Después de terminar completamente con su vida, me detuve y miré a mi alrededor. Allí estaba, el silencio opresivo llenando el cuarto, cubriéndolo todo como una niebla espesa. Lo he vuelto a hacer. He vuelto a matar a alguien. Y como cada vez, me invadió esa sensación. Esa maldita sensación que detesto, pero que parece inevitable.
No sabría cómo describirla con precisión. No es culpa, al menos no en el sentido que otros podrían entender. No siento arrepentimiento por lo que he hecho. No me arrepiento de haber hundido el cuchillo, de haber terminado con su vida. Todo lo contrario: fue un acto deliberado, justificado bajo las reglas que yo mismo he impuesto. Pero a pesar de eso, hay algo que siempre llega después. Una especie de vacío, una sensación de silencio absoluto que no se parece a nada más. Es como si el eco de lo que acaba de suceder quedara atrapado en el aire, reverberando dentro de mí, incapaz de disiparse.
Es extraño, porque cuando estoy con alguien, incluso alguien como Sarah, siento que hay algo en el ambiente, una energía que lo llena todo. Las palabras, los gestos, las miradas… incluso los silencios compartidos tienen peso. Pero ahora, en este momento, eso desaparece por completo. Donde antes había una persona viva, alguien que respiraba, que sentía, que tenía pensamientos y deseos, ahora solo hay un cuerpo inerte, un cascarón vacío. El cambio es abrumador. Es como si el cuarto se hubiera quedado atrapado en una pausa eterna, como si el tiempo mismo se detuviera para observarme, para castigarme con su inmovilidad.
Este sentimiento se asemeja, en cierta forma, a una adicción. Es similar a lo que he leído sobre los drogadictos o los alcohólicos. En el momento de consumir, en el acto mismo, encuentran un alivio momentáneo, una justificación para seguir adelante. Pero después, cuando el efecto desaparece, llega ese peso insoportable. Esa sensación de miseria, de vacío, de preguntarse por qué lo hicieron otra vez, aunque sepan que volverán a hacerlo.
Así me siento ahora. Me invade esa soledad aplastante, como si el mundo entero se hubiera reducido a este cuarto, a este instante. Es una soledad que corta, que aprieta, y que, por mucho que intente, no logro comprender del todo. No sé si es tristeza, porque no puedo identificarla como tal. Tampoco es miedo ni arrepentimiento. Es más como un eco sordo, una vibración que permanece en el aire y que no puedo apagar.
Por un momento, me permito quedarme ahí, observando el cadáver de Sarah. Su cuerpo yace inmóvil, su piel pálida y fría. El contraste es desconcertante: hace apenas minutos, estaba llena de vida. Respiraba, hablaba, gritaba, lloraba… Ahora, no es más que un objeto sin movimiento, un fragmento de lo que fue. Y ese cambio tan drástico es lo que me atormenta. Pasar de la compañía de alguien vivo y radiante a un cadáver frío es un recordatorio brutal de lo que he hecho, pero también de lo que soy.
He llegado a este punto muchas veces, pero cada vez es igual de insoportable. Es irónico, porque todo esto lo hago buscando algo, una verdad, una pureza que creo que está escondida bajo las máscaras de las personas. Y sin embargo, cada vez que termino, siento que estoy más lejos de encontrar lo que busco.
Me pregunto por qué lo sigo haciendo. No porque quiera detenerme, sino porque no entiendo del todo qué espero lograr. Tal vez sea una forma de llenar ese vacío, pero en lugar de calmarlo, parece hacerlo más grande. Siento que con cada persona que dejo atrás, el eco de sus voces, de sus últimos suspiros, se queda atrapado en este espacio invisible que cargo conmigo.
La ironía es que, por unos breves momentos, después del acto, siento algo. Esa sensación que detesto, ese vacío, esa especie de silencio que me consume, es el único instante en el que me permito sentir algo que podría llamarse emoción. Pero no sé qué es exactamente. ¿Es un recordatorio de mi humanidad? ¿O es solo un mecanismo de mi mente para recordarme lo que he perdido, lo que nunca podré recuperar?
Lo que sé es que sentir es odioso. Detesto cada segundo de esta introspección que parece asfixiarme. Es en este estado de vulnerabilidad donde más me doy cuenta de mi propio odio hacia las emociones, hacia la forma en que me arrancan el control que tanto valoro. Quiero huir de este sentimiento, quiero borrarlo de mi mente, pero también sé que es parte de este proceso. Es como el precio que debo pagar por lo que hago.
Mientras pienso en todo esto, me doy cuenta de que el cuarto sigue exactamente igual. El olor metálico de la sangre flota en el aire, mezclándose con el silencio casi palpable. Miro mis manos, aún manchadas de sangre, y siento el peso de lo que acabo de hacer. Pero no hay horror en mí, no hay asco. Solo está esa sensación de vacío, de un ciclo que se repite y que no parece tener fin.
Quiero moverme, limpiar, dejar este lugar en el estado impecable en el que siempre lo mantengo. Pero algo me detiene. Es como si esta habitación ahora estuviera impregnada de la presencia de Sarah, aunque su cuerpo esté inmóvil. Como si una parte de ella todavía me mirara, me juzgara, me recordara que no importa cuántas veces lo haga, nunca encontraré lo que busco.
Y sin embargo, sé que volveré a hacerlo. Aunque deteste este momento, aunque me consuma esta sensación de soledad, sé que pronto encontraré a otra persona. Y empezaré de nuevo, con la misma esperanza inútil de que esta vez será diferente. Pero seguiré buscando como el que es adicto al alcohol o como el que es adicto a la droga, seguiré hasta encontrar a esa persona.
De repente, miro a mi alrededor, liberándome de los pensamientos que me habían atrapado hasta ese momento. La escena que me rodea es un caos de sangre: mis manos, la cama, el suelo… todo está manchado con los restos de lo que acabo de hacer. Es un panorama macabro que debería provocarme algún tipo de reacción, pero no siento nada más que la urgencia de actuar. Lo primero es lo primero: necesito limpiarme.
Sin perder tiempo, me dirijo al baño. Al entrar, me observo en el espejo. Mi reflejo es el de alguien irreconocible, cubierto de manchas carmesí desde las manos hasta el torso. Incluso mi rostro, normalmente impasible, parece el de un espectro, con la sangre seca marcando surcos alrededor de mis ojos y boca. Enciendo la ducha y el agua caliente comienza a caer sobre mí, arrastrando el rojo oscuro que cubre mi piel.
Dejo que el agua haga su trabajo mientras cierro los ojos. Durante unos segundos, el sonido del agua golpeando las baldosas es lo único que escucho, y por un instante, casi puedo desconectar de lo que acaba de ocurrir. Pero es solo una ilusión momentánea. Esa sensación de vacío que siempre llega después vuelve a apoderarse de mí. Abro los ojos y miro cómo el agua teñida de sangre desaparece por el desagüe.
Cuando termino, me seco con calma, como si fuera un ritual necesario para recuperar el control. Me pongo ropa limpia, elijo unos guantes de látex y regreso al dormitorio con una misión clara: limpiar este desastre. Una vez más, la necesidad de limpieza, casi compulsiva, se apodera de mí. No se trata solo de eliminar la sangre, sino de restaurar el orden, de borrar cualquier rastro que pueda recordarme lo que acaba de suceder.
Primero, me acerco al cuerpo de Sarah. Sus ojos vacíos parecen observarme desde el lugar donde yace inmóvil, con la piel pálida y el cabello enredado. Con más delicadeza de la que debería tener tratándose de un cadáver, tomo un par de toallas y tapo sus heridas para que no sigan sangrando. No quiero que manche lo que voy limpiando. La envuelvo cuidadosamente en una lona negra que había preparado con antelación, asegurándome de no dejar restos visibles mientras la acomodo en el suelo.
Con eso hecho, paso a la cama. Las sábanas están empapadas de sangre, un testimonio grotesco de lo que ocurrió hace apenas unos minutos. Las quito con cuidado, tratando de no derramar más sangre, y las dejo en el cesto del baño. Después las lavaré, aunque sé que necesitarán más que un simple lavado para quedar impecables. Coloco un juego nuevo de sábanas, perfectamente estiradas, asegurándome de que no haya arrugas, como si la cama no hubiera sido testigo de un asesinato.
A continuación, empiezo con el suelo. El charco de sangre ya se está secando, dejando manchas oscuras que podrían ser difíciles de eliminar si no actúo rápido. Mezclo lejía con agua caliente y empiezo a limpiar con una precisión casi quirúrgica. No tengo prisa, me tomo mi tiempo. Cada centímetro del suelo debe quedar impecable, no solo por precaución, sino por mi necesidad de perfección. Froto con fuerza, y poco a poco, el rojo desaparece, reemplazado por el brillo pulido de las baldosas limpias.
Cuando termino con el suelo, reviso cada rincón, asegurándome de que no haya salpicaduras en las paredes, los muebles o cualquier otro lugar. Es un trabajo meticuloso, pero no dejo nada al azar. Con la habitación completamente limpia, solo me queda lidiar con el cuerpo de Sarah. Pero antes de deshacerme de ella, hay algo que siempre hago, una especie de firma personal que dejo en cada una de mis víctimas. Es una costumbre que comencé hace tiempo, un detalle simbólico que me ayuda a cerrar cada "capítulo". Voy al cajón donde guardo una pequeña colección de máscaras de cuero, cada una hecha a mano. Estas máscaras no son un simple accesorio; son una representación de lo que creo que las personas esconden en vida. Para mí, son un recordatorio de que cada víctima llevaba una máscara metafórica, una fachada que ocultaba su verdadera naturaleza, y que por eso no merecían vivir.
Elijo una máscara sencilla pero con rasgos definidos. La coloco sobre el rostro inmóvil de Sarah y, con aguja e hilo, comienzo a coserla con cuidado. Mis movimientos son precisos, asegurándome de no dañar demasiado su rostro en el proceso. Cada puntada es como un acto final, un sello que confirma su transición de persona a recuerdo, de ser humano a objeto. Mientras trabajo, el silencio en la habitación se hace más palpable, y la monotonía del coser casi me tranquiliza.
Pero justo cuando estoy a punto de terminar, el aire en la habitación cambia. Un ruido rompe la quietud como un trueno en plena calma: alguien llama a la puerta.

Comments (0)
See all