La tarde del jueves era tranquila, Julián me acompañaba en mi depa, mientras yo terminaba de subir algunos videos cortos recomendando un producto de un sponsor. Julián volteaba a verme por momentos y luego devolvía la vista a la pantalla de su teléfono qué miraba despreocupadamente mientras yacía recostado sobre mi cama.
—Listo, baby, ya terminé de subir el video
Al oír esto Julián dejó su teléfono a un lado y se incorporó, apoyándose en un codo, sonrió satisfecho porque su espera había terminado.
—Eres muy trabajadora —dijo con admiración—. ¿Tienes tiempo para salir a tomar algo?
Su pregunta venía con una mezcla de consideración y el deseo de pasar tiempo juntos, algo que solíamos hacer después de mis jornadas de trabajo intensas.
—Claro, me caería bien —respondí, cerrando mi laptop.
La proximidad con Julián, su presencia familiar y cómoda, a menudo funcionaba como un ancla, con la realidad, lejos de las complicaciones y los pensamientos inquietos sobre Luisa y Diego que habían comenzado a llenarme últimamente.
—Genial, ¿quieres que pida algo o prefieres salir a caminar?
—Caminar está bien, deja me pongo zapatos— dije, y me apresuré a cambiar mis pantuflas por algo más adecuado, salimos juntos, listos para disfrutar la calma de la tarde.
Mientras caminábamos por la calle pensé en la tranquilidad qué no sentía hace tiempo, y también esa misma tranquilidad monótona qué de cierta manera no me lograba satisfacer.
Julián parecía caminar algo más rápido. Al darse cuenta de que me había quedado atrás se giró para esperarme.
—¿Estás cansada? —preguntó notando mi ánimo
—No, estoy bien, aunque ahora que lo pienso, este fin de semana voy a caminar mucho
—¿Ah sí? ¿A dónde vas? —preguntó curioso ya que aún no le había contado de mis planes
—Voy al museo con Luisa —respondí casualmente, intentando parecer desinteresada.
Julián se detuvo, me miró con una ceja ligeramente arqueada, sorprendido por la mención espontánea de mi nueva amiga.
—¿Con Luisa? ¿La del video? —preguntó, intentando disimular un repentino cambio en su tono. Había una nota de desconcierto en su voz que no se le escapó a mi percepción.
—Sí, ella misma —confirmé, encontrando su mirada con la mía— Me pidió que la acompañara a ver una exposición de esculturas griegas.
Julián aún no sabía nada de Luisa o los sentimientos qué empezaban a formarse en mí. Pero definitivamente le pareció raro mi plan.
—Qué curioso, es que, nunca me has dicho de ir a un museo. Ahora que lo pienso, no creí que te interesaran esas cosas — dijo en un tono honesto.
—La verdad, es que fue idea de mi amiga, a ella le interesan mucho esas cosas de historia y cultura
—Ya veo, qué aburrido, sinceramente —dijo Julián
Ese tipo de comentarios eran muy propios de él y su forma práctica de ver todo
—Creo que también puede tener su encanto esto de aprender historia — le dije tratando de hacerlo reflexionar
—No sé, eso no tiene ningún uso ahora mismo, como entretenimiento está bien, pero eso de ir a un lugar a ver piedras, no me llama la atención— dijo sin el más mínimo cuidado
—Puede que te sorprenda, pero hay mucho que se puede aprender y experimentar en lugares como esos. A veces, el entretenimiento también viene de aprender —repuse, defendiendo el plan.
Julián me miró con una sonrisa de medio lado, la clase de sonrisa que sabía que significaba que no estaba convencido, pero que no iba a continuar con el tema.
—Si a ti te hace feliz, eso es lo que importa. Tal vez deberíamos ir juntos algún día — sugirió.
La idea me tomó por sorpresa. La perspectiva de compartir algo así con Julián era nueva. Me pregunté si él solo lo decía por complacerme o si realmente estaría abierto a probar nuevas experiencias.
—Me gustaría eso —dije, y era cierto. Independientemente de lo que estuviera sucediendo con Luisa, Julián era parte de mi vida, y quería incluirlo en todo lo que pudiera.
Caminamos en silencio por un rato, ambos perdidos en nuestros pensamientos. En ese silencio, comencé a reflexionar sobre lo que estaba cambiando en mí y sobre cómo cada aspecto de mi vida parecía estar en movimiento, desde mi relación con Julián hasta la nueva amistad con Luisa.
Julián era un buen hombre, desde que empezamos nuestra relación consideré qué era mi ideal, guapo, honesto, reservado, inteligente. No podía decir que era perfecto, también notaba sus puntos negativos; como lo descuidado que era al hablar, su practicidad que a veces era llana simpleza, y su menosprecio por las cosas que no parecieran tener un valor tangible. A veces me exasperaba lo lineal qué era su manera de pensar. E incluso, si teníamos intimidad, también podía sentirse repetitiva, como comer cuando se tiene hambre. De pronto comencé a poner en balance cada aspecto qué percibía de esa relación de 2 años que llevaba en una marcha inerte.
Quizás lo que una vez me atrajo de Julián comenzaba a verse como un límite entre nosotros. Mi mundo se estaba expandiendo, mis intereses diversificando, y él parecía contento en su ruta conocida, sin desviarse ni explorar. Esta falta de curiosidad en él, que contrastaba tan marcadamente con mi nueva amistad con Luisa y su pasión por aprender y experimentar, empezaba a hacerme cuestionar si nuestros caminos seguían alineados como antes. La perspectiva me inquietaba, pero también me llenaba de una extraña anticipación. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba al borde de un cambio significativo.
Comments (0)
See all