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Cherry fields Tales

Capítulo 1 (parte II): "El camino a casa"

Capítulo 1 (parte II): "El camino a casa"

May 27, 2021

Era otoño, y el viento comenzaba a tomarse libertades, levantando hojas y papeles con sus primeros soplos de la temporada. En el aire se mezclaban un tenue aroma a lluvia y una sensación de novedad; el cielo de la tarde empezaba a mancharse de nubes grises, densas y neblinosas. Un canario volaba libre hacia ellas, sin temor a la tormenta.

La dueña del violín dobló en la esquina y se encontró de frente con la plaza principal. Las tiendas, los pasos apresurados y el murmullo constante dejaban claro que, aunque pequeño, Cherry Fields estaba lleno de vida. Esperó a que pasara un automóvil y, aprovechando la pausa, sacó un libro del interior de su bolso tejido antes de cruzar hacia la otra banqueta, rumbo a la estación del tranvía.

Si alguien se hubiera detenido a mirarla con atención, habría notado a una chica de andar tranquilo, cargando su estuche de violín como quien carga algo querido y frágil a la vez. Elizabeth Anne Lennox —Lizzie para todos— caminaba siempre así: sin prisa, con cuidado, como si el mundo mereciera ser recorrido despacio.

Se detuvo frente al gran reloj y alzó la vista. Las manecillas marcaban las cuatro con cinco: cinco minutos exactos antes de la salida. Animada —y más ligera de lo esperado tras la clase— se sentó en una de las bancas de madera y abrió el libro dispuesta a leer. Entonces, un aroma irresistible le llegó de improviso: pan recién horneado, hojaldre azucarado, tibio y dulce, proveniente de la panadería de enfrente.

Un rugido traicionero desde su estómago la hizo volver en sí. No había almorzado aquella mañana y, ahora que el olor la rodeaba, el vacío se hacía notar. Dudó un instante, pero otro lamento silencioso terminó de convencerla. Hurgó en los bolsillos de su pantalón y sonrió: tenía justo lo suficiente para unas galletas de nuez… y para el pasaje.

Miró el reloj una vez más. Aún tenía tiempo.

Se colgó el violín al hombro y cruzó la calle con paso rápido, pero al llegar a la puerta de la panadería se detuvo. El local estaba abarrotado. Desde el mostrador, los dueños atendían con prisa a una multitud apretujada y ruidosa:

—¡Una hogaza, por favor! —gritaba un hombre de saco gris.

—Hijita, ¿me das mi pedido de siempre? —murmuraba una anciana envuelta en un chal color arena.

—¡Mariana! ¡Cóbrame estos pastelillos! —vociferaba un joven de sonrisa descarada.

Lizzie observó la escena a través del cristal con desilusión. Difícilmente lograría comprar algo a tiempo.

—¡Manzanas! ¡Manzanas frescas! ¡Higos, dátiles y nueces! —resonó de pronto una voz cercana.

Era el pregonero del pequeño puesto junto a la estación. Lizzie miró las manzanas rojas de la canasta… luego volvió a mirar la panadería. En ese instante, la campana del tranvía sonó con fuerza.

Mordiéndose el labio inferior, soltó el picaporte y corrió hacia el puesto.

—¿Me da una, por favor?

El hombre eligió una manzana con calma y se la entregó. Lizzie le extendió el dinero con prisa y salió corriendo.

—¡Muchas gracias, señor!

—¡De nada, señorita! ¡Las más jugosas de Cherry Fields!

Llegó a la estación con torpeza, cargando demasiadas cosas. Subió los escalones de dos en dos y alcanzó a sujetarse del tubo justo cuando el tranvía comenzaba a avanzar.

—¡Por poco y te quedas, pequeña violinista! —dijo la conductora con voz enérgica.

Lizzie suspiró, aliviada.

—Lo sé… pensé que no los alcanzaba.

—Anda, pasa. Te guardamos tu lugar de siempre.

Se sentó junto a la ventana del fondo. Le gustaba ese sitio: bajaba rápido y podía asomarse a respirar el aire exterior. El viento olía a lluvia. Sonrió, dio una mordida a la manzana —que crujió, jugosa— y abrió su libro.

Sin notarlo, se fue encogiendo hasta convertirse en un pequeño ovillo: rodillas al pecho, cabeza gacha, lectura absoluta.

Lizzie tenía catorce años y, aunque amaba pasar ratos en solitario como aquel, no le era difícil convivir con la gente. Había algo en su presencia que invitaba a la cercanía: ojos color caramelo que parecían observar más de lo que decían, mejillas suavemente sonrosadas y una expresión amable que surgía incluso cuando no sonreía. En ese momento, lo hacía, atrapada por la lectura.

Tan absorta se encontraba que no escuchó el aviso de su parada.

—¡Violinista! —llamó la conductora.

—¡Ah! ¡Sí, claro!

Bajó apresurada, se despidió con la mano y aterrizó en la banqueta con un suave repiqueteo de botines. El tranvía siguió su camino.

Lizzie emprendió el recorrido familiar: la tienda de regalos y globos Himmel, donde aprovechó para observar su reflejo en el cristal del escaparate. Su cabello ondulado, color chocolate, caía libremente por sus hombros y espalda, moviéndose con el viento como si quisiera convertirse en alas. Se encogió de hombros, resignada. Era bonita, de una forma sencilla y natural… aunque ella jamás lo habría dicho así. Para Lizzie, siempre había alguien más digno de ser mirado.

Siguió avanzando y se guardó ese pensamiento para ella. No hablaba mucho, pero escuchaba con atención. Recordaba todo: rutas, horarios, palabras dichas al pasar. Le gustaban las cosas tal como eran, tal como habían sido siempre. Su camino a casa, por ejemplo, era casi un ritual: la misma banqueta, los mismos árboles, el mismo sonido lejano del pueblo siguiendo su rutina. En ese orden encontraba calma.

Dos cuadras, un giro más, y finalmente la pequeña avenida de casas alineadas con faroles junto a las cercas. Abrió la puertilla blanca de la casa número 117 y la cerró con su acostumbrada delicadeza. Y, sin embargo, bajo esa suavidad, Lizzie guardaba algo firme. No era una chica ruidosa ni atrevida, pero cuando creía en algo, lo hacía con todo el corazón. No se desviaba con facilidad. No abandonaba. Su fortaleza no se notaba a simple vista, pero estaba ahí, silenciosa y constante.

Entró al jardín delantero y recogió del suelo una hoja de cerezo. Subió los escalones del pórtico con la calma de quien siente que todo parece exactamente igual que siempre.

El mismo cielo. El mismo frío suave. El mismo regreso a casa.

Solo que… algo no encajaba del todo.

Al insertar la llave en la cerradura, algo llamó su atención.

—¿Eh…? —murmuró, extrañada—. ¿Quién se estará mudando a la casa de al lado?

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violinmaiden23
Momira

Creator

Cherry Fields... al parecer tienes a un nuevo habitante entre tus recovecos.

#intruduccin_de_protagonista #camino_a_casa #captulo_1 #cherry_fields_tales #spanish #espanol

Comments (7)

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Jimena avalanche
Jimena avalanche

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Es todo tan bello y la gente es tan buena <333 Pero quien se esta mudando ahii?? D:

2

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Elizabeth Lennox (mejor conocida como "Lizzie) es una chica amante de la música y literatura que sueña con vivir algo que sea digno de relatarse en una novela.
Joshua, quien acaba de mudarse al pueblo, tan solo busca el poder adaptarse lo más pronto posible a su nueva vida sin perder todo aquello que él considera importante. ¿Podrá su inesperado encuentro ayudarles a obtener lo que buscan?... tal vez... algo más grande y duradero surja de entre su amistad.
Si te gusta la música, la literatura y los romances, este relato te agradará!
Cherry Fields Tales es... una historia para todo aquel que quiera disfrutar de la belleza en lo ordinario
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Capítulo 1 (parte II): "El camino a casa"

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