Está mañana me levanté y recordé que estaba escribiendo esto, tomé el periódico más cercano, el cual tenía una portada sobre un robo, no decía nada de la cárcel, supongo no fue muy grave; el nombre del ladrón decía Michael Kurt.
Me suena aquel nombre, no recuerdo de dónde, Kurt, era el apellido de mi ex esposa, pero hay tantos Kurt.
Como les venía diciendo, llegaron como hacía el mediodía Selen y su esposo, no recuerdo su nombre, solo recuerdo que empezaba con eme, si no estoy mal.
Bajaron Mathilde y Eiael, Mathilde llevaba un hermoso vestido celeste que combinaba con su sonrisa, la cual había desaparecido aquel día, y unos tenis que se le habían dado hace poco; Eiael por su lado, iba con un su camisita amarilla, un jean y unos tenis parecidos a los de su hermana; ambos iban con un gorro por el frío.
Mi esposa y yo los llevamos a los cuatro en el carro, los dejamos en una casa grande, con jardín y una hermosa entrada.
No recuerdo más de aquel día a excepción de que mi mujer y yo llegamos a un hotel familiar después de haber cenado, ya que estaba lejos.
Dos días después nos devolvimos a la casa, pero llegamos a recoger a los niños y Selen no estaba, estábamos tan cansados, que Isabel me dijo que fuéramos directo a casa a descansar, mi esposa se veía extraña, no dejaba de insistir y había dejado su teléfono a un lado, el cual no había soltado durante todo el tiempo que estuvimos de viaje, porque decía que en el trabajo la necesitaban.
Llegamos a casa y se sentía solo, esa casa no parecía haber sido habitada por nadie en por muy poco, tres años.
—...Thorne... Se... Ne…— resonaba una voz a lo lejos, sonaba a mi esposa, es como si hubiera quedado inconsciente en mi propia cama- señor Hawthorne, buenos días- mi esposa se había vestido muy elegantemente y se veía como si hubiera tenido un descanso espléndido.
Yo, por otro lado, me veía horrible, como si no hubiera podido conciliar el sueño en tres días. Me levanté, fui a tomar un baño, arreglé mi cabello, no había mucho que hacer, ya que sabía que peinarlo no iba a servir de nada con mis rizos.
Baje a la sala para encontrarme con mi esposa, la cual había preparado el desayuno, hasta el momento ninguno de los dos había mencionado a los niños.
—amata, ¿dónde estarán aquellas criaturas que he de llamar hijos?— mi esposa frunció el ceño
— no sabría yo decirle, señor, Selen no me ha escrito en mucho tiempo— su cara no parecía querer enseñarme nada y a la vez parecía querer contarme de todo, y aquello se convirtió en mi dilema más grande.

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