Tres años habían pasado desde la traición de Tamara hacía su padre, el año era 2009. Era una noche oscura en las calles de Ciudad Frontera; la zona urbana de Isla Frontera. La acera estaba fría, tal como el aire que llegaba a congelar la nariz. No había ni un alma cerca, solo el sonido de los autos haciendo andar sus ruedas sobre el asfalto. Todo a lo lejos retumbando en los callejones de la distancia.
Un joven de cabello castaño y de tez clara, caminaba por las calles junto a sus zapatillas negras, acompañado de unos jeans negros y una chaleca de lana azul. Ese joven era Teru, ya con veinte años y en la universidad. El era uno de los famosos defensores de la isla. Pero al parecer, no contaba con la presencia de su compañera.
El rostro de Teru se veía decepcionado y triste. Caminaba por las calles iluminadas cabizbajo, pasando cerca de un callejón oscuro. El chico se hundía en sus propios pensamientos mientras oía el rechinar de sus zapatillas al raspar el suelo.
Lo que parecía ser un momento a solas se vio invadido por el sonido de otros pasos que venían desde lo más profundo del callejón, a las espaldas de chico. Teru, sin voltear su cabeza, y clavando las pupilas sobre su hombro, percataba como algo o alguien de un color rojo lo acechaba desde las sombras. Ambos se quedaron quietos unos buenos segundos dejando que el viento silbara su señal de peligro.
El ser de color rojo tomó la iniciativa y se acercó caminando hacia Teru. Sus pasos se oían cada vez más y más cerca de él. Los pensamientos de Teru se desordenaron, su cuerpo gritó peligro, y su impulsividad lo movió a voltearse de golpe.
Para su sorpresa, no había nadie detrás suyo. Todo estaba tal como lo recordó hace unos momentos. Las calles vacías, y el callejón desolado. Teru estaba confundido, podía jurar que algo o alguien lo observaba y que se acercó a él. Sea lo que sea que fuera, el chico tenía el presentimiento de que un aura maligna lo rodeaba. Pensando que quizá pudo ser su imaginación, decidió voltear hacia el lado opuesto para regresar a casa.
Pero con el pasar de los segundos, la visión de Teru comenzó a nublarse. Los edificios de la ciudad empezaron a triplicarse y sus espejismos daban vueltas sobre ellos mismos, como un carrusel. Las farolas y las luces de la ciudad se unieron a la misma danza.
Las piernas del chico perdían fuerza, hacían que se tambaleara como jalea... y un solo paso erróneo fue suficiente para hacerlo tropezar. Su cuerpo cayó como si estuviera hecho de roca, y la visión de sus ojos se volvió completamente oscura. El impacto contra el suelo no logró obtener una reacción de él.
Detrás del cuerpo inconsciente, nuevamente apareció el ente de rojo, quien se aproximó a él. A medida que su cuerpo salía a la luz, se revelaba su verdadera forma: era una persona en una larga capucha roja, su rostro estaba cubierto en oscuridad. Este veía con indiferencia la jeringa que logró clavar en la nuca del chico, sin que este lo notara. Comenzó a cargarlo en sus brazos.
Cerca de la misteriosa persona, un portal de torbellino oscuro se abrió a su servicio. El secuestrador ingresaba junto al chico a el portal con sumo cuidado. Antes de sumergirse en la oscuridad nuevamente, la luz alcanzó a revelar algo en el brazo de esta persona: un parche con el glifo de un ala y el sol enmarcados en un anillo. El ser encapuchado finalmente cruzó el portal, y este se cerró sin dejar ningún rastro. Ya no había nada que la luz pudiera tocar.
El silencio reinó en los callejones de Ciudad Frontera, pues nadie se percató de que uno de sus defensores había desaparecido aquella noche.

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