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La Máscara

El Trayecto

El Trayecto

Dec 04, 2024

Comenzamos el corto viaje hacia mi segunda casa. No estaba demasiado lejos, a pesar de estar apartada de la ciudad. Era una de las razones por las que siempre seleccionaba este parque para mis citas: no solo era lo suficientemente discreto, sino que también estaba estratégicamente ubicado, lejos del bullicio del centro y lo bastante cerca de mi destino.


Conduje a un ritmo constante, las luces de las farolas desvaneciéndose poco a poco mientras nos adentrábamos en calles más oscuras. A mi lado, ella observaba el paisaje a través de la ventana, el reflejo de su rostro iluminado brevemente por las luces que pasaban. Parecía tranquila, pero su mirada vagaba de un lado a otro, como si estuviera tratando de descifrar a dónde la estaba llevando.


No podía permitir eso. Si comenzaba a notar que estábamos saliendo de la ciudad, era probable que se pusiera nerviosa, que las preguntas empezaran a formarse en su cabeza. Necesitaba mantenerla distraída, concentrada en cualquier cosa menos en el camino.


Con un movimiento tranquilo y calculado, coloqué mi mano suavemente sobre su muslo.


El cambio fue inmediato. La noté tensarse ligeramente, su cuerpo reaccionando a un contacto que, aunque inesperado, no parecía molestarla del todo. Su mirada se apartó de la ventana y se dirigió hacia mí, sus ojos mostrando un desconcierto evidente. Sin embargo, no dijo nada al respecto. Solo me observó, y un leve sonrojo apareció en sus mejillas.


Sabía que ese gesto, aunque atrevido, era lo suficientemente ambiguo como para no generar alarma. De hecho, me daba la oportunidad perfecta para establecer un nuevo ritmo en nuestra interacción.


—Pareces nerviosa —dije finalmente, rompiendo el silencio con un tono ligero, casi bromista. Mi mirada permanecía fija en la carretera, pero mi atención estaba completamente en ella.


Ella me miró durante un instante más, sus ojos tratando de interpretar mis intenciones. Luego dejó escapar una pequeña risa, el tipo de risa que alguien suelta para aliviar la tensión.


—Bueno… —respondió, cruzando los brazos como si quisiera protegerse de la vulnerabilidad que acababa de mostrar—. Es un poco… inesperado, eso es todo.


Sonreí levemente, apretando mi mano apenas un poco más contra su muslo, lo suficiente para que notara mi seguridad pero no tanto como para incomodarla.


—¿Y eso es algo malo? —pregunté, dejando que mi voz adoptara un tono de suave confianza.


Ella pareció debatirse internamente, sus ojos volviendo a mirar mi mano antes de regresar a mi rostro.


—No diría que malo… —respondió finalmente, aunque su tono tenía un matiz cauteloso—. Pero tampoco te hagas ilusiones.


Su comentario me hizo sonreír, y no solo por lo que decía. Su intento de mantener una barrera era casi entrañable, pero sus gestos decían más de lo que probablemente quería admitir.


—No me ilusiono tan fácilmente —repliqué, dejando que un toque de diversión se filtrara en mis palabras—. Aunque debo admitir que me gusta cómo suena eso.


Ella rodó los ojos, pero no apartó mi mano. En cambio, dejó escapar un suspiro y volvió a mirar por la ventana, como si intentara distraerse de la situación.


Aproveché el silencio para ajustar ligeramente el ambiente. Encendí la radio, seleccionando una estación que emitía música suave, algo lo suficientemente relajante para reforzar la atmósfera de tranquilidad que estaba tratando de crear.


—¿Siempre eres así? —preguntó de repente, su voz rompiendo el suave murmullo de la música.


—¿Así cómo? —respondí, girando ligeramente la cabeza hacia ella, lo suficiente para mostrar interés sin desviar mi atención del camino.


—Confianzudo —dijo, aunque su tono era más juguetón que serio.


Solté una risa suave, sacudiendo ligeramente la cabeza.


—Solo cuando creo que la persona lo merece —dije, devolviendo mi mirada a la carretera mientras sentía cómo su cuerpo se relajaba un poco más.


El comentario la hizo sonreír de nuevo, y noté cómo su postura se volvía menos tensa. Estaba funcionando. Cada palabra, cada gesto, la alejaba un poco más de cualquier pensamiento sospechoso.


—¿Y yo lo merezco? —preguntó, levantando una ceja, claramente interesada en mi respuesta.


—Definitivamente.


Mi respuesta fue directa, segura, y vi cómo el sonrojo regresaba a sus mejillas. Desvié la conversación hacia algo más ligero, preguntándole por su música favorita y dejando que la charla fluyera mientras nos acercábamos más a nuestro destino.


El coche avanzaba por caminos cada vez más oscuros, pero ella parecía completamente inmersa en la conversación, olvidando por completo las preguntas que había visto formarse en su mirada al principio del viaje.


Todo iba según lo planeado. 


Después de lo que parecieron quince minutos, finalmente llegamos a mi segunda casa. Allí estaba, en medio de la nada, rodeada únicamente por un denso bosque cuyas ramas se mecían suavemente con el viento. A lo lejos, se podían escuchar los sonidos de animales salvajes: el ulular de un búho, el crujir de las hojas bajo las patas de alguna criatura nocturna. Para cualquiera, este lugar podría parecer lúgubre, casi sacado de una película de terror. Pero mi obsesión con el orden lo transformaba.


Era una casa sencilla pero bonita, con un diseño moderno que destacaba por su minimalismo. No era muy grande, pero cada detalle estaba cuidado al máximo. Las flores perfectamente arregladas en las jardineras, las ventanas completamente limpias que reflejaban la tenue luz de la luna, y las líneas impecables de la fachada la hacían parecer más un refugio exclusivo que un hogar aislado.


Detuve el coche frente a la entrada y apagué el motor con un movimiento calculado. Me giré hacia ella con una sonrisa tranquila.


—Ya hemos llegado —anuncié, desabrochándome el cinturón.


Ella se quedó mirando la casa por unos segundos, como si tratara de procesar dónde estaba. Sin decir nada, bajé del coche y rodeé el vehículo para abrirle la puerta del copiloto.


—Por favor, después de usted —dije con un gesto cortés.


Ella salió con cuidado, cruzando los brazos mientras observaba el entorno con una mezcla de curiosidad e incomodidad.


—¿Por qué vives en un lugar tan apartado? —preguntó finalmente, levantando una ceja mientras recorría el área con la mirada. La oscuridad del bosque parecía inquietarla, pero su tono tenía un toque de broma—. Yo no podría vivir aquí. ¡Debe ser tan solitario!


Su comentario me hizo sonreír.


—Es perfecto para mí —respondí, señalando la casa con un movimiento de mi mano—. Aquí nadie me molesta. Puedo vivir tranquilo, concentrarme cuando lo necesito.


Ella soltó una pequeña risa, sacudiendo la cabeza mientras miraba de nuevo hacia la casa.


—Definitivamente no es para mí. Yo necesitaría algo con más movimiento… más vida.


—Bueno, también lo uso como espacio de trabajo —añadí, retomando la mentira que había construido desde el principio—. A veces necesito alejarme del ruido de la ciudad para poder pensar. Es ideal para sesiones de estrategia y planificación.


Ella asintió, como si la explicación tuviera sentido, aunque su expresión seguía mostrando cierto desconcierto.


—Supongo que tiene su encanto —dijo, avanzando unos pasos hacia la entrada.


Le hice un gesto para que me acompañara y caminé junto a ella hasta la puerta. Con movimientos precisos, saqué las llaves de mi bolsillo y abrí la cerradura con un clic limpio y nítido. Sostuve la puerta abierta para ella, inclinándome ligeramente en un gesto invitante.


—Adelante —dije, manteniendo mi tono educado.


Ella cruzó el umbral con cierta precaución, y cuando sus ojos se ajustaron a la luz interior, su expresión cambió por completo.


—Wow… —exclamó, dando un par de pasos hacia adentro mientras sus ojos recorrían cada rincón.


La casa, aunque minimalista, tenía un aura casi clínica. El suelo brillaba como si acabara de ser pulido, las superficies estaban completamente libres de polvo, y cada objeto estaba colocado con una precisión casi obsesiva. Una televisión perfectamente centrada sobre una sencilla mesa, un sofá que parecía no haber sido usado nunca, y, al fondo, una cama perfectamente tendida, con las esquinas de las sábanas ajustadas al milímetro.


—Esto sí que está… limpio —dijo, girándose hacia mí con una mezcla de asombro y diversión.


Cerré la puerta tras nosotros, dejando escapar una pequeña risa.


—Te lo dije, tengo una pequeña obsesión con el orden y la limpieza.


Ella avanzó unos pasos más, inspeccionando cada detalle mientras hablaba.


—“Pequeña obsesión” es quedarse corto. Esto no parece una casa, parece un catálogo de muebles —comentó, riéndose suavemente mientras su mirada se posaba en el sofá.


—Me gusta que las cosas estén en su sitio —respondí, encogiéndome de hombros como si no le diera demasiada importancia—. Además, cuantas menos cosas hay, menos hay que limpiar.


Ella rió ante mi comentario, relajándose un poco más.


—Bueno, eso sí tiene sentido. Aunque… no tienes casi nada aquí. Una tele, un sofá, una cama… y poco más.


—No necesito más —dije, observándola atentamente mientras recorría la habitación con la mirada—. Lo esencial me basta.


Ella pareció considerar mis palabras, inclinando la cabeza ligeramente mientras seguía explorando el espacio con los ojos.


—Supongo que es práctico —dijo finalmente, cruzando los brazos mientras se giraba hacia mí—. Pero sí que eres diferente. No estoy segura de si eso es bueno o malo.


Le devolví la sonrisa, aunque por dentro mi mente trabajaba frenéticamente, evaluando cada uno de sus gestos, cada reacción. Todo estaba saliendo según lo planeado.


—Digamos que soy… eficiente —repliqué, acompañando mis palabras con un tono ligero, como si fuera parte de una broma.


Ella volvió a sonreír, sin darse cuenta de que estaba exactamente donde yo quería que estuviera. La casa estaba diseñada para eso. Su aparente simplicidad y orden no solo reflejaban mi obsesión personal, sino que también servían a un propósito más oscuro. Aquí, cualquier actividad que realizara sería fácil de manejar. Sin adornos, sin distracciones. Todo era funcional, incluso la limpieza.


Lo que ella no sabía era que este lugar no estaba hecho para vivir. Estaba hecho para lo que iba a suceder a continuación.


marcoslopezbrea
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