Lilith se encargó de dibujarnos algunas marcas en los rostros y brazos, símbolos oscuros y antiguos que podrían pasar por marcas de rituales. Nos miramos y, por un instante nos vi transformadas en brujas reales. Respiré profundo y pensé en Alice, en su rostro, su sonrisa, y en los horrores que seguramente estaba enfrentando. Era una imagen que encendía en mí una rabia brutal y silenciosa. Levanté el bate que siempre guardaba bajo mi asiento, lo sostuve fuerte con mi mano derecha y miré a las demás
—¿Listas? —pregunté en voz baja
Asintieron casi en silencio y nos dirigimos hacia la puerta del templo. Antes de entrar Morgana se encargó de encender una de las velas, su llama temblaba en el aire frío de la noche. Lilith abrió la puerta que crujió al moverse y nos recibió un olor a polvo, humedad y cera vieja que venía del interior. Caminamos en fila, dejando que el eco de nuestros pasos resonara por los pasillos. En medio del lugar, pude escuchar voces masculinas, susurros apagados, y las noté tensarse al verlos.
—¿Quién está ahí? —gruñó uno de los hombres, retrocediendo un paso al vernos.
No respondimos. En lugar de eso, comenzamos a encender las velas y a susurrar palabras inventadas, susurros graves y oscuros que simulaban una lengua muerta. Morgana, con una expresión que parecía salida de una pesadilla, extendió sus manos, dejándolas caer manchadas de la sangre de res que llevábamos en la cubeta. Circe, la más hábil con las palabras, se dirigió a los hombres con voz solemne y cargada de una malicia fría.
—Hemos venido a recuperar lo que nos pertenece. Las sombras exigen justicia y nosotras somos su juicio —dijo, y comenzó a caminar en círculos alrededor de ellos, dejando una línea de sangre que iba formando un círculo de supuesta protección o confinamiento.
Los hombres retrocedieron, y pude notar la duda y el miedo en sus rostros. Al mirarlos bien, no eran aterradores, si no patéticos, rostros pueriles y sudorosos horrorizados ante un truco tan simple. Tal como lo dijo Circe horas antes "todo devoto tiene un punto débil, su propia fe, y si creen en Dios, le temen al diablo". Comenzaron a susurrar oraciones, algunos tomándose las manos, otros intentando recordar los versos de algún salmo.
Aprovechando el ambiente de tensión, levanté el bate, y con una expresión desenfrenada, lo dejé caer contra el suelo con fuerza. El ruido resonó como un trueno, y ellos dieron un paso atrás, desconcertados y asustados.
—Somos las brujas que quemaron, regresamos para devorar sus almas podridas —dije, con tono de voz que no era del todo mío, como si una energía oscura se hubiera apoderado de mis palabras.
Los hombres, desesperados, empezaron a murmurar, algunos se apartaron como si la sola presencia de nuestras "brujerías" fuera a dañarlos. Lilith se acercó a uno de ellos y, con la expresión más siniestra que pude imaginar, susurró en su oído palabras que solo él escuchó, pero que fueron suficientes para que cayera de rodillas, temblando.
Para este punto, sabíamos que el temor estaba ganando terreno. Algunos de los hombres murmuraban entre sí, preguntándose si estábamos realmente "poseídas" o si éramos el demonio encarnado que habían temido toda su vida. Fue entonces cuando comencé a mover el bate en círculos sobre mi cabeza, como si estuviera preparando un hechizo, y caminé hacia el líder del grupo, el que creía que todo esto era una herejía que él debía destruir.
—¿Dónde está nuestra hermana? —mi voz era un susurro grave y mortal.
Uno de ellos me miró, intentando recobrar la compostura, pero su rostro palideció.
—No sé de qué hablas… pero si eres una bruja, mereces la purificación.
—¿Purificación? —pregunté con sarcasmo, amenazándolo con el bate— Tu dios no te va a salvar de mí.
Morgana tomó las vísceras que llevaba en la cubeta y las arrojó a los hombres que quedaron manchados de sangre y carne, y con el olor metálico que comenzó a parecer vomitivo. Pude ver sus caras de miedo y asco, retrocedieron de inmediato mientras nuestras risas llenaban el aire. Finalmente, uno de ellos cayó en el suelo y comenzó a gritar, implorando perdón.
—Responde a mi pregunta ¿Dónde está?
—¡Está arriba! —dijo con una voz chillona, completamente rota—La encerramos en uno de los cuartos…
Me aparté del hombre sudoroso y patético que parecía estar al borde del llanto, y me dirigí escaleras arriba viendo como él y sus compañeros huían despavoridos. Sostuve el bate frente a mí con toda la firmeza que me fue posible mientras me dirigía hacia las habitaciones, pero justo al llegar a la planta alta, me encontré con una desagradable sorpresa.
Había un hombre solitario interponiéndose en mi camino, y a diferencia de los demás no parecía impresionado por la puesta en escena, ni las supuestas "brujas" ni el ritual que habíamos montado. Por el contrario se notaba furioso mientras apretaba un rosario en su mano derecha. Su ceño fruncido enmarcado por la montura de sus gafas era evidente y a diferencia de los otros que usaban vestimenta simple, este usaba una túnica que remitía al atavío sacerdotal, pero como una mala imitación, una bastante sucia y desaliñada. Me miraba con desprecio, y pude ver en sus ojos un desquicio que no había en los otros.
—No caeré ante un grupo de brujas insignificantes como ustedes —me espetó con una voz entrecortada y furiosa—Su magia no tiene efecto en alguien con una fe tan poderosa como la mía. Ustedes son el portal de la corrupción y el pecado, y deben ser reeducadas, como las otras.
Al decir esto, su rostro se llenó de una arrogancia que me repugnó. Sus palabras me sonaron conocidas. Pensé en la única persona que podría expresarse de una manera tan asquerosa. Sentí la tensión apoderarse de mi cuerpo y apreté el agarre de mi mano sobre el bate.
—¡No necesito magia para romperte tu puta cara!
Y en un movimiento impulsivo, levanté el bate y le acerté un golpe en la cabeza, con una fuerza que no sabía que tenía. Sus gafas se rompieron por el impacto, pero el crujido del plástico quedó opacado ante el sonido de la madera chocando con su cráneo. Nunca en mi vida había golpeado a una persona, pero fui muy consciente de la consistencia de la carne y el hueso vibrando a través de mis manos. El hombre se tambaleó hacia atrás con la expresión de dolor y desconcierto. La sangre comenzó a escurrirle por un costado mientras luchaba por mantenerse de pie, solo resistió de pie unos segundos antes de desplomarse pesadamente en el suelo.
Mis manos temblaban, no sabía si de rabia, miedo o por la fuerza con la que aún me aferraba al bate. Mi respiración se volvió agitada, ruidosa, y el peso del bate en mis manos de repente se sintió abrumador, mis manos se sentían frías y sudorosa, y el único dolor perceptible para mí era la tensión de mi cuerpo engarrotado. Al verlo tirado en el suelo, con el cuerpo torcido y el rosario aun colgando entre sus dedos tuve una sensación extraña, era una satisfacción llena de ansiedad, la evidencia de que podía estar tranquila, y al mismo tiempo la sensación de que ya no sería la misma persona. La idea de haber lastimado tan gravemente a alguien me dejó paralizada. No pude reparar en ello por mucho tiempo, los pasos que se aproximaban por las escaleras indicaban la cercanía de las otras chicas. Lilith me tocó el hombro suavemente reconectándome con la realidad.
—Evelyn, tenemos que buscar a Alice
No respondí nada, solté el aire y cerré los ojos por un instante, obligándome a controlar el temblor en mis manos. Alice me necesitaba, y racionalizar lo que sea que estuviera sintiendo tenía que quedar en segundo plano. Caminamos por el estrecho pasillo que antecedía las habitaciones, nos dividimos para examinar más rápido lo que había tras las tres puertas cerradas. Me coloqué frente a una de las puertas, giré el picaporte con la mano izquierda, mientras mi mano derecha aún se aferraba con fuerza al bate, previniéndome de lo que pudiera encontrar ahí.
Era una habitación vacía de personas pero en ella había una escena que me parecía profundamente perturbadora. El cuarto estaba iluminado por una tenue luz rojiza, proveniente de unas velas encendidas en el suelo y dispuestas en un círculo. En el centro, había un catre viejo con cuerdas enredadas en sus extremos, y las paredes además del moho que las cubría llevaban en ellas frases en latín que parecían dictar sentencias o invocar maldiciones: "Corpus corruptum purificetur" (el cuerpo corrupto será purificado) y "Feminae peccatum portae inferni" (las mujeres son la puerta al infierno). Me acerqué al catre en el centro de la habitación y pude ver las marcas de lo que solo podía ser una evidencia de tortura: cuerdas desgastadas, manchas oscuras sobre la tela y un hedor que me revolvió el estómago. Todo en ese lugar gritaba haber atestiguado violencia y tortura. No tuve tiempo de procesarlo más allá, la voz que venía del pasillo me sacó de la examinación.
—! Las encontramos! — gritó la voz aguda de Agatha
Me apresuré hacia la habitación donde estaban ella, y las otras chicas. Un olor a sangre y orina se intensificaba al acercarme, y al entrar descubrí una escena perturbadora. Eran tres chicas con las manos y pies atados de modo que les era imposible moverse, amordazadas con trapos sucios. La habitación apenas tenía una pequeña ventana con los vidrios rotos, en si era un espacio reducido, y en la semioscuridad de esa pocilga pude identificarla, su cabello negro enmarañado, sus manos atadas con fuerza y pegadas en su espalda, el rostro pálido y la mirada perdida, esos ojos que recordaba vivos y curiosos se habían apagado.
Me puse de rodillas sin poder contener las lágrimas, y comencé a desatar los nudos de sus manos. Su cabeza se alzó con esfuerzo, y pude ver que tenía algunas marcas en el rostro y los brazos, señales de las horas de tortura y sufrimiento. Cuando me vio, sus ojos se llenaron de lágrimas, ninguna de las dos pudo decir nada, y los ruidos de mis compañeras liberando a las otras dos víctimas se hicieron difusos. Alice no podía ponerse de pie ni sostenerse por sí misma, estaba débil. Se aferraba a mí con dificultad y sollozando, y yo la abrazaba con alivio y rabia mezclándose en mi interior. Deseaba sacarla de ahí y quemarlo todo, ese lugar horrible junto a todos los que le hicieron daño.
—Llamé al 911 —Dijo Circe —Dicen que van a mandar una patrulla y una ambulancia
—Nosotras grabamos —respondió Morgana —Por cualquier prueba que nos pidan tenemos grabado todo lo que hay en este lugar
Yo aún desconfiaba de la justicia institucional, fue su incompetencia lo que me trajo a tomar el asunto con mis propias manos en primer lugar.
—No te preocupes por el tipo al que le pegaste — dijo Lilith mientras sostenía a otra de las chicas —Fue en defensa propia y todas lo vimos.
Agatha y Lilith ayudaron a levantar a las otras dos chicas, quienes estaban en un estado similar: agotadas, con heridas visibles y marcas de la violencia que habían sufrido.
Agatha y Lilith ayudaron a levantar a las otras dos chicas, quienes estaban en un estado similar: agotadas, con heridas visibles y marcas de la violencia que habían sufrido. Los ojos de cada una reflejaban el horror de lo que habían vivido, pero también una chispa de alivio al verse por fin fuera del control de aquellos que las habían atrapado.
Circe revisó los pasillos para asegurarse de que el lugar estuviera despejado. La amenaza parecía haberse disipado, pero aun en el silencio y la aparente calma se sentía un ambiente pesado e inquietante.
—Evelyn… —susurró Alice, su voz tan débil que apenas fue un murmullo.
—Aquí estoy, mi amor —La apreté contra mí y le acaricié el rostro suavemente, tratando de reconfortarla — no te voy a dejar.
El sonido de sirenas comenzó a acercarse, rompiendo el silencio de la noche, el brillo de las luces rojas y azules se intensificaba a través de las ventanas. En cuestión de segundos había oficiales inspeccionando el inmueble y paramédicos atendiendo a las víctimas. Uno de ellos se acercó y me pidió que me apartara para poder examinar a Alice. Me separé de ella solo unos centímetros, mi mano aún sobre su hombro, y la observé mientras ellos revisaban sus heridas, limpiaban las marcas en sus brazos y le susurraban palabras tranquilizadoras. Ella apenas reaccionaba; su mirada estaba fija en un punto indeterminado, y aunque estaba consciente, era como si su mente estuviera en otra parte.
De repente, Alice movió ligeramente la cabeza y sus ojos se enfocaron en mí. Su voz era tan baja que apenas la escuché.
—Me escuchaste… viniste
Le sonreí con tristeza, acariciando su rostro.
—Nunca te voy a dejar sola, mi amor
Uno de los oficiales se acercó a nosotras.
—Necesitaremos que nos cuenten todo lo que sucedió aquí —dijo en un tono que casi parecía insensible después de todo lo que acabábamos de vivir
Miré a Circe, y luego a Lilith que fue quien finalmente respondió.
—Empezaré a contarles todo, sepan que tenemos grabaciones de todo lo que hay en este lugar, así como información que hemos juntado acerca de lo que pasa en este lugar
Las chicas agregaron más detalles sobre lo que habíamos descubierto: las publicaciones en redes, la obsesión por la “pureza” y la tortura, los intentos de secuestro y las amenazas hacia quienes se atrevían a desafiar sus creencias. A medida que compartíamos los detalles, algunos de los oficiales no podían disimular su incredulidad, pero otros parecían comprender la gravedad de lo que habíamos enfrentado.
Los paramédicos se llevaron a Alice y a las otras chicas al hospital para atender sus heridas y asegurarse de que estuvieran bien. Quería ir con Alice, pero tenía que seguir con el proceso y declarar en la fiscalía. La idea de que se fuera sin mí me llenaba de ansiedad, pero era esto de nuevo, la burocracia cerrándome el paso. Miré como la subían a la ambulancia junto a las otras víctimas. Mientras tanto, a mí me llevaría una patrulla para hacer mi declaración en la fiscalía. En el trayecto, intenté ordenar mis pensamientos y recordar cada detalle de lo que habíamos descubierto y enfrentado. Los ojos del hombre al que golpeé, lo que vimos y vivimos dentro de esas paredes, la ansiedad, la rabia, y todo lo que había sentido, todos esos pensamientos se arremolinaban dentro de mi cabeza, y estaba segura de que me acecharían por mucho tiempo.
Cuando llegamos a la fiscalía, me senté en una fría sala de espera mientras esperaba mi turno. Las luces fluorescentes y el silencio del lugar se sentían como un contraste casi surrealista con el caos y el horror que habíamos vivido apenas una hora antes. Cerré los ojos e intenté calmarme, recordándome que Alice estaba a salvo y que, finalmente, había terminado… o eso quería creer.
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