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TIZOC: Entrada al inframundo (Spanish)

CAPÍTULO 11: ¿Quién eres? (parte 3)

CAPÍTULO 11: ¿Quién eres? (parte 3)

Nov 22, 2022

This content is intended for mature audiences for the following reasons.

  • •  Physical violence
  • •  Cursing/Profanity
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"Me hubiera quedado en la ciudad celestial, rogándole a Katu de rodillas para que me permitiese ir al inframundo" Pensó brevemente, pero ya era demasiado tarde para retractarse, además de que estaba seguro de que Katu nunca permitiría eso.
— ¡Hey, yo que tú no me ignoraría! ¡Te lo advierto! — por más que le intentara asustar, ninguna de sus palabras lo lograba — ¡Bien, atente a las consecuencias!
Con esa última frase los alaridos del hombre cesaron por completo, dejando que la tranquilidad regresara a la rutina del dios. Luego de un momento de duda, en donde casi se arrepiente de su decisión y corre de regreso a la taberna, negó con la cabeza para deshacerse de esa idea y continuó caminando.
El medio día ya había pasado y la fluencia de personas era menor, estuvieron perdiendo el tiempo peleando con un desconocido por lo que sus planes de encontrar alguna persona que se dedicara a estudiar conceptos mágicos se habían atrasado por lo menos un día entero. Ambos, Kunak y Xel-há, estaban cansados debido a tanto alboroto, por las siguientes horas que aún quedaran de luz de día, deseaban no verse envueltos en más problemas similares, por ello la única opción que tenían por ahora era regresar a la posada en donde habían dormido la noche anterior.
Una enorme sorpresa se llevaron cuando, dentro del bar, el gentío que normalmente permanecía había desaparecido; incluso aún quedaban tragos de anoche a medio terminar sobre las mesas. Lo que hubiera pasado durante su ausencia no debía ser del todo bueno, Xel-há buscó una explicación razonable y lejos de alguna tragedia, pero ninguna podía ser, era mitad de semana por lo que no había día libre aún; tampoco existía una festividad importante cerca de esta fecha, ni siquiera en los siguientes treinta días, así que tampoco podía ser eso.
— ¿Qué crees que sea eso? — Kunak preguntó luego de escuchar una gran cantidad de parloteos provenientes del segundo piso del edificio.
— ¿También los escuchaste? — dudó — Esa debe ser la razón de estas solitarias vistas ¿No lo crees?
Kunak asintió brevemente.
Si algo es imposible de creer para los humanos es la posibilidad de que cualquier ser que sea considerado divino lleva dentro de él una gran cantidad de curiosidad, simplemente cada uno elige en que desperdiciar la y, claro, ¿Qué ser poderoso se preocuparía en mirar hacia abajo dónde aquellos que lo adoran residencia?
Por supuesto Xel-há nunca fue igual que los otros dioses con los que convive desde hace más de veinte mil años, siendo cuestionado a diario por esa misma razón.
Cuanto más se reducía la distancia entre ellos y una de las habitaciones del lugar, donde los murmullos se volvían voces claras, se volvía más grande la sensación de pesadez y penumbra, de un ambiente frío, sombrío; de entre las voces, lamentos y sollozos acompañaban la terrible sensación. Las personas que anoche atendían el área del bar y la cocina de la taberna, ahora reunidas dentro de cuatro paredes, de pie o sentadas, pero compartiendo un gesto entre todas, gruesas lágrimas rodaban de cada mejilla, sin perder de vista aquella figura recostada en la cama.
— ¿Qué sucedió? — preguntó Xel-há suavemente a quien, evidentemente, era la esposa del moribundo hombre.
— No lo sé... Estuve hasta tarde limpiando la taberna, por lo que simplemente lo encontré ahí.
La mujer contestó con dificultad, mantenía su mirada perdida entre las sábanas y su mente buscaba olvidar lo visto.
Xel-há se acercó aún más al cuerpo, el hombre era aquel que lo atendió cuando necesitaba una habitación, el dueño del negocio había dejado desamparados a su esposa e hijos que lloraban dentro de los rincones. Queriendo conocer la causa de su muerte, acercó dos dedos a la mano de la persona en la cama; el corazón de Xel-há se detuvo por un momento cuando vio como esa misma mano caía al piso y el grito que quiso salir de su boca fue callado al instante.
— Oh... Sucedió de nuevo — la esposa volvió a colocar la mano en donde estaba.
La herida en la muñeca no era la única, existían otras a la altura de los tobillos, hombros y cuello, el dueño había sido descuartizado.
— Que horror... — balbuceó Kunak desde la puerta.
— Demasiado feo ¿No es así? — fríamente la mujer sonrió de la nada — Por suerte el culpable ha llegado ya.
De pronto todas las personas, excluyendo a Kunak, miraron a Xel-há con intensidad, sonriendo satisfechas de su llegada. Por instinto fue retrocediendo lentamente, acercándose poco a poco a la salida y, sin aún entender la situación, buscaba calmar el dolor de las personas.
— Esperen... Yo no hice esto...
— Todos lo vimos — respondió la hija mayor — Anoche estuvo corriendo por los pasillos hasta el exterior de la taberna, ¡Procuraba no ser visto por nosotros, pero no lo logró!
El cuerpo de Xel-há se estremeció ante las confesiones de la familia, era cierto lo que decían hasta cierto punto, estuvo persiguiendo a ese extraño hombre hasta perderlo de vista entre diminutos brillos rojos, no tenía oportunidad de cometer el asesinato, mucho menos las intenciones de hacerlo.
— Yo jamás... Deben creerme...
No sabía el porqué se habían vuelto tan agresivos de un momento a otro, lo comprendía en cierto modo, una persona que sufre puede hacer muchas cosas, pero, aun así, seguía sin haber un fundamento creíble en las palabras que salían de sus bocas.
— ¡Mientes! ¡Asesino!
De la nada aquellas personas que debieran estar de luto comenzaron a gritar enfurecidas, llenas de odio y malos pensamientos. Lo de mayor preocupación vino después, cuándo no solo continuaban acusándolo, sino que las puntas de sus dedos parecían deformarse, creando garras parecidas a las de un lobo aunque conservando la estructura de una mano. Helada la sangre del dios, cuatro especímenes de lobo, que caminaban hacia ellos sobre dos piernas humanas y con grandes deseos de tener un festín divino, habían remplazado a la triste familia.
Era esa la más evidente señal para echarse a correr e intentar escapar de tales bestias.
— ¡No podría irnos peor! — se quejó Kunak.
— ¡Baja la voz! Aún hay personas que duermen dentro de la posada — advirtió.
Eso les ponía las cosas más difíciles a ambos, podrían emplear la magia que poseen por el hecho de ser dioses y enfrentarse a esas criaturas, pero la posibilidad de ser vistos por los mortales era demasiado alta, no podían correr un riesgo que, de no salir bien, pondría sus planes en la basura.
Las bestias corrían más rápido de lo que un lobo normal lo hacía, rompían todo a su paso, puertas, ventanas, macetas e incluso algunos pilares de la estructura del edificio. Era tanto el tiempo que tenían huyendo que sus piernas comenzaban a fallar, sus pulmones ya no respiraban igual y de vez en cuando tropezaban estúpidamente con pequeñas piedras escondidas en el pasto.
Ambos fueron acorralados en la pared de un almacén vacío a las afueras de la ciudad. Era extraño, de los cuatro humanos-lobos que los perseguían, solo dos de ellos habían llegado; Xel-há comenzó a temer que las criaturas faltantes se hubieran adentrado en las casas del pueblo. Ambos viajeros estaban listos para pelear, levantando los puños en alto, esperando el momento en el que las criaturas atacaran primero; una bomba llena de brillos rojos estalló frente a ellos, logrando separarlos de los monstruos que tan solo gritaban del otro lado.
— ¡Corre! — le gritaron a Kunak.
Parece ya costumbre el encontrarse con aquel hombre que estuvo molestándolos todo el día, solo que esta vez había llegado a rescatarlos de aquellos feroces seres mitad lobo, mitad humano. Kunak, resistiéndose a cooperar con el extraño, no tuvo otra opción más que hacerle caso a lo que le habían pedido y corrió por un hueco libre entre el enorme cúmulo de humo rojizo de la bomba. Por la cintura, el hombre rodeó con su brazo a Xel-há, apegándolo con gran fuerza hacia él y echándose a correr de igual manera.
Xel-há pensó que moriría pues aquella persona, aún sosteniéndolo firmemente, en un momento giró ciento ochenta grados, moviendo su mano libre en una serie de ademanes que, al terminarse, hicieron aparecer una especie de cuchillas de luz frente a ellos y que se dirigieron a las temidas criaturas. Así, en medio de su huida, gritos desgarradores adornaban sus espaldas y los sonidos de la piel cortada también tenían un gran protagonismo en ello.
miyaleemanga
MiyaLee77

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