El lunes en la mañana llegó y por fin estaba de nuevo en la escuela. Mi rutina era la de siempre, un café antes de mi primera clase y caminar por los pasillos saludando gente conocida. Pero había algo más urgente. Mis ojos buscaban entre la multitud, aunque era obvio donde estaba. Al cruzar la puerta del aula, instintivamente miré al lugar de Luisa, encontrándola ya en él, inmersa en un libro.
Me acerqué, sintiendo una mezcla de nerviosismo y expectativa. Luisa levantó la vista y sonrió al verme, un gesto que me calmó inmediatamente.
—Buenos días —dije, intentando sonar más alegre de lo que realmente me sentía.
—Hola, Sara. ¿Cómo estás? —preguntó Luisa, marcando la página de su libro y cerrándolo.
—Estoy bien, gracias. ¿Y tú? ¿Qué lees? —pregunté, buscando iniciar una conversación.
—Una novela que encontré en la biblioteca. Algo leve para pasar el tiempo antes de clase —respondió ella, mostrándome la cubierta del libro brevemente. —Aunque, si me preguntas, está un poco aburrida.
—Ya veo— dije tratando de seguirla —Oye, ¿tienes algo que hacer después de clases? —pregunté, medio esperanzada de poder pasar más tiempo con ella.
—No realmente, pensaba ir a la biblioteca un rato, para avanzar con la tarea —respondió Luisa, pareciendo contemplativa.
—¿Te gustaría ir a tomar algo? Te puedo invitar un café o un helado si prefieres —sugerí
—Suena bien, me encantaría —dijo Luisa con una sonrisa que me llenó de una sensación cálida y reconfortante.
El profesor entró interrumpiendo nuestra conversación. Mientras comenzaba a preparar su material, caminé hacia mi lugar en los pupitres de atrás, y desde ahí miré a Luisa quien para este momento parecía completamente enfocada en la clase. Comencé a recordar nuestra salida del fin de semana, nuestra conversación, y de pronto vino a mí el recuerdo de su cara enrojecida por el sol mientras le untaba bloqueador en las mejillas. Mi propio rostro se sintió caliente y traté de disiparla sensación para poner atención en la clase que parecía transcurrir demasiado lenta.
Tras horas de clase finalmente podría acercarme de nuevo a Luisa, pero antes de poder ir hacia su lugar fui interrumpida por Majo, cuya presencia había omitido.
—¡Sara! ¡Espérame! —exclamó Majo, alcanzándome justo antes de que pudiera avanzar hacia Luisa. Era inevitable, mi amiga tenía la energía de un torbellino que capturaba toda atención.
—¿Qué pasa, Majo? —pregunté, tratando de ver a Luisa quien comenzaba a guardar sus cosas.
—Nada, es que te he visto muy distraída estos días, y quiero recordarte que mañana me tienes que acompañar a comprar las cosas para la fiesta.
Me quedé en silencio por un momento tratando de recordar a qué se refería
—La fiesta sorpresa para Liz
—Sí, ¿Cómo crees que se me va a olvidar? —Dije tratando de ocultar el hecho de que en realidad sí lo había olvidado
—Bueno, te lo digo porque lo vamos a llevar todo en tu coche hasta mi casa y luego…
—Majo—Dije interrumpiéndola —Si quieres mañana lo planeamos bien, tengo algo que hacer hoy —Dije mirando hacia el lugar de Luisa.
Majo pareció notar hacia donde miraba, sonrió antes de responder
—Sí, no te preocupes, lo vemos mañana— dijo
En seguida me aproximé al lugar de Luisa, quien parecía esperarme en su lugar, antes de poder decir algo escuché la voz aguda de Majo hablar desde la puerta del aula.
— ¡Nos vemos Luisa, que se diviertan! — exclamó mi amiga en voz alta agitando la mano
Luisa levantó la mano brevemente y saludó con una sonrisa tímida
—¡Sara, le cuentas lo del plan! —Dijo finalmente y salió dejándonos solas
Sonreí a Luisa, sin saber cómo responder ante la intervención de Majo, pero sobre todo agradecida por el espacio que finalmente teníamos.
—¿Lista para irnos?
—Si— respondió brevemente mientras se colgaba la mochila al hombro.
Caminamos juntas hacia el estacionamiento entre el bullicio de la tarde, los cambios de clase, las conversaciones de los estudiantes y el sol que resplandecía fuertemente sobre nosotras.
—¿Oye, de qué plan hablaba Majo hace rato? —Preguntó Luisa con curiosidad
—Ah, pues, es que el viernes es cumpleaños de Liz, y le estamos organizando una fiesta sorpresa, y sería bueno que me acompañes
Luisa se detuvo un momento
—¿Yo? ¿Me estás invitando a la fiesta de tu amiga? —Preguntó con evidente sorpresa
—Si, al parecer les caíste bien, entonces ¿Quieres venir?
—Si, está bien — respondió tímidamente
Sonreí ante su afirmativa y seguimos nuestro camino al estacionamiento.
—No te preocupes, yo puedo llevarte a la fiesta, va a ser en casa de Majo, y si se nos hace muy tarde, te puedes quedar conmigo, así que ve preparada, ¿okay? —Dije quitando el seguro para subir a mi auto.
Luisa ocupó el asiento del copiloto y puso su mochila sobre sus piernas, no era la primera vez que viajaba conmigo, pero aún parecía tensa en esta situación.
—Entonces, ¿Un helado? —Pregunté abriendo la navegación GPS
—Sí, estaría bien —Respondió tímidamente
—Mira, aquí dice que hay una heladería cerca, y está de camino a tu casa, Vamos para allá —Sugerí poniendo en marcha el auto.
El trayecto era casi silencioso salvo por el resoplar del aire acondicionado y la música que llevaba a un volumen suave. Luisa miraba por la ventana al paisaje de las calles que parecían estrecharse conforme avanzábamos. Yo trataba de enfocar mi atención en el GPS que indicaba que estabamos cerca del lugar, así que comencé a buscar dónde estacionarnos.
La heladería era simple pero acogedora, una enorme vitrina que exhibía todos los sabores de helado para elegir, recipientes con agua de frutas que rebosaba de hielos y un refrigerador transparente donde se exhibían bebidas embotelladas. Algunas mesas distribuidas en el interior y exterior del local.
Miré la lista de precios que colgaba sobre la caja registradora, y luego a Luisa que parecía leer con atención el menú.
—Buenas tardes —Dije dirigiéndome al cajero — va a ser un helado sencillo, por favor
—Claro, ¿algo más?
—Luisa, ¿tú qué vas a querer?
—¿Tiene flotantes? —Preguntó tímidamente
—No la escuché, señorita —Respondió el chico que nos atendía
—Flotantes — reiteré
—Sí, si tenemos
—Perfecto, uno de esos y el helado sencillo — señalé sacando mi cartera —Yo invito —Dije mirando a Luisa quien permanecía ligeramente detrás de mí.
Tras recibir nuestros helados tomamos lugar en una mesa que tenía vista hacia el exterior, un lugar fresco y bien iluminado. Miraba a Luisa picotear el helado de limón que flotaba sobre el refresco de cola y una ligera sonrisa se dibujaba en su rostro al tomar el primer sorbo.
—¿Está bueno?
—Si
—¿Me dejas probar? —pregunté.
Luisa asintió y acercó su vaso hacia mí, tomé su mano que aún sostenía el vaso y acerqué mis labios al popote, tomé un sorbo sintiendo como el helado parecía derretirse en el gas. Era una bebida dulce y semi densa, un sabor interesante, que solo quedaba opacado ante la mirada estática de Luisa, y su mano que parecía más fría que el propio helado.
—Está rico— comenté apartándome y soltando su mano—Aunque si me preguntas, en Querétaro están mejor— afirmé con una sonrisa
—¿Son diferentes allá? —Preguntó con su característica voz grave
—Sólo imagínate, vas a un viñedo, y te sirven un helado de limón, pero en vez de refresco, lleva una copa de vino
—Suena a una combinación interesante
—Lo es —respondí con entusiasmo —Deberías ir conmigo a la ruta del vino en Tequisquiapan, aunque, jaja, no pregunté, ¿te gusta el vino?
—Sí, aunque no suelo tomar mucho
—Bueno, entonces tenemos un plan. Te llevaré a Tequis cuando haya oportunidad, tipo en vacaciones de verano. Hay que organizarnos bien para el fin de semestre ¿sí? —le dije, emocionada por la idea de compartir con ella algo tan personal como un viaje
Luisa sonrió, asintiendo lentamente, la expresión que tenía la hacía parecer intrigada por la idea. Poco a poco estaba aprendiendo a entender sus micro expresiones, a leerla entre líneas y eso me hacía sentir más cercana.
—La ruta del vino, de primeras suena a una antesteria moderna — Comentó Luisa algo pensativa
—¿Una qué? — Pregunté cofundada
—Mira, había un dios del vino en la antigüedad y se hacían festivales en su honor, eso es— comentó luisa antes de dar un sorbo a su bebida —Si lo piensas bien, el alcoholismo es histórico
Reí por su comentario y la forma tan peculiar que tenía de ver las cosas, una mezcla de humor y conocimiento que encontraba cada vez más encantadora.
—Entonces, ¿estás diciendo que salir a tomar vino es parte de continuar una tradición milenaria? —bromeé, siguiendo su línea de pensamiento.
Luisa sonrió, sus ojos parecían brillar
—Algo así. Quién sabe, tal vez la humanidad sigue buscando lo mismo desde hace siglos: un escape de la realidad.
Los ojos de luisa parecían brillar mientras hablaba de ese pasado que no vivió, y el momento parecía perfecto. La luz iluminaba su rostro resaltando la constelación de pecas sobre su nariz, Luisa parecía tener un halo casi etéreo, y con esta sensación vino un creciente calor en mi pecho que se manifestaba aún con el frío del helado pasando por mi garganta.
Noté que la nieve de vainilla comenzaba a escurrir en mis dedos y me apresuré a terminar mi helado e ir por una servilleta para limpiarme.
—Bueno, ya terminé mi helado, me dices cuando estés lista para irnos —dije rompiendo el silencio y tratando de volver al momento
—Sí, también ya terminé — Dijo Luisa levantándose de su lugar
—Yo me llevo esto —Dije tomando su vaso vacío
Luisa me agradeció y se colgó su mochila en el hombro. Caminamos hacia el auto que había estacionado al otro lado de la calle.
—Entonces, ¿Cómo te sientes acerca de ir a la fiesta de Liz? —pregunté mientras encendía el motor
Luisa ajustó el cinturón de seguridad y se acomodó en su asiento antes de responder.
—Nerviosa, la verdad, no voy a muchas fiestas, pero también me alegra que me hayas invitado.
—Te prometo que te la vas a pasar bien, a mis amigas les agradas, y vas a conocer más gente.
—Eso suena bien. Y gracias, por llevarme —dijo Luisa, mirando por la ventana mientras el paisaje urbano comenzaba a quedar atrás conforme avanzábamos.
Al llegar a donde el GPS indicaba que era su casa, estacioné frente a la entrada, había una reja metálica que cubría el frente, la cual permitía ver a través de ella un pequeño patio con garaje, una camioneta estacionada y lo que parecía ser la entrada principal a la casa.
—¿Es aquí? —Pregunté
—Sí, aquí vivo. Cuando gustes eres bienvenida —Dijo Luisa desabrochándose el cinturón de seguridad.
—Gracias, y nos vemos en clase —dije, no queriendo que el momento terminara.
—Gracias a ti, por el helado... y por traerme hoy. Me gustó mucho salir contigo —dijo, y por un momento, nuestros ojos se encontraron atrapándonos a ambas en el momento.
—A mí también me gustó. Y cualquier cosa que necesites esta semana, solo dímelo —respondí, sintiendo otra vez ese calor en mi pecho.
Luisa asintió y abrió la puerta del auto.
—Nos vemos —dijo, y antes de salir, me dio una última mirada.
Miré cómo se alejaba hacia la entrada de su casa, y luego arranqué el auto para volver a mi depa, mi mente estaba llena de pensamientos difusos sobre la conversación, un viaje, y las selfies que haría en un viñedo.
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