Annelise quiso llorar de alivio al ver Ethy de pie, viva, no tendida en su cama, luchando por su vida. Ella lo había sido todo para Anne. La había adorado desde su nacimiento, porque era la bebé de su mejor amiga. La madre de Etheldreda, Calista. La mejor sacerdotisa de todos los tiempos. También era conocida por su hermosura. Ojos almendrados de un color azulado intenso como el océano, una cara ovalada y pequeña, limpia de imperfecciones, unos labios carnosos, nariz fina y unos dientes rectos.
Se sentía culpable por escabullirse y dejar a su sobrina sola, pero era lo mejor para ambas. Tuvo que ocultarse entre las tinieblas de las montañas para soltar todo su dolor y rencor por el mundo. Porque por culpa de él, perdió a Calista.
Entre su propia desesperación y agonía, su salvación había sido un hombre viudo. Anne no sabía si se había enamorado por su personalidad bondadosa o por su mirada. Sus grandes ojos azules como el océano le recordaban a los de su mejor amiga. Le transmitían la calma, el brebaje necesario para su corazón atormentado.
Sir Cristophe, de la edad de treinta y nueve, había visitado ese bosque en busca de la curación para la extraña enfermedad de su hija de quince años.
Anne lo salvó cuando Cristophe estuvo a punto de fallecer cuando una venenosa serpiente le había picado en el bosque.
Juntos hallaron la unión para enfrentar el purgatorio de sus almas destrozadas por las pérdidas de sus seres queridos. Semanas más tarde, aún afligida por la muerte de Calista, tomó la decisión de casarse con él. Nunca se había enamorado porque aún no encontró a su alma gemela. Había estado feliz en la casa de los Wolased, cuidando de Etheldreda. Y los últimos diez años, los pasó navegando por el imperio en busca del sentido de su vida. Quince años más tarde, en Cristophe, encontró la llave para cumplir todos sus anhelos más imposibles.
—Mi niña. ¡Gracias a Dios que estás bien! Pensé que te iba a perder como tu madre.
Varias lágrimas caían por el rostro de Ethy. ¡Había extrañado tanto a Annelise! Ella fue como su segunda madre. Cuando no estaba la suya, la tenía a ella cuidándola. No porque era su niñera. Había dejado de serlo hace diez años. Y cuando había cumplido quince años, supo que Annelise había contraído matrimonio con el Sir Cristophe—el padre de Amé y el secretario del emperador—, a la edad de treinta y cinco años.
Podría intentar mantener una buena amistad con Amé utilizando la cercanía de Annelise. No obstante, no era momento para reflexionar sobre ello.
Ethy soltó un suspiro, aliviada. Era agradable encontrarse con alguien especial después de años sin verlo. Al principio, después de lo de su madre, se sintió rabiosa por el abandono de Annelise, pero, era comprensible el porqué de ello. Ethy era la viva imagen de su progenitora. La única diferencia entre madre e hija era el color de los ojos. Su madre los tenía azules, y los de ella dorados.
Annelise la abrazó, y Ethy no pudo evitar las ganas de corresponder a ese abrazo. Había necesitado tanto sentir un contacto cálido. La soledad era el peor lugar que un ser humano quisiera vivir. Tal vez, al inicio, podría ser agradable, pero con el paso del tiempo, terminarías demente, deseando sentir calidez de otro ser.
—Tía Anne. ¿Qué haces aquí?
—Llevo aquí desde que me enteré de lo ocurrido. ¿Estás mejor, cariño? Estás hermosa con este vestido.
—Estoy mucho mejor, tía Anne. Gracias por venir a verme. Aunque debería enojarme contigo por dejarme abandonada. Pensé que me odiabas como lo hace todo el mundo.
Annelise miró a Etheldreda con asombro.
—¿Odiarte? Nadie te odia. Todos fuimos testigos de que la muerte de tu madre había hecho un dolor irreparable a tu corazón.
Ethy soltó un suspiro, aliviada. Era agradable saber la verdad: no era odiada por nadie en su propia casa. Ahora, en estos segundos, tenía el enorme poder de jugar a las cartas del destino, y cambiar la percepción del personal hacia su persona. Iba a llevarse bien con ellos, a tratarlos como humanos, no como esclavos andantes. Era lo único que podía hacer por ellos. A Ethy le encantaría disculparse con ellos, pero le daba tanto pudor verles la cara y encontrarse en sus miradas: desprecio y repulsión.
—Me encantaría pasar más tiempo contigo, pero debo marcharme. Mi marido y su hija me esperan para ir juntos de vacaciones. Intentaré visitarte pronto, cariño.
Etheldreda no pudo evitar sentir chispas de envidia deslizando por su piel. Al parecer aún seguía teniendo ese tonto sueño de ir de vacaciones con su padre. Pero al parecer, él no soportaba ni cinco minutos de su presencia. Así era de triste y sola su vida.
Ethy asintió con una sonrisa fingida.
—Pásalo bien, tía Anne. Estaré esperando por tus noticias pronto.
Anne le dio un último abrazo antes de marcharse de su cuarto.
—Cuando vuelva, te presentaré a Amé. Estoy segura de que serán buenas amigas.
«Supongo que sí. Todo me sirve para cambiar mi destino final.» Gruñó Ethy para ella misma.
Con la vista fija en el espejo, Ethy observó como Rose le colocaba un collar alrededor de su cuello. En el centro del colgante, había una pequeña estrella de rubí. Era un regalo de su madre. Lo había hecho su abuela materna para seguir con la tradición familiar. Toda mujer perteneciente a la familia Rossby tenía en el mundo su otra mitad. En el momento que lo conocías, el rubí comenzara a brillar con una luminosidad tan intensa. Ethy no creía que esa historia fuese verdad. Solo era una leyenda romántica para hacer suspirar a las personas enamoradas. Una pena porque ella no lo era.
El amor no era para Ethy. Jamás se había enamorado, y dudaba que un día sucumba ante las fuerzas del amor.
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