El cuarto se había llenado de una tensión opresiva desde el momento en que comenzamos. Lo que debería haber sido una experiencia de placer compartido se convirtió en un espectáculo desolador. Ella estaba completamente inexpresiva, su mirada fija en mí pero vacía, como si su mente estuviera a kilómetros de distancia. No había deseo, no había conexión, solo la triste imagen de alguien que había abandonado cualquier intento de disfrutar o siquiera resistir la situación. Era como un muñeco sin vida, y esa visión despertó algo en mí. Una mezcla de frustración y una calma letal que me llevó a tomar una decisión.
Estaba harto. Había tratado de explorar más su personalidad, descubrir si había algo detrás de esa máscara de vulnerabilidad y arrepentimiento que llevaba desde el principio de la noche. Pero ahora sabía que no tenía caso. Ella no era lo que buscaba, nunca lo había sido. Todo lo que quedaba era terminar con esto de la manera en que siempre había planeado.
Tomé una respiración controlada, asegurándome de mantener mi rostro neutral. No quería que percibiera lo que iba a pasar. Lentamente, mientras mantenía mi mirada fija en ella, extendí una mano hacia el pequeño armario al lado de la cama. Con movimientos calculados, abrí el cajón y sentí el frío acero del cuchillo de cocina que había colocado allí horas antes. Era afilado, perfectamente balanceado, ideal para lo que tenía en mente.
Ella no se dio cuenta de lo que estaba sucediendo. Estaba tan perdida en su propio vacío que no percibió cómo mi expresión cambió por un breve instante, una sombra de decisión que cruzó mi rostro antes de que me moviera. Con un gesto rápido y decidido, antes de que tuviera tiempo de reaccionar, levanté el cuchillo y se lo clavé profundamente en el abdomen, directamente en la arteria aorta.
El impacto fue inmediato. Su cuerpo se arqueó violentamente hacia adelante, sus ojos se abrieron de par en par, y un grito ahogado salió de su boca antes de que pudiera comprender lo que acababa de suceder. Su expresión pasó de la pasividad a un terror apabullante, un miedo puro y crudo que transformó completamente su rostro.
—¿Qué… qué estás haciendo? —logró decir con voz temblorosa y quebrada, el miedo y la incredulidad luchando por dominar sus palabras.
Me incliné ligeramente hacia ella, manteniendo mi tono frío y distante mientras la miraba directamente a los ojos.
—Haciendo lo que debería haber hecho desde el principio —respondí con una calma que contrastaba con la histeria que comenzaba a apoderarse de ella.
La sangre comenzó a brotar de la herida en su abdomen, empapando las sábanas y creando un charco oscuro y pegajoso que se expandía rápidamente bajo nosotros. La gravedad de su situación pareció golpearla de golpe. Su respiración se aceleró, se convirtió en jadeos desesperados, y sus manos intentaron inútilmente presionar la herida para detener el flujo.
Sus gritos llenaron la habitación, un sonido desgarrador y agudo que probablemente habría despertado a un vecindario entero… si hubiera habido alguno cerca. Pero aquí, en el aislamiento de esta casa, no había nadie que pudiera escucharla, nadie que pudiera ayudarla.
—¡Ayuda! ¡Por favor, no! —gritó, su voz quebrándose en una súplica que solo incrementó mi sensación de control.
Con un movimiento rápido, coloqué mi mano sobre su boca, silenciándola. Me incliné aún más cerca, mis ojos perforando los suyos, que ahora estaban inundados de lágrimas.
—Aquí no te va a escuchar nadie —le susurré con una malicia tranquila, asegurándome de que mis palabras penetraran en su mente en medio de su pánico.
Ella comenzó a moverse violentamente, su cuerpo retorciéndose bajo el mío en un intento desesperado de escapar. Pero ya había anticipado esta reacción. Con movimientos firmes, me posicioné completamente sobre ella, utilizando mi peso para inmovilizarla contra la cama.
—No seas ingenua —dije, apretando ligeramente mi mano contra su boca para silenciarla por completo mientras esperaba a que se calmara. Cuando noté que su resistencia disminuía ligeramente, continué—. Si sigues así, te quedan menos de cinco minutos de vida.
Sus ojos se clavaron en los míos, ahora completamente abiertos por el terror. El flujo constante de sangre de su abdomen hacía que su piel comenzara a palidecer, y las lágrimas que corrían por sus mejillas parecían mezclarse con el sudor frío que empezaba a cubrirla.
—Pero… —añadí, aflojando ligeramente la presión sobre su boca para permitirle hablar—. Si te portas bien, todavía podría ayudarte. Todavía hay tiempo de salvarte.
La desesperación en su mirada se mezcló con una chispa de esperanza, aunque frágil y tenue. Sus movimientos se volvieron menos frenéticos, y aunque su cuerpo seguía temblando, dejó de luchar.
—¿De verdad? —susurró entre jadeos, su voz débil y casi inaudible.
Asentí lentamente, aunque en mi interior ya sabía la respuesta.
—Depende de ti —dije con una sonrisa helada—. Responde a mis preguntas y no intentes nada estúpido.
Ella asintió con dificultad, cerrando los ojos brevemente como si intentara reunir las pocas fuerzas que le quedaban.
El miedo había tomado el control absoluto de su ser, desnudando cada capa de su personalidad, cada máscara que pudiera haber llevado. Este era el momento que había esperado, el instante en que la verdadera naturaleza de una persona salía a la luz. Aquí, en medio del dolor y el terror, no había espacio para las mentiras o las apariencias.
La habitación estaba impregnada del olor metálico de la sangre, y cada segundo que pasaba la llevaba un paso más cerca del final. Pero para mí, estos minutos eran todo lo que necesitaba. Había llegado al clímax de mi experimento, al momento en que la máscara caía por completo y podía ver a la persona en su forma más pura.
Y mientras la vida se deslizaba lentamente fuera de su cuerpo, sus ojos llenos de miedo y súplica me contaban más de lo que cualquier palabra podría haber dicho.
La atmósfera en la habitación se volvió aún más densa cuando comencé a formular mis preguntas. Este era el momento crítico, el instante en el que su verdadero ser debía emerger. Mi voz, al principio calmada pero cargada de intención, rompió el silencio lleno de tensión.
—Tu exmarido… ¿le querías mucho?
Ella levantó su rostro pálido, sus ojos empañados de lágrimas. Su voz apenas fue un susurro cuando respondió:
—Sí.
Su respuesta me provocó una sonrisa fría. No tenía sentido jugar con palabras. Si realmente lo había amado, ¿cómo podía justificar lo que había hecho?
—Entonces, ¿por qué decidiste engañarlo? —pregunté, mi tono directo, casi inquisitivo.
Ella pareció hundirse más en el colchón, como si quisiera desaparecer. Sus labios temblaron antes de murmurar:
—No lo sé…
Mi paciencia se desgastó en ese instante. Mi voz se elevó, golpeándola como un martillo.
—¿¡Cómo que no lo sabes!? —grité, inclinándome más cerca de su rostro—. Engañar no es algo que simplemente sucede. ¡Es una decisión! Una elección consciente. Debería haber habido un motivo, algo que te llevara a hacerlo.
Su rostro se contrajo por el dolor, tanto físico como emocional. Parecía estar buscando una respuesta en su mente, pero solo pudo balbucear:
—No lo sé…
Golpeé el colchón con mi puño, mi frustración desbordándose.
—¡Eso es imposible! —le espeté—. Tiene que haber una razón. ¿Acaso te sentías sola en casa?
Ella gimió antes de asentir débilmente.
—Supongo…
Mi sonrisa se torció en algo más oscuro. Decidí presionar más fuerte, empujándola a los límites de su resistencia.
—¿O quizá no era soledad? —dije con un tono afilado, inclinándome aún más cerca de su rostro—. Tal vez simplemente eres una mujer sin principios, alguien que decidió destruir su matrimonio por una noche de diversión barata.
Sus ojos se llenaron de furia, un destello de vida inesperado en medio de su desesperación.
—Eso no es verdad… —gimió entre gritos, su cuerpo temblando bajo el peso de mi acusación.
—¿Ah, no? —respondí con una sonrisa sarcástica—. Porque, ya sabes, mujeres como tú a veces ni siquiera necesitan razones. Hay hombres que pagarían por tus servicios.
Esa frase la golpeó como una bofetada. Su rostro, ya pálido por la pérdida de sangre, se deformó en una expresión de odio puro. Sus labios se separaron y su voz salió como un rugido, mezclada con lágrimas:
—¡No es verdad! ¡Me sentía sola!
Levanté una ceja, fingiendo incredulidad mientras mi voz bajaba a un tono más frío.
—¿Sola porque tu marido estaba acostándose con otra todas las noches?
Su expresión se endureció, pero las lágrimas seguían cayendo.
—¡Eso no es cierto! —gritó, su voz quebrándose.
—¿Cómo que no? —repliqué con un desprecio evidente—. Salía todas las noches, ¿no? Seguro que estaba en algún hotel con otra mujer, disfrutando mientras tú estabas en casa.
—¡Él nunca haría eso! —gritó con todas sus fuerzas, sus ojos ardiendo con una mezcla de dolor y convicción.
Su defensa desesperada me hizo reír suavemente, una carcajada sin alegría.
—Entonces, dime… si no estaba con otra, ¿qué demonios estaba haciendo?
Ella se retorció ligeramente, su rostro una máscara de agonía. Las palabras salieron con dificultad, mezcladas con sollozos.
—¡Estaba trabajando! —chilló, su voz desesperada y entrecortada—. ¡Horas extras! ¡Necesitábamos dinero!
Me detuve por un momento, sorprendido por su respuesta.
—¿Trabajando? —repetí lentamente, dejando que la palabra colgara en el aire—. ¿Y por qué tantas horas? ¿Qué necesitaban tanto como para arruinar su matrimonio?
Sus lágrimas caían en torrentes ahora, su respiración entrecortada por el llanto.
—Él… él trabajaba duro por mí. Cada noche volvía a casa agotado, apenas podía mantenerse en pie…
Incliné la cabeza, fingiendo interés mientras cruzaba los brazos.
—¿Y qué necesidad había de trabajar tanto? —pregunté, como si su respuesta no tuviera sentido alguno—. Trabajas en un restaurante lujoso, ¿no? ¿Cómo no tenían suficiente dinero?
Ella cerró los ojos, apretándolos como si pudiera contener el torrente de emociones que la invadía.
—Entre los gastos de la casa… y luego… —hizo una pausa, temblando, antes de continuar—. Cuando descubrimos que estaba embarazada… todo se salió de control.
Mis pensamientos se detuvieron bruscamente.
—¿Embarazada? —pregunté, dejando que la palabra resonara en el cuarto.
Ella asintió débilmente, sus lágrimas cayendo aún más rápido.
—Tuvimos que comprar cosas para el bebé… remodelar la casa para sus necesidades… no teníamos nada… estábamos arruinados.
De repente, todo encajó en una narrativa que no había esperado. La imagen de ella como una mujer egoísta e insensible comenzó a desmoronarse, reemplazada por algo mucho más complicado. La desesperación, la presión de un futuro incierto, el peso de las responsabilidades... Todo aquello era más de lo que cualquiera podría soportar.
Pero a pesar de todo, seguía habiendo una grieta. Una grieta en su carácter que la había llevado a tomar la decisión que destruyó todo. Y esa grieta era lo que realmente me interesaba.
Me incliné hacia ella, dejando que mi voz adquiriera un tono más bajo y calculador.
—Entonces, dime… ¿por qué lo hiciste? ¿Por qué, si él hacía todo eso por ti, decidiste traicionarlo?
Su silencio fue ensordecedor, y mientras su respiración pesada llenaba el cuarto, supe que estaba llegando al centro de su ser. Este era el momento en que la máscara debía caer por completo.

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