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(En)sueños

Anhelo por sangre - Elara Salazar

Anhelo por sangre - Elara Salazar

May 06, 2022

Liliana agarró el marcador rojo. Lo pasó repetidamente por sus cabellos negros. Aunque el tono de la tinta era intenso, la oscuridad de los rizos permaneció intacta. Lágrimas resbalaron por sus mejillas, así como el marcador sobre sus cabellos. 
— ¡Deja eso! —Gritó Irene, su hermana— Te dije que no lo hicieras.
Los cabellos de Irene eran de fuego y su rostro de las fresas más dulces. Liliana odiaba aquel contraste; le repugnaba. Arrojó el marcador al suelo con todas sus fuerzas.
— ¡Déjame en paz!
Caminó a su habitación, con el ceño fruncido y sin ver a su hermana. De un portazo cerró la puerta, se tiró a la cama y se tapó con las sábanas. En la oscuridad, la risa de sus compañeros de clase surgió. Pronto creció como murmullos. Las burlas se enroscaron en ella como cuerdas. Primero en su cuerpo, luego en su cuello, ahorcándola. Abrió la boca, pero nada de aire entró a sus pulmones. Apretó los ojos. Le dolía. Le desagradaban el fuego y las fresas, verlos en su hermana, en sus cabellos, en su rostro. Pero más que despreciarlos, los quería para ella. Quería verse como ella, como su hermana. Con aquel pensamiento, pequeño deseo que atormentaba su mente, se durmió.
***
Soñó que estaba en un desierto: el sol era de gran tamaño, pero sus rayos no iluminaban el cielo oscuro. Tampoco quemaban la piel de Liliana. Mucho menos calentaban la gélida brisa que susurraba gritos de terror y arrepentimiento. Liliana recogió un puñado de arena, pero se escurrió entre sus dedos, como un sollozo interminable. Se cruzó de brazos y la soledad la acunó. Apareció un cactus. Era alto y grande. Como flores, de él salieron dos jaguares. Se acercaron a la niña. Con pesadas pisadas, la rodearon. Sus voces graves y resonantes hablaron al unísono:
Tu sangre los dioses han escogido
para realizar el sacrificio.
Tu sangre a cambio de lluvia
para regresar la vida.
Tu sangre pintará tus cabellos
para compensar tu fidelidad.
El desierto, los jaguares y el cactus estallaron como un diente de león. Liliana se encontró sola, pero una voz, dulce y suave, la sacó de ahí.
***
—Despierta —le dijo Irene.
Liliana se hizo un ovillo.
—Dale, tienes escuela.
Se escucharon pasos y la puerta se cerró. Liliana permaneció unos segundos más en la cama hasta que se sentó. Tenía la garganta seca, la boca como arena, la lengua agrietada. Urgentemente necesitaba agua. Fue a la cocina. El olor a hotcakes le dio la bienvenida. Su hermana le sirvió su plato y luego se sentó a comer el suyo. Pero Liliana ignoró la comida y de un trago vació la jarra de jugo; todavía tenía sed.
— ¿Estás bien? —preguntó Irene.
Liliana fue por más jugo.
—Moléstate si quieres —dijo Irene—. No tengo nada que comprobar.
Sin hacerle caso, la niña se terminó la segunda jarra de jugo.
—Ven a comer.
Liliana se sentó. Untó mermelada de fresas a sus hotcakes.
—Eres una mentirosa —dijo finalmente, sin levantar la vista.
— ¿Qué dijiste?
—Muéstrame una foto de nuestros padres y te creeré.
—Se quemaron en el incendio, te dije.
—Sí, claro.
Liliana dio un bocado a sus hotcakes y, de pronto, la mermelada de fresa le dio asco. La odiaba, pero quería comerla para siempre.
***
Irene le ocultaba algo a Liliana y ella lo sabía. Era difícil ignorarlo, después de todo, sus compañeros se lo recordaban. ¿En qué se parecían? En nada. ¿En dónde estaba su familia? Quién sabe. Solo eran ellas dos y nadie más, sin ningún familiar ni nadie, ningún rostro ni ojos ni cabellos que le demostrara, aunque ellas fueran tan distintas que, efectivamente, estaban conectadas por lazos sanguíneos.
Afuera de su salón de clase, durante la hora del recreo, Liliana pensó que daría lo que sea con tal de parecerse a Irene, para demostrar que sí eran hermanas. Pero aquel pensamiento era eso: un pensamiento. Era un deseo que albergaba su corazón y nada más. Jamás lo haría realidad. O eso era lo que creía.
Se levantó y se sacudió las ropas. Granos de arena cayeron al suelo. No había ido a la playa ni a ningún lugar con arena, ni al parque siquiera. Se encogió de hombros e hizo por regresar a su salón. Pero en eso el viento le acarició los cabellos, y el silbido, tan agudo y prolongado, sonaba a gemidos. Entonces se acordó. Había soñado con el desierto. Pero había sido un sueño. Y, sin embargo, en sus ropas tenía arena.
A lo lejos, los gritos de los niños jugando se convirtieron en alaridos de auxilio. Había empezado a llover. Las voces de los jaguares resonaron en su mente, y la promesa de un intercambio encendió el deseo que habitaba en su corazón. Sangre por lluvia, lluvia por anhelo. “No suena mal”, pensó Liliana.
***
Estaba de vuelta en el desierto. Liliana quiso sonreír, pero el sol nada iluminaba y nada calentaba, y el viento nada arrastraba ni nada mostraba. Incómoda, la niña se abrazó. Estaba sola, pero alguien, varias manos, la jalaban de las ropas y los cabellos. Voces graves e insistentes le susurraban y le suplicaban. Se arrepentían y buscaban ayuda, querían aferrarse a ella, pero su dolor solamente le erizaba la piel. Liliana cerró los ojos, y cuando los abrió se encontró frente a un cactus. Era el mismo de la vez anterior. Acercó un dedo y se espinó. El cactus desapareció en las arenas, y los jaguares emergieron de ellas.
Con ambas manos, Liliana sujetó su cabello para que los jaguares lo vieran.
—Lo quiero rojo. ¿Pueden hacerlo?
Asintieron.
— ¿Qué tengo que hacer?
Los jaguares dijeron:
Ahí en la montaña, en la cumbre,
te arrodillarás ante el río seco.
Ahí verterás tu sangre,
te ofrendarás a los dioses.
Por tu noble sacrificio
la lluvia llegará al desierto
y la vida también.
Por tu cumplimiento
la sangre pintará tus cabellos
y la vida también.
Liliana levantó la mirada y ante ella apareció una gran montaña de arena.
—Trato hecho.
***
Se despertó y de un salto se levantó de la cama. Abrió la puerta y se encontró a Irene, quien iba a despertarla para la escuela.
— ¿Sabes? Todo estará bien —dijo Liliana.
Irene frunció el ceño.
— ¿Qué?
—Nada. Solo que ya quiero ir a la escuela.
Irene entrecerró los ojos y colocó la mano en la frente de su hermana.
— ¿Te sientes mal?
— ¡Para nada!
Dando saltos, se fue a la cocina y se sentó.
—Es que ya quiero regresar —continuó hablando Liliana mientras se quitaba la espina del dedo— y almorzar y hacer la tarea e irme a dormir.
Irene le sirvió un tazón de avena y, después, se sentó frente a ella. La niña dio un gran bocado y saboreó el desayuno con calma.
— ¿Hay fresas?
***
Subir la montaña fue más difícil de lo que Liliana creyó. Cada paso, en lugar de acercarla a la cumbre, parecía alejarla. Las manos invisibles surgían de la arena y sujetaban sus tobillos y jalaban sus ropas. Se resbalaba constantemente por las arenas y se deslizaba. Cuando caía al suelo, las manos se aferraban a sus cabellos, como si quisieran arrancarlos. Y los suplicantes gritos de socorro la mareaban y la desorientaban.
La fidelidad se demuestra
aquí en todo momento.
Debes tú superar los retos
para los dioses respetar.
Decían los jaguares sin voltear a ver atrás. Liliana siguió. Cuando creyó que finalmente avanzaba, su boca se llenó de un dulce sabor a fresas. Pero entonces, entre jalones, perdió el equilibrio y, sin poder agarrarse de ninguna parte, resbaló inevitablemente hacia la base de la montaña. Cerró los ojos y pronto cayó. Sin embargo, cuando tocó el suelo, se encontraba sentada en la cima. Frente a ella estaba el río seco. Los jaguares se acercaron a Liliana y le mostraron una caja de jade que yacía en la arena. Enseguida dijeron:
En la caja hay una daga.
La agarrarás y la clavarás
en la lengua y dejarás
la sangre el río alimentar.
En el desierto regresarán
la brisa, el sol, la vida.
Liliana tomó la caja y la abrió. Adentro había una daga de obsidiana. La tomó y la contempló. Los tenues rayos del sol iluminaron el filo de la daga, y Liliana sintió en sus manos un calor ligero que creció por sus brazos y que se esparció por todo su cuerpo. El viento, silencioso, envolvió las manos de la niña. Entonces, como una sola entidad, la brisa y el sol se unieron en un abrazo ávido y ansioso, tan fuerte y opresor que hizo que Liliana abriera la boca y levantara los brazos. La daga se incrustó en su lengua. Sangre brotó como cascadas y atiborró el cauce del río. Las arenas de la montaña se alzaron en un estallido, similar a un volcán en erupción. Y llovió. Llovió sangre a cántaros. Las plantas resurgieron, las arenas se pintaron de verde. La brisa levantó a Liliana por los aires y la sumergió en el río. La niña movió los brazos para salir a flote, pero la superficie se alejaba y se alejaba. Sin poder respirar, Liliana perdió las fuerzas y se desmoronó. Escuchó unas voces. Eran humanas. Había alegría y alivio en ellas. En ella, en Liliana, nada de eso había. Antes de perder el conocimiento, se preguntó si al menos su cabello se había pintado con su sangre.
***
Irene entró a la habitación y abrió las cortinas. Se acercó a la cama de Liliana. Su hermana estaba tapada hasta la cabeza con las sábanas.
—Despierta —le susurró gentilmente.
Liliana se removió en su cama y se destapó. Irene abrió los ojos, tanto que se salían de sus órbitas, y tembló. Aunque se cubrió la boca con las manos, un grito inundó la habitación. Liliana se sentó y sonrió ampliamente. Quiso hablar, pero la lengua le sangraba.

ElaraSalazar
Elara Salazar

Creator

Liliana quiere parecerse a su hermana. En sueños, unos juagares le ofrecerán una oferta difícil de rechazar.

Autora: Elara Salazar (IG: @eldiaquefuimoslibros)
Ilustradora: Geminna (IG: @_geminna)

#open_ending #terror #Fantasia #dimensiones_alternativas #sangre #dreams #horror #Misterio #desierto

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