mientras trata de lidiar con el hecho de que sus padres se han desentendido de ella.

Sumi no soporta a su familia, y echa de menos a alguien muy, muy especial.

Naim vive en la calle. Cómo ha llegado allí resulta un misterio.

Cuando la vida de estos jóvenes se cruce —no tan accidentalmente—, ambos tendrán que aprender a conocer sus diferencias, aceptar sus vidas y, por encima de todo, aprender a controlar a los monstruos de su cabeza.
Subscribe

4 episodes

Capítulo 3. Hilos cruzados

Capítulo 3. Hilos cruzados

133 views 3 likes 1 comment


Style
More
Like
List
Comment

Prev
Next

Full
Exit
3
1
Prev
Next