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La Aventura antes del caos

Problemas y decisiones capítulo 4

Problemas y decisiones capítulo 4

Jul 19, 2024

Aquel mar de árboles que nos mantenía aprisionadas cada vez se alejaba más de nosotras.


Nuestras pisadas se hacían aún más firmes en el pasto. Encontramos un lugar agradable para acampar, aún cerca y observadas por los árboles. Hicimos una pequeña e improvisada fogata. Todo era oscuro, solo éramos nosotras y el viento que iba y venía. Se escuchaba el fuego chisporroteando, y Lumia se había acurrucado a mi lado.



No podía dormir.



Cada vez que intentaba cerrar los ojos, esas vívidas escenas volvían. Mi mente estaba inquieta, y lo único que me distraía era mirar el fuego danzante a la vez que acariciaba el suave cabello de Lumia.



La noche transcurrió sin amenazas ni preocupaciones.



Lo vi reflejado en la expresión de Lumia, que era tan brillante y relajada. Cuando me acerqué a una laguna cercana, solo pude ver mi reflejo: mi rostro mostraba preocupación y malestar.



Lo entendí, me estaba afectando, y como no quería preocupar a Lumia, decidí ocultarlo.



Estábamos a unos cuantos kilómetros, pero todavía se podían ver las copas de aquellos árboles. Aunque la planicie estaba llena de pasto, encontramos un pequeño árbol donde acampar. Era un lindo lugar y muy amplio, y decidimos pasar la noche allí.



Ver todo el camino que habíamos recorrido juntas, viendo las leves huellas marcadas en el pasto, me motivaba a seguir. Abracé a Lumia, encontrando un poco de consuelo en su presencia.



Apretaba mis dientes casi hasta quebrarlos por la fuerza que hacía mientras mantenía mi abrazo en Lumia.



Tenía una rabia indescriptible. Aunque la controlé, estuve viendo hacia la lejanía, al horizonte donde saldría el sol.



Lágrimas se deslizaban sobre mis mejillas, aunque las sequé rápidamente mientras Lumia admiraba el paisaje.



El sol comenzó a asomarse aún más en el horizonte. Cociné algo rápido para desayunar. Mientras seguíamos nuestro viaje hacia la aldea humana, le enseñé algunas cosas a Lumia sobre la magia. Aunque yo no podía usarla, al menos esperaba que Lumia pudiera.



Esto resultó en algo positivo. Me recordaba a mí misma cuando mi madre me enseñó a usar la espada y el arco. Era divertido. Mis padres me regañaban por dañar la casa… suspiro.



Lumia logró dominar un hechizo, el más fácil de todos: una pequeña esfera de luz. Me sorprendió lo rápido que dominó el hechizo. Verla saltar y corretear tras aquella esfera era encantador. Quise unirme a ella y jugar, y luego de pensarlo un momento y cambiar mi expresión, salté tras ella.



Esa tarde fue tan divertida, aunque me cansé de más.



La noche estaba cayendo.



El camino era largo, y aunque había un bosque a lo lejos donde podríamos acampar, no me gustaba la idea. Sin embargo, era lo más seguro.



Entramos caminando por un sendero, y mi mente vagaba entre recuerdos y pensamientos. Mientras más nos adentrábamos, un pesar se hacía más notable en mí. Había estado ignorándolo, pero en esta situación me resultaba imposible. Me sentía perseguida. Me aferré a Lumia, un poco agitada. Ella lo notó y comenzó a mirar hacia todos lados.



Noté su preocupación y traté de calmarme lo mejor que pude para no preocuparla. Hicimos una fogata y un campamento más grande para refugiarnos. Había muchas ramas y, a medida que avanzaba la noche, todo se volvió oscuro y perturbador.



No podía dormir. Lumia, ya notando que algo iba mal, se aferró a mí, intentando consolarme con fuerza. Eso me rompió. La abracé y traté de contarle lo mal que estaba, pero solo lloré abrazándola.



Antes de dormirme, le dije unas palabras:«Lumia, gracias por estar a mi lado.»



Amel se había quedado dormida.



Era tranquilizante verla dormir, me quede rastreando a los animales y bichos que se intentaban acercar hacia nosotras, Yuka solo quería hablar. 



Fue un buen inicio el hablar de Amel, Yuka no paraba de balbucear, me reía, lo mala que era Yuka con Amel. 

Aunque nunca llegaba al punto de ser algo realmente malo.

 «Yuka, basta— Por cierto» dije intentando parar de reír



 “¿Sí?” se escuchó con un tono algo serio.



«Yuka, ¿has recordado algo?» dije con algo de positivismo.



 “No, aún no, aunque me vienen imágenes de algún lugar lleno de piedras”



 «¿Piedras? Bueno… ¿Al menos puede estar cerca?» dije dudando.



“No. Lumia. Lo siento” respondió Yuka con tristeza.



 “Por cierto cambiando de tema quieres que te cuente algo sobre el mundo” dijo Yuka



«Bueno, te escucho» dije engulléndome en mí misma



“Bueno, ¿por dónde comienzo? Existen varios reinos. Ocho creo que eran, mayormente son de humanos”, me contó Yuka con nostalgia.



«Mmm entonces, ahora mismo vamos hacia un reino humano.», le dije con comprensión.



“Bueno, si en la dirección en la que vamos puede ser que lleguemos en 3 meses a alguna frontera humana”, añadió Yuka con cansancio.



 «Tú ni siquiera caminas.» Le reproché. 



“¡Eh!” Gruño Yuka intentando defenderse.



«No te preocupes» dije a Yuka con cariño.



«Está bien» acepto con alivio.

La noche seguía tan lenta y rápidamente a la vez, me sentía tan en paz, el lugar era tan pequeño, no había amenazas e incluso había más lugares para explorar.



Amel aun profundamente dormida comenzó a moverse un poco, casi templando, avive el fuego como ella siempre lo hacía.

Habían pasado muchas cosas, era raro, pero mucho de lo que paso, no lo entiendo.



Yuka sabía… pero no me quería decir nada. Le reproché este hecho, pero seguía insistente en no hablar.

Pero En poco tiempo podremos ir a una ciudad humana. Aunque sabía que habría algunos conflictos al menos podríamos ocultarnos



«Lumia, ¿qué harás con ella?», me preguntó Yuka refiriéndose a Amel, cosa que me saco de mis pensamientos.



«¿Puede venir con nosotras?», le propuse con ilusión.



“Bueno, creo que no”, me negó Yuka con lógica.



«¿Por qué?», le reclamé con indignación.



“Es un elfo y los humanos y elfos siguen enemistados”, me recordó Yuka con seriedad.



«Si, lo sé» dije triste, Pero, quería que nos acompañara siempre, le insistí con terquedad.



“Ahg, Lumia sabes muy bien que es muy peligroso.” Decía Yuka intentando hacer que Lumia se olvidara de esa idea.



«Por favor» seguía insistiendo, en una escena de mi mente pareciera que le suplicaba a alguna estrella… 



“Bueno, Lumia. Conozco algunos hechizos para disfrazarla, pero no son muy potentes. Igualmente tendrían que estar un poco alertas”, me advirtió Yuka con precaución.



«¡Eso es genial, Yuka! Eres increíble como siempre», le alabé con admiración.



“(suspiro) está bien, pero no lo voy a hacer de nuevo. No quiero gastar mi preciosa reserva mágica”, aceptó Yuka con resignación.



«Está bien, ¡Hazlo!», le ordené con emoción.



“¿Ahora?”, me preguntó Yuka con sorpresa.



«¡Sí!», le confirmé con impaciencia.



“Pero no le… ¿?, (suspiro) está bien, Lumia”, cedió Yuka con exasperación.



Una bruma descendió en todo el bosque y lo único que se podía ver era el fuego. Me quedé mirando hipnotizada. Amel ni siquiera noto todo lo que estaba pasando, estaba muy cansada.



El día llegó y Ámel estaba despertando, cuando dio un «¡Eh!» de la sorpresa por tenerme justo en su cara.



«Buenos días, Amel. Te ves tan diferente», le dije con una sonrisa pícara.



«Eh, sí, buenos días, Lumia», dijo Amel con confusión, mientras se estiraba y despertaba.



Amel, con hambre, comenzó a hacer un desayuno con varios tipos de hongos y plantas, y me sorprendía lo mucho que se estaba esforzando fui tras ella para ayudarle.

El tiempo siguió su curso y ya estábamos prontas a comer.



«Amel, ¿todavía no notas nada?», le dije con un berrinche, mientras servía la comida.



«Lumia, ella no notará nada… es solo una ilusión, ¿además como esperas que se dé cuenta?», dijo Yuka rápidamente.



«¿De qué hablas, Lumia? ¿Qué debería notar?», dijo Amel, mostrando su desconcierto sin saber qué estaba pasando.



«Oh, bueno… Amel, tus orejas», le dije sin entender cómo funcionaba el hechizo.



«¿Mis orejas? ¿De qué hablas, Lumia? ¡Ahh!», gritó Amel, con asombro mientras miraba su reflejo en la poca agua que había traído.



Yuka le explicó un poco, ya aburrida de la situación. Aunque no era tan fuerte, la magia se podía ocultar fácilmente.



Amel no comprendió mucho al igual que yo, pero esta magia era desconocida incluso para Amel.



Las horas pasaron y Amel ya se había acostumbrado a su nueva apariencia.



Comenzamos a caminar para salir del bosque. Aunque tardamos un tiempo, logramos salir. A lo lejos podíamos ver asentamientos humanos. 



«Hey Yuka, no habías dicho que tardaríamos 3 meses…» dije viendo hacia lo lejos desconcertada.



“¿Eh?, estoy tan sorprendida como tu Lumia.” Dijo Yuka.



«Oh por fin una aldea humana» grito Amel mientras se desplomaba en el suelo



«Bueno que estamos esperando vamos» dije contenta.



Aunque fui la única Amel me detuvo mientras que Yuka me gritaba que parara.



Aunque estábamos lejos del aquella ciudad humana, se podían ver claramente.



Mientras nos acercábamos, podíamos ver mejor el área. Un muro pequeño, casi improvisado de madera con puntas, rodeaba la aldea. Había un soldado en la entrada que estaba sentado y, al vernos, se nos acercó con una mirada seria.



«Identificaos, ¿quiénes sois y a qué habéis venido aquí?», dijo el soldado, mientras sostenía su lanza.



Amel dudaba de qué decir, mientras que yo miraba todos los alrededores con fascinación.



«Hola, mi nombre es Amel y ella es Lumia», dijo Amel presentándonos.



«Okay, señorita. Mi nombre es Marcus», dijo el soldado respondiendo y agregó: «Necesito vuestra información, ¿de dónde venís Y qué asuntos tenéis aquí?»



«¡Venimos del bosque!», dije con una sonrisa inocente.



El soldado nos miró con desconfianza, mientras analizaba lo que dije. Por otra parte, Amel se sobresaltó un poco, pero al final todo salió bien. Amel le explicó que se habían ido de su pueblo por buscar mejores trabajos y que habíamos acampado en el bosque de aquí cerca.



Por otro lado, aunque costó, las súplicas de Amel para quedarse un tiempo fueron escuchadas. Y logramos entrar. El soldado nos dio indicaciones para ir a sacar una especie de identificación.



Mientras caminábamos, veíamos hileras e hileras de cultivos. Gente trabajando en las tierras, con ropas humildes y rostros cansados pero felices. Todo era interesante, pero tampoco podíamos quedarnos mucho tiempo admirando esto. La gente nos miraba con desconcierto y un poco de timidez. No sabíamos el porqué.



Llegamos al centro de la aldea, donde había más movimiento y ruido. Había unos niños correteando detrás de un animal de cuatro patas, que ladraba y movía la cola. Tal vez una ¿bestia menor?



“No”, dijo Yuka.



«¿Qué es entonces?», pregunté mientras miraba al animal con curiosidad.



«Es un perro, es parecido a un lobo, pero no los que conoces, Lumia», dijo Amel, ya que había notado que lo estaba mirando mucho.



Yuka chistó algo molesta, aún con su descontento con Amel.



Entramos a una casa, que era del dueño del pueblo.



«Hola, niñas, ¿en qué las puedo ayudar?», dijo un viejo hombre que se sostenía con un bastón. Tenía el pelo blanco y la piel arrugada, pero sus ojos brillaban con bondad.



«Mira, Amel, ese humano es muy viejo», le dije en voz baja.



Amel ni se inmutó.



Yuka reía a carcajadas dentro de mí.



El anciano arqueó una ceja, pero no dijo nada.



«Ejem, bueno, pueden tomar asiento. Les prepararé una bebida. Y me pueden llamar Grent», nos ofreció el anciano, invitándonos a entrar en su casa.



Nos sentamos en unas sillas de madera y, al cabo de un rato, volvió con tres tazas.



«Esto es todo lo que les puedo ofrecer, señoritas. Bueno también me parece mal hablarles así. ¿Cómo se llaman?», nos preguntó el anciano, sirviéndonos una bebida caliente y dulce.



«Ella es Lumia y yo soy Amel…», dijo Amel, señalándome.



«Oh, nombres muy preciosos. ¿Algún apellido? Aunque lo dudo…», dijo el anciano, mirándonos con interés.



Nos miramos algo desconcertadas, Amel tenía uno, pero era mejor no decir nada. Solo negamos con la cabeza.



«Lo supuse, son plebeyas», dijo el anciano, asintiendo con la cabeza.



«¿Plebeyas?», pregunté, sin entender.



«Sí, plebeyas. Es decir, personas que no tienen ningún título ni rango social. Como yo, por ejemplo», nos explicó el anciano, con una sonrisa amarga.



«Oh, ya veo. Bueno, nosotras no nos preocupamos por esas cosas. Solo queremos vivir libres y felices», le dije, con una sonrisa sincera.



«Qué bonito es oír eso, niñas. Ojalá todos pensaran como vosotras. Pero me temo que el mundo no es tan simple. Hay muchas injusticias y conflictos que hacen sufrir a la gente. Por ejemplo, la guerra entre los humanos y los elfos», nos dijo el anciano, con una mirada triste.



«¿La guerra? ¿Qué guerra?», pregunté, con sorpresa.



«¿No lo sabéis? ¿De dónde habéis salido?», nos preguntó el anciano, con asombro.



«Del bosque», le dije, con inocencia.



El anciano nos miró con incredulidad, mientras Amel se ponía nerviosa.



«Bueno, hace años que los humanos y los elfos están en guerra. Los humanos quieren expandirse, los elfos quieren proteger su hogar. Es una situación muy triste», nos contó el anciano con pesar.



«Qué horrible. ¿Por qué no pueden vivir en paz? ¿Por qué no pueden ser amigos?», pregunté, con indignación.



«Es una buena pregunta, niña. Muchos nos la hacemos, pero no hay respuesta fácil. Hay muchos intereses y prejuicios que impiden la paz. Solo unos pocos buscan la armonía en lugar del odio. Como yo, por ejemplo», dijo el anciano con una sonrisa melancólica.



«A qué se refiere señor Grent», Amel pregunto, con curiosidad.



«Quizás os sorprenda, pero estoy casado con una elfa. Nos conocimos hace años y nos enamoramos. Vivimos felices en el bosque hasta que la guerra nos separó. Ella se quedó con su pueblo y yo vine aquí. Desde entonces, solo nos vemos en secreto. Es muy duro, pero no podemos renunciar a nuestro amor», confesó el anciano con lágrimas en los ojos.



«Oh, qué bonita y triste historia. Me recuerda a un cuento que me contaba mi madre», dijo Amel, con empatía.



«¿Tu madre? ¿Dónde está?», nos preguntó el anciano, con interés y algo de sospecha.



«Ella… ella murió. Hace mucho tiempo», dijo Amel con pesar.



«Lo siento, niña. No quería hacerte recordar algo tan doloroso», nos dijo el anciano, con compasión.



«No se preocupe, señor Grent», dijo Amel amargamente.

«Yo tengo a Amel y a Yuka» dije interrumpiendo su charla.



«¿Yuka? ¿Quién es Yuka?», nos preguntó el anciano, con confusión.



«Ella es… ella es…», titubeé, sin saber qué decir.
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