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La Máscara

El Ex Novio

El Ex Novio

Dec 01, 2024

Después de aquel pequeño percance en el puesto de hot dogs, seguimos caminando por el parque vacío. El aire frío de la noche era reconfortante, y el sonido de nuestras pisadas sobre el suelo cubierto de hojas secas rompía el silencio que nos envolvía. Mientras avanzábamos, también lo hacía nuestra conversación. Poco a poco, fui sacando fragmentos de su verdadera personalidad, pequeñas piezas de su historia que me permitían armar el rompecabezas de quién era realmente.

Me habló de su pasado, de cómo, a diferencia de mí, no había sido una persona popular en el instituto. Había algo melancólico en su voz cuando mencionó eso, un eco de viejas heridas que no habían sanado del todo.

—Nunca fui una de esas chicas que todo el mundo conoce o admira —dijo, mirando al frente, como si buscara las palabras en la oscuridad del sendero—. Ser popular es un privilegio que no todos tienen. Yo vivía bastante marginada del resto.

Hizo una pausa, como si esperara mi reacción. Yo solo asentí ligeramente, animándola a continuar.

—No es que no tuviera amigos —añadió rápidamente—. Tenía algunos, pocos, pero buenos. Ellos me ayudaron a no sentirme sola. Pero el resto de mis compañeros… era como si yo no existiera para ellos. No se molestaban en hablarme, ni siquiera en notar que estaba allí.

Su tono era calmado, pero sus palabras estaban impregnadas de una tristeza que intentaba esconder. Quizás no era algo que la atormentara ahora, pero aún quedaban rastros de esa experiencia en su forma de hablar, en la manera en que evitaba mirarme directamente mientras lo decía.

Yo, por supuesto, no podía comprender ese sentimiento. No había estado en su lugar ni experimentado lo que ella describía. Para mí, el concepto de ser ignorado no tenía esa carga emocional. Pero sabía que debía decir algo.

—Yo también fui un poco marginado en algunos momentos —mentí, con un tono neutro que buscaba ser empático pero sin comprometerme demasiado.

Cualquier otra persona habría comentado algo sobre lo duro que debió haber sido para ella o habría intentado compartir experiencias similares. Pero yo no podía hacerlo, porque no entendía ese tipo de dolor. Para mí, la falta de atención no era un problema, sino una ventaja. Cuanta menos atención reciba, más fácil es para mí moverme, más sencillo es lograr lo que me propongo sin que nadie interfiera. Pero, claro, no podía decirle eso.

—¿De verdad? —preguntó ella, mirándome por primera vez desde que había empezado a hablar de su pasado. Sus ojos reflejaban una mezcla de curiosidad y algo de alivio.

—Sí, aunque no lo parezca —respondí, dejando que una pequeña sonrisa se dibujara en mi rostro—. Supongo que todos hemos tenido momentos en los que nos hemos sentido fuera de lugar.

Ella asintió, aceptando mi respuesta, y el silencio se instaló entre nosotros por un momento. No era incómodo, sino más bien reflexivo.

La conversación continuó, pero era ella quien llevaba la batuta. Yo intervenía de vez en cuando con alguna pregunta casual, lo suficiente para mantenerla hablando. Esa era la mejor forma de comunicación: dejar que la otra persona hable mientras yo escucho, mientras recojo cada detalle de lo que dice.

A medida que hablaba, me enteré de más cosas sobre ella, pequeñas piezas que completaban el rompecabezas de su vida. Me contó que le gustaba tocar el piano, que cuando se sentaba frente a las teclas podía perderse por horas en la música. Su rostro se iluminaba al hablar de ello, como si ese recuerdo alejara por un instante cualquier pesar que pudiera cargar.

—Es como si todo lo demás desapareciera —dijo, sonriendo con cierta timidez—. Cuando toco el piano, es como si nada más importara.

Le devolví la sonrisa, fingiendo estar cautivado por su pasión. Era fascinante lo fácil que era hacer que alguien bajara la guardia cuando mostrabas un interés genuino, aunque fuera falso.

También mencionó que no era muy fanática del deporte.

—Hice atletismo una vez, pero no era lo mío —confesó entre risas—. Prefiero cosas más tranquilas, como leer o escuchar música.

Cada palabra que decía era una ventana a su mundo, una nueva pieza del rompecabezas. Podía ver cómo sus gestos se volvían más relajados, cómo su confianza en mí crecía con cada respuesta. No se daba cuenta de que, con cada detalle que compartía, me daba más poder sobre ella.

Mientras caminábamos, el parque seguía vacío, con la oscuridad envolviéndonos como un manto protector. Su voz resonaba suavemente en el aire frío, y yo seguía escuchándola, observándola, descifrando quién era realmente.

Lo que más me intrigaba no era lo que decía, sino lo que no decía. Las pausas entre sus palabras, los momentos en los que parecía dudar si compartir algo o no. Esos silencios eran aún más reveladores que sus confesiones.

Ella continuaba hablando, sin sospechar que, para mí, cada palabra suya era un nuevo paso hacia el desenlace de nuestra noche.

Todo iba bien, la noche avanzaba con tranquilidad, y la conversación fluía sin obstáculos. Parecía que había logrado el equilibrio perfecto entre mostrar interés y dejar que ella hablara, recopilando cada detalle de su vida. Sin embargo, de repente, decidió llevar la conversación por un camino completamente inesperado.

Comenzó a hablarme de un chico que había conocido en el instituto. Según ella, era hermoso, alguien que destacaba sin esfuerzo. Lo había conocido durante esos años confusos de la adolescencia, y al principio, ninguno de los dos se hablaba.

—Él era uno de los que me ignoraban —confesó, con un tono extraño, mezcla de tristeza y añoranza—. Pero… yo estaba completamente enamorada de él.

Asentí ligeramente, aunque en mi cabeza algo no encajaba. ¿En serio? ¿Acaso esta chica no sabe que en una primera cita no se habla de los ex? Es de muy mala educación. Quiero decir, tienes a tu posible futura pareja delante, ¿y decides abrir viejas heridas hablando de alguien del pasado? Era irritante, pero me guardé mis pensamientos, dejando que mi expresión permaneciera neutral, incluso comprensiva.

Ella continuó, completamente inmersa en su historia, ajena a mis pensamientos.

—Al principio… ni siquiera se daba cuenta de que existía. Pero yo siempre buscaba maneras de acercarme. Intentaba hablarle, sonreírle, pero él nunca me hacía caso. Era como si fuera invisible para él.

Fruncí ligeramente el ceño, aunque no porque me conmoviera su historia, sino porque no podía evitar reflexionar sobre la ironía de todo esto. Invisible… Esa palabra parecía definir una parte importante de ella, al menos según lo que ya sabía.

—Mis amigos no paraban de decirme que tenía que intentarlo, que no podía rendirme. Y al final, un día, decidí hablarle directamente —dijo, con una sonrisa pequeña y algo temblorosa—. Fue… difícil. No hablábamos mucho al principio, pero con el tiempo empezamos a confiar más el uno en el otro.

Mientras la escuchaba, no podía evitar pensar en lo absurdo de todo aquello. ¿Qué pretende contándome esto? ¿Está tratando de advertirme de algo? ¿De mostrarse vulnerable? Lo único que podía sacar en claro es que este chico la había marcado profundamente, quizás incluso la había dejado traumatizada. Ya podía imaginarme cómo terminaría esta historia: con una infidelidad. Los primeros amores siempre son los peores, llenos de idealismos y decepciones inevitables.

Pero entonces, la historia tomó un giro que no esperaba.

—Con el tiempo, nos hicimos novios. Éramos inseparables. Todo el mundo decía que hacíamos una pareja perfecta.

Mis pensamientos se detuvieron por un instante. Ahora estaba intrigado, aunque no de la manera que ella pensaba.

—Incluso… —hizo una pausa, como si no estuviera segura de continuar—, después de terminar el instituto, nos compramos una casa juntos.

Eso sí que me tomó por sorpresa. ¿Una casa? ¿Tan jóvenes? Por su aspecto, no debía tener más de 23 o 24 años. No era común que alguien de su edad hablara de haber compartido una casa con una pareja pasada.

Pero entonces, su tono cambió. Su voz se volvió más baja, más tensa, y su mirada, que hasta ese momento había estado fija en el camino, se desvió hacia el suelo.

—Todo era perfecto al principio… pero luego… algo cambió.

Esperé, casi saboreando lo que venía a continuación. Era obvio que esta historia no terminaría bien.

—Él empezó a distanciarse. Salía de noche y no volvía hasta tarde.

Ahí estaba. Exacto. Una infidelidad. Sabía que esta historia terminaría así.

—Yo… no entendía qué estaba pasando —continuó, su voz temblando ligeramente—. Empecé a sentirme apartada, como si no existiera para él. Era como volver a estar en el instituto, ignorada otra vez.

Asentí, ocultando mi desinterés real detrás de una máscara de empatía. Estaba seguro de que él había sido infiel. Era un guion tan predecible que casi podía terminar la historia por ella. Pero lo que dijo después me dejó completamente desconcertado.

—Al final… empecé a salir más, a frecuentar bares… —hizo una pausa larga, como si las palabras le pesaran demasiado—. Y le fui infiel.

¿Infiel? ¿Ella? No me lo esperaba. Había asumido que el chico la había traicionado, pero jamás pensé que ella también lo hubiera hecho. La miré detenidamente, intentando discernir sus emociones. Había algo profundamente contradictorio en su confesión, una mezcla de culpa y justificación que la hacía aún más interesante.

Antes de que pudiera responder o siquiera pensar en qué decir, continuó.

—No sé por qué lo hice. Quizás… porque quería sentir que alguien me veía, que alguien me deseaba. Pero… cada vez que lo hacía, me sentía más vacía.

Su voz se quebró, y una lágrima rodó por su mejilla. Se detuvo en seco, incapaz de seguir hablando.

Me quedé mirándola, evaluando la situación. En ese momento, tuve que tomar una decisión: seguir presionándola para que terminara su historia o consolarla. Opté por lo segundo.

—No tienes que seguir —le dije en un tono tranquilo y reconfortante—. No tienes por qué contar algo que te hace sentir mal.

Ella me miró, con los ojos llenos de lágrimas, y por un instante vi un conflicto en su expresión. Finalmente, asintió y dejó escapar un suspiro tembloroso.

—Tienes razón… No es algo que quiero recordar ahora.

La rodeé con mis brazos en un gesto de consuelo, sintiendo cómo su cuerpo temblaba levemente contra el mío.

—Todo está bien ahora —murmuré, manteniendo mi voz suave y firme, como si realmente creyera en esas palabras.

Mientras ella se calmaba, mi mente procesaba lo que acababa de escuchar. Ahora que sabía esto, no estaba tan seguro de que fuera la persona indicada para lo que tenía planeado. Sus emociones, sus traumas, su historia… todo esto complicaba las cosas de maneras que no había anticipado.

Puede que ella tampoco sea la indicada para mi plan


marcoslopezbrea
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