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La villana quiere evitar su trágico destino

El destino II

El destino II

Jul 18, 2022


Ethy estuvo a punto de babear por él, pero el carraspeo masculino la trajo de vuelta a la realidad. 


«¡Eres tonto, Everard!» se masculló entre dientes por su estupidez. 


Debería mostrar a su casi prometida su alegría por las buenas noticias. Su pequeña Etheldreda estaba sana y fuerte. Cuando su prometida se quedó profundamente dormida, sufriendo sin límites en su lecho, Everard estuvo a su lado ignorando el protocolo social de la sociedad. No iba a dejar a la persona que amaba por unas reglas estrictas y bobas. ¿Qué más le daba la gente si un caballero estaba en la habitación de una dama? Sí, tarde o temprano, serán marido y mujer. 


Ethy lo miraba como si pensara que él la odiaba. Eso estaba más lejos de la realidad. ¿Por qué? Porque él la amaba con tanta pasión, al punto de hacer su corazón sangrar con violencia.


Todo el mundo nacía predestinado a una persona. El padre de Everard, el duque Wishmell, Izan, se había casado con su madre, Casilda, la hija de un conde adinerado. Ambos se dieron cuenta de que eran el uno para el otro. Sus padres seguían amándose con la misma pasión del primer día, como si el tiempo hubiese parado para ellos. 


A sus veintiuno años de existencia, Everard había cumplido su mayor sueño: ese donde tenías a alguien con quien compartir la vida juntos. Sentir ese mágico y único clic. O querer estar entre los brazos de tu ser querido hasta la eternidad. 


Y la persona que llevaba buscando desde que abrió los ojos en este mundo era Etheldreda. A quién amará durante segundos, días, meses, años, siglos y milenios, donde el tiempo era inexistente. Solo su amor por ella prevalecía en el lapso del universo. 


En el baúl de los recuerdos más especiales de Everard, estaba grabado ese día tan inolvidable. El cual lo había cambiado todo. Él tenía ocho años, y ella siete años. Era primavera, la época del despertar de las flores. Estaban corriendo por el bosque cercano de la villa familiar de los Wishmell. 


Etheldreda, en medio de tanta naturaleza salvaje, se dio la vuelta y lo miró con esos iris dorados como el sol —la contraparte de sus ojos grises—, luciendo por todo el rostro una sonrisa angelical. 


Su pelo ondulado volaba de un lado para el otro por el viento primaveral. En él, había un ramo de lilas blancas. 


Era un ángel caído, porque irradiaba una belleza y felicidad celestial, mágica. 


Everard se quedó inmovilizado por completo, escuchando arrobado la risa melodiosa de Etheldreda. 


Su alma eligió amarla para toda la vida, en el mismo intervalo donde sus pupilas bañadas en oro se conectaron con las de él. Y el órgano del amor se paralizó por un milisegundo, y luego latió de nuevo, con tanta pasión, cuando sonó la campana del enamoramiento. 


Los años pasaron, y él no sabía cómo cortejar a Etheldreda porque era un joven ignorante en el tema de los cortejos. Al menos, debería tener la valentía de demostrarle el amor eterno con actos. Las palabras podrían desaparecer como finos hilos en el aire. Pero las acciones quedaban talladas en el alma hasta el más allá. 


Su amor se ocultaba con miradas frías, con silencios incómodos como una manera de evitar quedar en ridículo. El miedo lo carcomía vivo porque para él Etheldreda era la perfección. Mientras tanto, él no tenía nada especial. Estuvo durante casi cinco años en la academia de magia para caballeros reales, preparándose para ser alguien en la vida. Porque su pequeño rayo de luz, su querida Ethy, merecía lo mejor.


Dos años más tarde, las cosas no fueron como se había previsto en un principio.  Había cosas más terribles y crueles que los temibles monstruos: los humanos que se alimentaban como sanguijuelas de los debiluchos. Al menos, los monstruos torturan sin piedad porque nacieron para eso, era una reacción inevitable y natural. Pero los humanos, podían razonar y tomar decisiones. ¿Por qué hacer el mal si podrías proteger a los débiles? Pero, claro, al ser humano le encantaba ser perverso y jugar con las debilidades de los demás. 


Perteneciente a una de las familias más influyentes del imperio, había sido testigo de la falsedad de sus compañeros y maestros. Todos lo respetaban, pero a sus espaldas, lo apuñalaban. 


Durante su estancia en la academia, hubo alguien sobresaliente en lo referente a la perversidad. Esa escoria había sido su tutor designado. Un cabrón con mucho cuidado. El infierno podía existir sin necesidad de morir y cometer pecados. Sus cicatrices marcadas en el exterior, en cada trazo de su piel, pero también internamente, en el pozo de su alma destrozada por un sinfín de insultos y golpes, eran la pruebas vivientes del infierno. 


Había regresado a su casa después de su graduación —con matrícula de honor por sus notas excelentes—, completamente distinto. La timidez se tornó en desconfianza. A la fuerza, se convirtió en un hombre. En uno atormentado. En uno que había perdido a palizas su inocencia.


Solo habían pasado dos años para tener las cadenas de las tinieblas encadenadas a él.


En la oscuridad inmersa, la única luz que existía, que le llegaba o que le iluminaba, era la de Etheldreda. Le daba una razón para no dejarse erguir por la bestia de su interior. 


Su pequeña Etheldreda era su brillante haz de esperanza. 


No sabía si dejarla ir porque él había cambiado. Se merecía alguien limpio, sin manchas oscuras, envolviéndolo como nubarrones. Se volvió cerrado y hostil con los desconocidos. 


Pero ella no era nadie desconocido, era su otra mitad. Su alma gemela. La única persona que amaría, aunque intentará alejarse de ella, estaba conectado por hilos invisibles por todo su ser. No importaba la distancia o el tiempo, esos hilos lo traerán de nuevo hacia ella. Aunque había otra razón y la más importante: era su mayor debilidad. No tendrá la voluntad de marcharse y emprender un camino sin Etheldreda. 


Tampoco era capaz de aceptar un futuro donde ella se casara con otro, uno que podría serle infiel o hacerla desgraciada. Era un jodido celoso. Había pocos hombres buenos en la vida. Hay muchos cazafortunas sueltos por todos los sitios. Y si uno de ellos se acercaba a Etheldreda, la engatusaba para casarse con ella, era capaz de asesinarlo. Tal vez él no era la bondad personificada, pero la cuidará, le será fiel y lo más fundamental: la amara hasta el fin de su existencia. 


Dejando atrás los pensamientos liosos y envenenados de su mente, Everard quiso cortejar a Etheldreda y pasar toda su juventud con el amor de su vida como una pareja casada. No había nada más bonito que ellos envejeciendo juntos, amándose el uno al otro. 


¿Estaba mal anhelar una vida eterna a su lado? Solamente porque había sido una desgraciada víctima de innumerables torturas. Él también necesitaba vivir con felicidad como los demás, no en el abismo de la infelicidad. Ella era su mayor tesoro. Ella era el aire que necesitaba respirar. 


Por desgracia, no tenía ninguna experiencia en el amor ni temas de cortejos. Todos sus compañeros habían caído en las garras del alcohol y mujerzuelas. Él no era capaz de no mirar a alguien que no fuese Etheldreda. 


Su padre era la única persona que podía ayudarlo. Porque no se fiaba en su mejor amigo porque sus consejos darían mucho que desear, al final y al cabo, era todo un libertino. Las mujeres lo usaban, y él a ellas también. Le daba todo igual porque Nikolas Calimir es el futuro emperador de la nación, y tenía la fascinación de saborear el poder de tener a todas las féminas ante sus pies. 


Al duque Wishmell, el agradable Izan Florentino, no le asombró el hecho de que su hijo estuviera enamorado de Etheldreda, la hija de su mejor amigo. Siempre supo que esos dos, tarde o temprano, iban a terminar juntos porque estaban destinados. Con todas las cartas en la mesa, visitó al duque Wolased con la intención de comprometer a ambos jóvenes. Izan estaba radiante de alegría porque Everard era el caballero perfecto para su hija. Entonces, ¿por qué perder el tiempo? Solo necesitaban darles un pequeño empujón para aceptar la realidad. Además, durante su temporada de comprometidos, podían conocerse de una manera diferente y su hijo tendría la oportunidad de enamorarla. Ya tenía la suficiente edad para ser abuelo y tener nietos.


Durante los siguientes meses de compromiso entre Etheldreda y Everard, fue un desastre. Él no sabía cómo acercarse de una manera romántica con ella. Y en vez de cortejarla como era debido, se quedaba en blanco y la ignoraba por completo. 


Etheldreda no era la misma de hace años. Era completamente diferente. Se volvió popular por su maldad egocéntrica. Para Ethy, el mundo giraba en torno a ella. No le culpaba porque comprendía el cambio radical. Las malas experiencias te daban una paliza y te cambiaban a un ser desconocido, con traumas y heridas difícilmente de borrar. Everard vio como Etheldreda se marchitaba con la muerte de Calista, y se volvía en una rosa llena de espinas, esas que te clavaban en el corazón hasta dejarte sangrar, soltando todo su hiel. 


A Everard le habría encantado estar con ella cuando pasó lo de su madre, pero no pudo hacerlo porque en ese entonces, en la academia había empezado a ser...


Sacudió la cabeza, aferrándose a la imagen sonriente de Etheldreda, y se negó a gastar el tiempo pensando en esa escoria.


Ahora, en este concreto momento, Etheldreda estaba mirándolo con curiosidad. Everard supo que daría su propia vida al diablo con tal de ver de nuevo su sonrisa. Esa misma que se quedó grabada en su memoria con puño y fuego. 


Se moría por hacer feliz a Etheldreda a toda costa, demostrarle que su matrimonio estaba bendecido por todos los dioses y ángeles existentes. Y que sería el mejor esposo de todos los tiempos. 


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