El clima se había tornado más gris y sombrío. En el cielo se acumulaban nubarrones espesos, y el viento de otoño —antes calmo y reconfortante— comenzaba a soplar con un capricho inquietante. Se avistaban tiempos de tormenta.
Kate ya había ordenado su acostumbrada taza de té chai y un muffin de naranja con arándanos cuando, desde detrás de la portada de su edición número treinta y ocho de Linda Cereza, distinguió la silueta de un chico acercándose al mostrador. Lo reconoció de inmediato. Lo conocía desde que ambos eran unos chiquillos, pero ahora había una razón más poderosa para mirarlo: aquel muchacho, orgulloso portador del título de Delegado del aula, la traía completa e irremediablemente loca.
Desvió la mirada con torpeza cuando sintió el peligro de ser descubierta observándolo. Sus largas pestañas chocaron contra el flequillo al bajar los ojos, y al alzarlos de nuevo, una sonrisa pícara iluminó su rostro. Era guapo —eso era innegable— con sus piernas delgadas, la piel color oliva y el cabello negro que contrastaba con el avellana de sus ojos.
—¿Y ya tienes planeada la luna de miel?
Kate se escandalizó. Su sonrisa se abrió en una O perfecta de labios frambuesa.
—¡Abi, cállate! —susurró con la voz ahogada, sonrojándose como una cereza madura mientras azotaba la revista contra la mesa—. ¡Te va a oír!
Abi sonrió por detrás del vapor de su taza de té verde. Se apartó un mechón castaño del rostro y dio un sorbo. Al instante, frunció las cejas.
—…Está ardiendo —murmuró, agitando la mano frente a su boca.
Kate le ofreció una servilleta, gesticulando con exagerada ansiedad.
Por su manera de hablar y reaccionar, cualquiera podría catalogar a Kate como una “chica fresa”: se escandalizaba con facilidad, abría demasiado los ojos al sorprenderse y cubría sus labios con la mano cada vez que algo la emocionaba. Pero en ella no había pretensión alguna; aquella expresividad era pura naturalidad. Abi, en cambio, era más sobria y práctica. Podía parecer antipática a primera vista, pero su sonrisa tenía la astucia de una bromista, sus palabras la claridad de una maestra, y su corazón era sincero y leal.
Un golpe seco interrumpió el murmullo del café. El chico de la barra —fornido, de cabello cobrizo y rostro lleno de pecas— había tirado un pesado vaso de cristal. Justo entonces, la puerta se abrió y una chica bajita y rubia entró, reprendiéndolo con sarcasmo.
—Vaya, si es el señorito “mata-vajillas”. ¿Armando de las tuyas otra vez?
—Mira, pollito… —respondió él con media sonrisa—. Deberías buscar insultos nuevos.
La muchacha bufó y se dirigió con indignación hacia la mesa de la ventana.
—Es un tonto —comentó Kate.
—Dilo más fuerte —añadió Abi—. Y de paso haces que Zac voltee.
Antes de que Kate pudiera protestar, la recién llegada habló:
—¿Y Lizzie? ¿No ha llegado?
Abi negó con la cabeza.
—Siempre con otros compromisos —refunfuñó Naomi—. Y se supone que esto es una reunión de estudio. Es importante.
—Solo para organizarnos —le recordó Abi con calma.
Un relámpago cruzó el cielo, seguido por un trueno que hizo chillar a Kate. En ese momento, la puerta volvió a abrirse y Lizzie entró apresurada al Piqué-niqué de la calle Grecia. Llevaba una capa roja tejida que ocultaba un bulto evidente en su espalda.
Las chicas rieron al verla avanzar con cuidado.
—Hola… —saludó Lizzie, algo encorvada.
—¡Lizzie querida! —canturreó Kate.
Abi la ayudó a desabotonar la capa y dejó al descubierto el estuche de violín.
—No quería que se mojara —explicó Lizzie con una sonrisa tímida.
—¿Fuiste a música? —preguntó Naomi, aparentemente idignada.
Lizzie asintió.
—Tal vez me den el solo —añadió en voz baja.
—¡Eso es genial! —celebró Abi.
—No soy tan buena… —murmuró Lizzie.
Naomi rodó los ojos y siseó con fastidio, pero no insistió.
Lizzie no hizo mucho caso. Conocía a su amiga y sabía que sus gestos eran mas severos que su opinión sobre ella.
El camarero llegó a la mesa donde las cuatro chicas se sentaban, y dejó tres humeantes tazas y un platón con cuatro muffins de muy buena pinta. Cada uno iba destinado a una de las chicas: el de vainilla con chispas de chocolate era para Naomi, mientras que el de naranja y arándanos iba reservado a Kate. El de avena y miel pertenecía a Abi, y el de fresas y almendras era el favorito de Lizzie. Cada uno era muy diferente entre sí, pero juntos, formaban un muy buen cuadro para exponer en cualquier libro de repostería.
Las riñas se esfumaron en el momento.
---Bien…--- dijo Naomi, con una nueva sonrisa que le quedaba mejor a su semblante--- ¡Al ataque!
--- ¡Que comience la reunión!---agregó Kate con alegría.
Comieron, conversaron, rieron y organizaron la tarea.
Fue entonces cuando Lizzie abrió los ojos de golpe.
—¡Casi lo olvido!
—¿Qué cosa? —preguntó Naomi.
Lizzie sonrió, misteriosa.
—La casa de al lado… alguien se está mudando.

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