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La villana quiere evitar su trágico destino

El despertar I

El despertar I

Jul 17, 2022

 Imperio Vierfyra.

1789.


Un destello fuerte retumbó con una fuerza titánica, logrando levantar de golpe a Etheldreda de su letargo. Su cuerpo había sufrido demasiado durante todo este tiempo por las constantes pesadillas. Cada una era más terrorífica que la anterior. 


Con los ojos aturdidos, mareada y perdida entre su propio lapsus, le costó levantarse y sentarse sobre la cabecera de la cama. 


Etheldreda se halló con miles de sirvientas, alrededor de ella, mirándola con alivio por despertarse por haber pasado una semana de infierno, y con preocupación por su demacrado bienestar. 


«¿Por qué están preocupadas por mí?»


Etheldreda no lo comprendía. Deberían odiarla. Ella había sido una persona cruel, con un corazón duro y frío como el hielo. La mimada hija de un poderoso duque. Bueno, no siempre había sido así. De niña, había sido dulce y tímida. Pero se transformó en un ser malicioso cuando un infortunio estalló ante la familia de Wolased. 


Respiraba para y por hacer el mal. Le encantaba ver como el servicio se arrodillaba ante ella. Ella era el diablo en propia carne, gozando con altivez por el sufrimiento que hacía pasar a los criados. 


El arrepentimiento ardía por las venas de Etheldreda. ¿Por qué había sido tan despiadada con almas inocentes?


—¡Señorita Etheldreda! ¿Se ha despertado?


Habló una de ellas. Era de estatura alta, de complexión delgada. Su pelo era dorado como una hoja otoñal. Su mirada reflejaba dolor y pena.


Etheldreda no recordaba quién era ella. Tal vez era la primera vez que la atendía, pero había algo en esa desconocida que la hacía sentir cómoda a su lado. Era un sentimiento raro y novedoso en ella. 


Le dedicó una sonrisa débil sin poder responder. No podía abrir sus labios y decir algo. Es como si estuviesen pegados con un poder sobrenatural.


Etheldreda volvía a cerrar sus ojos. En su mente revivía con perfección todos los detalles de esa pesadilla. Aunque, más que una simple pesadilla, había sido una premonición. Vio su futuro como el final de una historia trágica y fúnebre.


Había sido cruelmente asesinada por el futuro heredero del ducado de Wishmell. El joven Everard. Él era su prometido. Era un compromiso concertado por nuestros padres, ya que, ellos eran amigos de la infancia.


La razón del asesinato de Etheldreda fue causa de la maldad y la envidia de la joven. Esos sentimientos habían oscurecido su corazón. Estaba tan ciega, con la rabia acumulada, y terminó como un veneno letal. 


Aprovechando la debilidad de la dulce e inocente novia de Everard, la señorita Amé, una jovencita del imperio Bealite, cometió el pecado de envenenarla. No soportaba ver la felicidad y el amorío de esos dos. Se sentía traicionada por su prometido, aunque no lo amara. 


Etheldreda se convirtió en la villana que el mundo odiaba, mientras tanto, Everard y Amé en los protagonistas de un romance pasional. 


Ahora, Etheldreda tenía entre sus manos el poder de cambiar el rumbo de su futuro. Se negaba a morir a la edad de veintidós años. Quería vivir toda la eternidad si eso era posible.


—Quiero bañarme, por favor. —dijo con debilidad, mientras sus ojos se abrían.


Todo el personal asintió, contemplando a Etheldreda, extrañadas por su radical cambio de comportamiento. Al final y al cabo, era comprensible porque antes había sido maleducada con cada una de las sirvientas. Muchas de ellas dejaron el trabajo porque había sido duro estar con Etheldreda. A partir de ese instante, ya no iba a ser más así. Nadie merecía ser tratado con desprecio. Será la antítesis de su viejo yo. Se comportará como la hija de un duque, uno tan poderoso y bondadoso como era su padre. El gran duque Wolased, conocido como uno de los defensores del imperio Vierfyra, Flavian. 


Se quedó contemplando su enorme dormitorio. Lleno de superficialidades y lujos. Todo estaba lúgubre ante sus ojos. ¿Esto podría ser porque el estado de ánimo de Etheldreda era de la misma manera?


Suspiró, destapando la suave manta y sus delgados pies tocaron la frialdad del suelo.


Su cuerpo estaba sin energía. Notó un punzante dolor en cada articulación. Lanzó varios gemidos agonizantes cuando se esforzó de sobremanera al ponerse de pie. No podía aguantar más. Necesitaba con urgencia un baño caliente para aliviar esta tortura.


Justo en ese momento, la misma doncella de antes volvió al enorme dormitorio. Corrió hacia Etheldreda y me tomó la mano con sumo cuidado, como si ella fuese una muñeca hecha de la porcelana más frágil.


—¡Señorita Etheldreda! El baño está listo.


Asintió en silencio. El dolor era tan terrible que sus ojos se habían cristalizado. Mordió el labio como una forma de aguantar el sufrimiento. No quería ser una dama quejica.


—¿Sabe, señorita? Todo el mundo estaba preocupado demasiado por ti. Estuviste una semana en un profundo sueño. Había sido desolador verte moverte con tanta agonía.


¿Era querida? Se preguntó en silencio. 


Desde la muerte de su madre, la duquesa Calista Wolased —el cual ocurrió hace cinco años—, la relación con su padre se había enfriado demasiado. Y con el pasar del tiempo, se volvieron cada vez más distantes. 


La amaba, Etheldreda estaba segura de ello. Pero, no se sentía protegida o cuidada por él.


¿Amigos? No tenía ninguno. Todos la soportaban por su belleza y riqueza, no por lo que era realmente. Su vida era vacía y solitaria como el mismísimo oasis. Llevaba viviendo veinte años, y Ethy jamás conoció el verdadero significado de la amistad.


¿Y su prometido? Él, en pocas palabras, la odiaba. Bueno, eso pensaba por su trato frígido. En cambio, ella no tenía sentimientos por él. Porque opinaba que el odio era una emoción peligrosa. El odio era la otra cara del amor. Había que ir con los pies de plomo, y evitar esas dos emociones como la peste.


Cuando estaba a su lado, su cuerpo era sacudido por la frialdad de Everard. En una parte, podía comprender su arisco comportamiento. Había sido forzado como ella, por sus padres, a casarse con alguien que no amabas.


Era imposible que las personas estuvieran preocupadas por ella cuando era nadie importante para todos ellos.


—¿Sí? —inquirió no tan convencida con las palabras de la doncella.


—Tu prometido, había estado a tu lado todo el rato. Nunca lo había visto tan...


La interrumpió diciendo las siguientes palabras, con un tono tajante como un cuchillo afilado.


—No hace falta que me mienta. Sé muy bien que no soy de suma importancia para mi prometido. Es más probable que vivamos en el Sol que él se preocupe por mi bienestar.


Antes de que la doncella le respondiera, volvió a hablar.


—No quiero saber más sobre este tema, por favor. Vamos a olvidar lo ocurrido y enfocarme en el futuro que me espera.


Y era cierto. No quería pensar más en el sueño. Si todo lo soñado era cierto, debería empezar a cambiar su destino a partir de ahora si no quisiera terminar asesinada en las manos de su prometido. ¿Y cómo podría evitar ese desenlace tan trágico? 


Etheldreda reflexionará sobre ello después del baño. El cansancio no le dejaba meditar demasiado bien, más cuando era sobre un tema tan importante como evitar su propia muerte predestinada.


Mientras la doncella comprobaba la temperatura del agua, Ethy desató los cordones del camisón y los dejó caer en el suelo.


Se adentró en la bañera cuidadosamente, y su adolorido cuerpo se sumergió por completo al agua. No sé por qué le dolía todo. ¿Tal vez porque se habría movido tanto durante las pesadillas?


La doncella la enjuagó con un cepillo corporal de fibras naturales, hechas de bambú. Lo hacía con movimientos lentos, frotando con suavidad su piel. Las fosas nasales de Ethy se inundaban de un aroma delicioso. No estaba segura si era el néctar de una flor, pero su olor era increíble y divino.


Notó como su tenso cuerpo se relajaba a lo largo de los masajes. El infierno había pasado. No iba a morir, dijo con firmeza en su mente. Solo le faltaba tener un plan maestro y adherirse a él como si fuese su salvavidas.

Se tocó sus labios, ensimismada, mientras pensaba en su prometido, Everard. 


—¿Señorita? ¿Está bien?


La dulce voz de la doncella la trajo de vuelta a la realidad.


No iba a poder sobrevivir sola, sí o sí necesitaría alguien a su lado. Y esta jovencita, parecía de fiar. Le transmitía un aura de confianza y lealtad.


—¿Cuál es tu nombre? Si va a ser mi dama de confianza, debo saber como puedo llamarte.


—¡Oh!


El rostro de la doncella se asombró. No podía creer que Etheldreda la quisiera como su dama de compañía, dado que acababa de llegar a la mansión del ducado Wolased. Fue rechazada por varias familias del imperio Vierfyra por su sangre zaryliana. Había rivalidad entre los imperios. Estaban en son de paz, pero a la mínima podría haber una terrible guerra. El gran duque de Wolased había sido el único en aceptarla como parte del servicio. Escuchó varios rumores sobre el malicioso actuar de Etheldreda, pero tal vez solo eran habladurías de la sociedad. La joven lo tenía todo: belleza, riqueza y salud, y en este mundo, había muchos celos sueltos por los aires. 


—Soy Rose, señorita.


—Entonces, Rose. ¿Desea ser mi dama personal?


Rose bajó la vista al suelo, titubeante. ¿Y si era una cruel broma del Destino? No era insegura por naturaleza, pero gracias a malas experiencias vividas en la calle, aprendió a ser más independiente y cautelosa. No todos eran bondadosos con la gente del imperio enemigo. Era la lección cruel e inolvidable que la vida le había regalado, cuando estuvo tirada en la calle. Sin hogar y sin familia. Sumergida en total soledad y en penurias. A pesar de su recelo inicial, Etheldreda no parecía una mala persona. 


Ethy aclaró su seca garganta antes de hablar.


—En el pasado, sé muy bien que he sido tan insoportable y cruel con el servicio. Esto sonará como una locura, y probablemente lo sea. Hubo algo que me hizo abrir mis ojos y enfrentar la triste realidad. Quiero...


Ethy no quiso hacer daño a nadie. Tanto su cuerpo como su mente fueron víctimas de las graves consecuencias de su pérdida de control. Un ser inerte y malicioso se apoderó de su dolor, y la transformó en una bruja sin corazón. Donde su felicidad se hallaba en la desdicha de los demás.


La vida o el destino, sea quién sea el causante de esas visiones, le brindó la oportunidad de romper el maldito maleficio del que era víctima. En estos momentos, tenía la oportunidad de trazar el rumbo de su existencia, y vivir con prosperidad por mucho tiempo. Olvidando para siempre el pasado, o al menos intentarlo. 


La oscuridad de su alma se evaporó de tal modo que ahora no existía, solo una llama de esperanza creciendo dentro de ella.  

Ethy se quedó callada, buscando las palabras adecuadas. Poco después, las halló y volvió a retomar la conversación, pero esta vez con más seguridad.


—Quiero cambiar. No quiero ser más esa clase de persona. No pido que me dé su voto de confianza y lealtad ahora mismo porque eso lo debo ganar yo primero.


Rose dejó de cepillarla para poder tomarla de la mano.


Rose se estremeció al percibir el timbre de voz de Ethy, tan lleno de ilusiones y miedos. La entendía perfectamente. Quería estar para Ethy, ofrecerle fidelidad y cariño, y no porque era su señora, sino por la simple razón: se necesitaban la una a la otra porque nadie estaba con ellas cuando lo requerían. Rose nunca tuvo ninguna amiga, y parecía que su señora tampoco. 


—Es bueno que piense así, señorita. No sé lo que le había pasado en el sueño, pero sé que le espera un gran futuro.


Las palabras de Rose la reconfortaron. Ethy le regaló una radiante sonrisa.


—Gracias.


A la vuelta a su cuarto, las otras doncellas pusieron las cortinas a un lado y dejaron los enormes ventanales abiertos para ventilar el aire concentrado. Las brisas del aire eran agradables. El sol iluminaba con intensidad todo su aposento. La tormenta había cesado de golpe en el momento del despertar de Etheldreda, como una metáfora para dejar atrás esa terrible oscuridad. Ahora se podía apreciar su majestuosidad y belleza.


Estaba enfrente del espejo de pie —era de un estilo barroco, bañado con oro—, y Rose se encontraba a su alrededor, ayudándola a vestir para el desayuno. Había elegido un sencillo vestido rojo, el cual contrastaba con su palidez. Suspiró con desgana al ver los otros vestidos de su armario. Eran horrendos y llamativos. No quería llevar más esas cosas extravagantes. ¿Cómo era posible que en el pasado hubiese tenido un gusto tan feo? En lo simple, se hallaba la belleza. Ahora no le quedó más remedio que llamar a una modista para rehacer todo su vestuario.


Una señora menuda, rubia, sonrisa amable, y de cierta edad avanzada, entró exaltada a los aposentos de Etheldreda. ¡Era Annelise! Su antigua institutriz, quién había aparecido después de su repentina desaparición hacía cinco años. 

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