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La Máscara

El momento de la verdad

El momento de la verdad

Dec 10, 2024

El cuarto parecía haberse congelado en el tiempo. El único sonido que rompía el silencio era el eco amortiguado de sus sollozos, mezclados con el goteo constante de su sangre empapando las sábanas. Su rostro estaba cubierto de lágrimas, su expresión una amalgama de dolor físico, terror y una desesperación que intentaba ocultar bajo una frágil máscara de esperanza. Pero yo sabía que esa máscara no duraría mucho más.

Después de lo que parecía un largo silencio, me di cuenta de que ella no tenía respuesta para mi última pregunta. Se limitaba a mirarme con los ojos entrecerrados, buscando una salida que no existía. Fue entonces cuando algo hizo clic en mi mente. Empecé a hilar las piezas que había ido recogiendo a lo largo de la noche: sus confesiones, sus contradicciones, las emociones apenas contenidas que había mostrado en sus momentos más vulnerables. Y entonces lo vi claro.

—Es por tu niñez, ¿verdad? —dije finalmente, mi voz calmada pero cargada de intención.

Ella frunció el ceño, claramente confundida por mi afirmación, y abrió la boca para decir algo, pero no le di tiempo.

—En tu niñez… eras la ignorada —continué, mis palabras cortando el aire como un cuchillo—. La que nadie veía, a la que nadie prestaba atención. Eras el fantasma en la habitación, invisible para todos.

Su confusión se transformó en una mezcla de sorpresa y angustia, pero intentó decir algo, probablemente para desviar la conversación.

—¿Cómo piensas curarme si…? —comenzó a decir, pero la interrumpí de inmediato.

—No estoy aquí para curarte —dije con frialdad, inclinándome ligeramente hacia ella para que mis palabras fueran imposibles de ignorar—. Estoy aquí para entenderte.

Ella pareció quedarse sin palabras, y antes de que pudiera intentar algo más, seguí hablando.

—Pero todo cambió, ¿no? —dije, dejando que mi tono se volviera casi acusador—. Cuando conociste a ese chico, tu marido… algo en tu mundo cambió. Por primera vez en tu vida, te sentiste importante.

Ella intentó interrumpirme otra vez, pero esta vez su grito salió desgarrado:

—¡Cállate!

Su súplica no me detuvo. Sus palabras no eran más que un débil intento de silenciar lo inevitable.

—Te sentiste especial por primera vez —continué, ignorando su reacción—. Alguien finalmente te veía, te hacía sentir que eras más que un fantasma. Pero entonces, cuando empezó a salir todas esas noches…

—¡Te he dicho que te calles! —gritó de nuevo, esta vez con una furia desesperada que casi ahogó sus lágrimas.

No me detuve.

—Cuando empezó a llegar tarde a casa, te sentiste como durante toda tu niñez —dije, elevando mi voz lo suficiente como para sobrepasar la suya—. Ignorada. Invisible. Y como era lógico, buscaste consuelo. Consuelo en lo único que alivió ese sentimiento alguna vez: el amor de otro hombre.

Mis palabras resonaron en la habitación como un disparo, dejando un silencio cargado de tensión en su estela. Ella se rompió. Sus sollozos, que hasta ese momento habían sido controlados, se desbordaron como una represa rota. Las lágrimas corrían por su rostro, su cuerpo temblaba bajo el peso de sus emociones, y su respiración era un caos de jadeos y gritos ahogados.

La observé en silencio durante unos segundos, permitiéndole procesar lo que acababa de decir. Había algo irónico en su reacción, una especie de poesía oscura que no podía ignorar. Y entonces, como si mis pensamientos se manifestaran en palabras, lo dije:

—Qué irónico… ser infiel en busca de amor. Es casi poético.

Ella levantó la vista hacia mí, su rostro inundado de lágrimas, y poco a poco su llanto comenzó a menguar. Sus respiraciones seguían siendo irregulares, pero logró recuperar algo de control.

—Tienes razón —dijo finalmente, su voz apenas un susurro—. Ahora, suéltame. He respondido a todo lo que has querido. Por favor… cúrame.

La súplica en su voz podría haber conmovido a otro, pero no a mí. Mi mirada permaneció fría, fija en ella mientras analizaba sus palabras. Era evidente que estaba buscando cualquier rayo de esperanza al que aferrarse. Pero yo no había terminado.

—Sin embargo… —dije, dejando que mi voz se endureciera—. Fuiste infiel a alguien que te amaba. Eso no lo hace alguien que no lleva una máscara.

Ella me miró, confundida y asustada.

—Dime —continué, inclinándome un poco más hacia ella—. ¿Hasta cuándo se lo ocultaste?

Sus ojos se desviaron de los míos, y por un momento, el silencio volvió a llenar la habitación. Fue entonces cuando lo dijo, su voz quebrada y apenas audible:

—Hasta hoy.

Esa respuesta me dejó inmóvil por un instante. Mis pensamientos se aceleraron.

—¿Hasta hoy? —repetí, mi tono impregnado de incredulidad—. ¿Eso significa que todavía estás casada con ese hombre?

No hizo falta que respondiera. Su silencio lo decía todo.

De repente, todo encajó. Durante toda la cita, me había estado engañando. Todas esas risas, esas historias aparentemente sinceras, no habían sido más que una farsa. Un intento desesperado de escapar de la realidad que vivía en casa, de su culpa, de su desmoronada vida matrimonial. Había estado jugando un papel, no solo conmigo, sino también con su marido.

La realización me provocó una mezcla de desprecio y algo cercano a la lástima. Ella no era la persona que estaba buscando. Nunca lo había sido.

—Qué patético —murmuré, más para mí mismo que para ella—. Todo esto… para nada.

Ella me miró con los ojos llenos de una mezcla de terror y súplica, pero en ese momento, ya no importaba. Había visto todo lo que necesitaba ver, y su máscara había caído por completo.

La habitación estaba sumida en un silencio roto solo por su respiración entrecortada y los latidos acelerados de mi propio corazón. Sus ojos, cada vez más vidriosos, me miraron con una mezcla de extrañeza y desesperación cuando rompí el silencio.

—¿Qué significa eso de "todo esto para nada"? —preguntó con voz débil, casi susurrando.

No le respondí directamente. Simplemente la miré, manteniendo una expresión de frialdad calculada, y dije:

—Lo siento, pero no eres la persona que estoy buscando.

Por un instante, sus ojos reflejaron incredulidad antes de que la comprensión la golpeara como un mazazo.

—Entonces… entonces me curarás, ¿verdad? —preguntó, su voz cargada de súplica y temor.

Podía ver cómo sus fuerzas la abandonaban poco a poco. Su piel estaba mortalmente pálida, su respiración errática, y el temblor de sus manos revelaba lo cerca que estaba de desmayarse por la pérdida de sangre. Yo sabía que no tenía mucho tiempo, pero aun así, respondí con calma:

—Lo siento mucho. Pero ya has visto demasiado. Si te dejo vivir, contarás a todo el mundo lo que pasó aquí. Y entonces no podré cumplir mi objetivo.

—¡Pero teníamos un acuerdo! —exclamó con un último destello de esperanza, aunque su voz apenas podía mantenerse firme—. ¡Me dijiste que si respondía tus preguntas me salvarías!

Sacudí la cabeza lentamente, casi con lástima.

—Lo siento mucho, de verdad. Pero esto… esto debe acabar.

Su rostro se desmoronó en ese momento. Las lágrimas fluyeron libremente por sus mejillas mientras me miraba con una mezcla de incredulidad, horror y súplica.

—Por favor, no. Tengo un marido… —sollozó—. Voy a tener un hijo.

Su voz temblorosa resonó en la habitación, como un eco de desesperación que parecía absorber toda la energía a su alrededor. La observé por un momento, dejando que sus palabras se asentaran, pero en mi interior, ya había tomado una decisión. Lentamente, levanté el cuchillo, permitiendo que la luz de la lámpara cercana brillara sobre la hoja.

—¿Tienes últimas palabras? —pregunté con frialdad, inclinándome un poco más hacia ella.

En lugar de responder, empezó a sacudirse violentamente, luchando con una última explosión de energía, su cuerpo temblando como si intentara arrancarse de la cama misma.

—¿No tienes últimas palabras? —repetí, sin cambiar mi tono—. Está bien. Cada quien enfrenta el final como quiere.

Sujeté el cuchillo con firmeza y lo moví lentamente hacia su cuerpo. Mis manos estaban seguras, mis movimientos calculados. Pero justo antes de que pudiera hundirlo en su carne por última vez, una idea fugaz cruzó mi mente.

—Espera… —dije, mi voz rompiendo el ritmo del momento.

Ella me miró, sus ojos desorbitados por el terror.

—¿Cómo te llamas? —pregunté, inclinándome ligeramente hacia ella, mi tono casual como si estuviera hablando de algo trivial.

Esta pregunta me salió casi automática, estaba seguro de que me había dicho su nombre pero no lo podía recordar, y que menos que saber el nombre de tu víctima, sin embargo, no respondió. En lugar de eso, siguió moviéndose frenéticamente, su cuerpo agitado en un esfuerzo desesperado por sobrevivir. Sus movimientos hicieron que el cuchillo resbalara de mi agarre calculado.

No podía esperar más. Con un movimiento decidido, hundí el cuchillo en su abdomen, una y otra vez, asegurándome de apuntar a puntos letales para terminar con su lucha rápidamente. Pero debido a sus sacudidas, la sangre salió disparada en todas direcciones, salpicando mi rostro y empapando las sábanas de un rojo intenso.

Su cuerpo, que momentos antes se movía frenéticamente, comenzó a debilitarse. Sus fuerzas se apagaron con la velocidad y la fugacidad de una estrella fugaz cruzando el cielo nocturno.

En ese instante, algo en mí se suavizó, como si la inevitabilidad de la muerte hubiera disipado la tensión entre nosotros. Me incliné hacia adelante y la abracé, sosteniéndola con fuerza mientras su cuerpo temblaba en mis brazos.

—Shh… tranquila —susurré, casi en un tono consolador—. Déjate ir.

Ella dejó escapar un último suspiro entrecortado, sus lágrimas secándose en su rostro pálido. Con su último aliento, susurró:

—Me llamo… Sarah.

Y con esas palabras, su cuerpo quedó completamente inmóvil, cayendo en la absoluta quietud de la muerte.


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