Llegó a su casa, pero antes de cruzar la puerta apagó el cigarro, tirándolo entre los arbustos que su madre tenía en el jardín, no quería otro sermón.
Al entrar, un aroma a panecitos lo recibió cálidamente. -¿Eres tú Niko? ¿Por qué llegaste tan tarde? —Una voz femenina con evidente desdén se oía desde la cocina, haciendo que el joven solo suspirara de cansancio.
Se acercó a la cocina y vio a su madre, quien cocinaba aquellos ricos panecitos en el sartén, el olor a queso, perejil y mantequilla era delicioso, amaba los panes de su madre, su sazón intenso en especias era delicioso. Nikolay por su parte solo le entregó la bolsa, la cual la mujer al verla abrió los ojos con emoción, podía escucharse el ruido de las botellas chocando suavemente entre sí mientras sostenía la bolsa.
-Vaya, ¿Le trajiste algún obsequio a tu querida madre? Creo que quizá sí podría perdonar que llegaras tarde– Mencionó con una sonrisa en broma haciéndose la digna.
Puso la bolsa en la mesa y comenzó a sacar las cosas poco a poco, viendo el contenido de los frascos con la misma curiosidad que su hijo la primera vez, había polvos, líquidos, manojos de hierbas, cristales y algunos amuletos.
–Ya veo porque te tardaste… ¿De dónde sacaste todo eso? Aquí cerca no hay donde vendan estas preciosuras—
La comida estaba en el fuego, así que con cuidado el hombre volteó los panecitos para evitar que se quemaran, después de todo sabía cocinar. Esto por sus conocimientos en pociones, requerían habilidades en común.
Su madre se acercó para besar su mejilla, pero en ese momento frunció el ceño en disgusto por el aroma de su amado hijo. -¿Estuviste fumando? Hueles a humo y alcohol ¿Dónde estuviste Nikolay? — Lo cuestionó, su hijo solo fue a lavarse las manos a modo de reducir importancia al tema, no peleaba, pues de hecho era raro que le desobedeciera ya que era muy responsable con su trabajo y familia, siempre seguía las reglas.
-Fui al bar después del trabajo, no considero haber hecho algo malo. Y eso lo conseguí ahí mismo, un elfo viajero se puso a vender esas cosas. Tenía más, pero solo traje eso— Dijo con normalidad, a pesar de estar cansado y algo ebrio.
-Te lo perdonaré, pero sabes que no me gusta que estés en esos lugares Niko, son peligrosos, un hombre de bien no tiene nada que hacer ahí- La mujer suspiró calmando un poco sus nervios -Y si ves a ese elfo cómprale más cosas, que esto parece muy bueno, haré algunas pociones.—Guardó las cosas en la bolsa para dirigirse a su taller de pociones, dejando a su hijo solo en la cocina.
-¿Y los panes? ¿Quieres que los saque? ¿No van a cenar? — Preguntó Nikolay en voz alta mientras cuidadosamente sacaba los panecitos acomodándolos en la panera. La tentación le ganó y terminó por morder uno, disfrutando del delicioso queso derretido, ajo y perejil de su suave interior.
-Tu hermana y yo ya cenamos, te estuvimos esperando y no llegaste. No nos íbamos a quedar sin cenar hasta que se te diera gana en volver —La voz de su madre se escuchó desde el taller, parecía molesta e indignada, pero a Nikolay realmente no parecía mortificarlo en ese momento, las cosas habían salido mejor de lo que esperaba.
Apagó la sartén y guardó la panera en la alacena, lavó los pocos platos sucios y subió con cuidado las escaleras a su habitación, no tenía cabeza en ese momento para trabajar, estaba torpe y podría tirar algo o provocar algún accidente, dejaría que su madre estuviera sola, quizá se le pasaría más rápido el enojo.
El hogar de Nikolay no era lujoso, mayormente construido en ladrillo estaba edificada cerca del centro del pueblo, no formaba parte de la pequeña burguesía, pero tampoco estaba en el área de los campesinos y obreros. Su padre en vida había trabajado como profesor en la academia local algunos años, ganando suficiente para construir esa casa y la biblioteca en la que después trabajó hasta el día de su muerte. Al lado de su casa se encontraba el taller de pociones familiar la cual estaba construida mayormente en madera. En la parte de arriba estaban las habitaciones, había una para cada uno. En el pasado solo eran la habitación de los padres, la de Nikolay y el estudio de su padre, pero cuando su hermana Anzhelika cumplió los 10 años el taller pasó a ser la habitación de ella, pues “ya era una señorita que necesitaba su espacio” a palabras de su madre.
Al llegar a su cuarto se tiró sobre la cama soltando un suspiro de cansancio al caer en el suave colchón, había sido un día en extremo raro, no podía dejar de pensar en ese elfo del bar, su blanco cabello largo que contrastaba en demasía con su piel morena… y esas líneas… “¿Qué serían? Por el comportamiento definitivamente no eran tatuajes o maquillaje ¿Serían marcas de nacimiento? ¿Por qué habían brillado así?”, pensó. Se sentía atraído de alguna manera por esas interesantes cualidades, era curioso pues no solía fijarse tanto en las personas y menos en otro hombre, pero aquella había sido una cena interesante al igual que el elfo.
Su poca habilidad para interactuar con los demás le había impedido conversar más tiempo o entablar una plática profunda con él, sin contar el obvio interés de acercamiento del otro lo cuan le ponía nervioso, sus sonrisas carismáticas, su piel que incluso con algunas cicatrices de batalla que despertaba un inesperado gusto y… sus ojos azules, todos esos rasgos eran una combinación encantadora e intrigantes para Nikolay.
Sus mejillas se sonrojaron suavemente al pensar en él, se sentía extraño al pensar en otro, estaba tomado y cansado. Darle vueltas a ese asunto en mente le hizo terminar por caer dormido por completo, ni siquiera se había puesto pijama o quitado los zapatos, la cabeza no le daba para hacer algo más.
La noche transcurrió sin ningún percance, era tan tranquila como todas las demás, el fresco y húmedo viento entraba por la ventaba de su habitación, arrullando plácidamente su sueño.
A la mañana siguiente un punzante dolor de cabeza lo despertó incómodamente, no estaba acostumbrado al alcohol y le estaba pasando factura desde temprano. El sabor de su boca era amargo, su saliva espesaba entre su lengua y podía sentir la incomodidad de su ropa.
Se levantó viendo los rayos de la mañana nublando su visión por un momento, sintiéndose incómodo por la sensación de la ropa que aún llevaba, viendo confundido su alrededor mientras terminaba de despertar.
-¿Me quedé dormido?.. Bebí demasiado. — sus anteojos seguían en la cama, pero, aunque su visión era borrosa podía distinguir el entorno. Bostezó tendidamente antes de ponerse de nuevo los lentes ajustando la mirada. Soltó un quejido antes de salir de la habitación, dejándola justo como estaba en la noche anterior, pues la cama apenas estaba destendida.
En la casa reinaba el silencio, supuso que aún nadie había despertado, aprovecharía para bañarse antes de que su madre lo viera en ese estado o se ganaría otro regaño de su parte. Caminó con cuidado para que el suelo de madera no crujiera bajo él.
Ya en el baño comenzó a desvestirse, dejando ver su delgado cuerpo pálido, no salía seguido, así que no era común que estuviera bajo los rayos del sol, su largo cabello aún seguía trenzado, comenzó a soltarlo con cuidado, dejando unas ondas formadas que caían por su espalda la cual era decorada por algunos pocos lunares. A diferencia de su madre y su hermana quienes tenían el cabello delgado y marrón, Nikolay lo tenía azabache como herencia de su padre.
De las pocas cosas que había heredado de su madre, era su pobre visión pues dependía mucho de sus lentes. Todo había sido culpa de una maldición que cargaba su familia materna, seguramente si alguna vez el hombre tuviera hijos, tendrían ese mismo problema, el cual no era curable con magia.
Comenzó a llenar la pequeña tina del baño, tenían un “novedoso” sistema de tuberías, ayudado por la magia de Nikolay y unos otros pocos magos más de la región, de modo que ahora era sencillo usar el agua sin tener que ir a los pozos a sacarla en pesadas cubetas como aún se hacía en algunos hogares que no eran tan afortunados.
Mientras se llenaba la tina, aprovechó para rasurarse el mentón, comenzaba a crecerle barba y le incomodaba verse de esa manera, se sentía desaliñado. Su padre en vida usaba bigote, pero él no era gustoso del vello facial, pues su imagen era siempre pulcra y formal.
Entró a la tina intentando relajarse un poco al sentir el agua caliente en su piel, mientas se veía en el reflejo del agua no podía dejar de pensar de nuevo en ese curioso elfo, comenzaba a molestarle no podérselo sacar de la cabeza. No entendía como es que siquiera se había interesado en él, pues Nikolay no se consideraba un hombre apuesto o de compañía agradable para las personas del lugar. Sabía que era una persona difícil de tratar, no era ajeno a eso, por esa misma razón le parecía tan extraño que Lanzeloth se hubiera interesado en él.
De todos modos, no importaba, seguramente no iba a volverlo a ver de nuevo, después de todo era un viajero.
Dejó de lado sus pensamientos respecto a ese tema y pensó en los planes para ese día: pasear en la arboleda para buscar algunas plantas, teniendo la esperanza de encontrar algo de valor académico, quizá algún cuarzo, planta o insecto poco común. Comenzaba la temporada de lluvias así que era común ver bichos volando de un lado a otro.
Al terminar de bañarse y secar su cuerpo se vistió conforme la ocasión, no iba a la biblioteca, no usaría la misma ropa, debía usar ropa adecuada para el campo, botas altas, pantalón grueso y una gabardina corta por si acaso llovía, había algo de nubosidad, debía irse preparado. Tendría el cabello suelto mientras se secaba, éste le llegaba a mitad de la espalda, tenía años dejándolo crecer y era uno de sus orgullos, aunque no lo cuidara tanto como una mujer lo haría, estaba saludable.
Bajó a hacer el desayuno, le extrañaba un poco que su madre aún no hubiera bajado, pero conociéndola, era muy probable que se hubiera dormido hasta noche probando los ingredientes que le había traído.
Mientras encendía la estufa de leña, escuchó unos pies ligeros bajar las escaleras provocando que la madera rechinara ligeramente.
-Hola Niko ¿Por qué no llegaste anoche a cenar? Mamá se preocupó por ti— Una jovencita de largos cabellos alborotados color castaño se acercó por detrás dándole un abrazo a su querido hermanito mayor.
-Estaba ocupado, y si llegué anoche, solo que tarde, ya te habías ido a dormir— Dejó que lo abrazara, era de las pocas personas que tenían el “privilegio” de cruzar su espacio personal, además, quería mucho a su hermana, aunque fuera muy extrovertida y directa en ocasiones justo como lo era también su madre.
Cocinaba unos huevos en el sartén grande de hierro fundido, la chica veía como se cocinaban, el olor de la mantequilla y huevo hizo que su estómago comenzara a rugir del hambre. –Quiero los míos bien cocidos, ya sabes, crujiente de las orillas, tostaditos— Mencionó feliz para buscar algo de leche.
-¿Quién dijo que son para ti? — Nikolay sonrió ligeramente al oír tal petición, claramente era en broma, le haría también unos huevitos al gusto a su hermana.
Suponía que su madre no bajaría pronto, así que se dispuso a desayunar con su hermana Anzhelika, escuchando atentamente todo lo que tenía que decir sobre su día pasado en la escuela, oyendo cada palabra mientras terminaban de desayunar.
-Voy a salir a campo, te toca lavar los platos. Dile a mamá que regreso en unas horas.—Antes de irse metió algunos panes del día anterior en su maletín para comer por si le daba hambre más tarde durante su paseo.
Ya había personas en las calles del pueblo, algunas iban al mercado, otros a trabajar al campo o solo pasear, los niños corrían de un lado a otra, jugando o acompañando a sus madres, pero como era normal, nadie hablaba con él, nadie lo saludaba ni él saludaba a nadie, era como un fantasma. Aunque todo esto para Nikolay no era molesto, de hecho le agradaba pues no perdía el tiempo hablando con otras personas desconocidas.
Se alejó del pueblo adentrándose un poco más en la solitaria arboleda, viendo al suelo buscando sorpresas. Era un preciado momento de paz, cuando podía ser él mismo, disfrutar de su propia soledad, siendo curioso, buscando saciar su hambre de conocimiento más allá de los libros… al menos por ese momento.
Con cuaderno en mano iba a anotando en su diario de investigación todo lo que veía, áreas exploradas y sin explorar, tenía pequeños mapas trazados en varias páginas de su diario donde registraba las visitas, pues a su opinión no era lo mismo caminar que explorar.
Sus habilidades de dibujo no eran muy buenas, pero al menos le daban para poder hacer garabatos más o menos decentes que necesitaba de la flora y fauna local. Algunos bichos los guardaba en frascos, ya fueran vivos o muertos para su colección y otros solo los miraba antes de dejarlos ir.
Mientras caminaba, el clima comenzó a cambiar, arreciando el viento y entorpeciendo su trabajo pues los insectos no se quedaban quietos al igual que las plantas, eso lo molestaba mucho pues sus planes estaban “Arruinados”, tampoco podría leer con ese viento tormentoso… El cielo se obscurecía cada vez más y el aroma a humedad se intensificaba, lo cual era signo de que seguramente iba a llover.
-¿Qué… debo hacer? —Se quedó parado cual bobo pensando en si debía volver a casa o pasear un rato mas aunque lloviera, no quería volver a casa, solo había pasado hasta ese momento hora y media, para Nikolay era poco tiempo. Además, que buscar una cueva para refugiarse tampoco era buena idea.
Mientras seguía pensando, una voz lejana lo llamó desde el cielo, confundido volteó hacia arriba, siendo parcialmente enceguecido por la luz del día.
-¡NIKOLAY! — Con los ojos entrecerrados pudo divisar algo, era el elfo moreno de la noche pasada montado en un dragón blanco del tamaño de una casa mediana quizá unos 25 o 30 metros ya con las alas extendidas, no pudo evitar sorprenderse por aquello, nunca había visto un dragón en su vida, era la primera vez. Estaba atónito, impresionado por la majestuosidad de esa criatura tan hermosa, no podía apartar la mirada, estaba fascinado.
-¡NIKO! —El elfo era ruidoso, pero más allá de eso se preguntaba por qué estaba volando con ese clima tan ventoso, él no era jinete de dragón, pero era por mera lógica una mala idea. Antes de pensar en algo más o decir palabra, una ráfaga de viento empujó al dragón y Lanz cayó torpemente de éste, gritando mientras terminaba de caer al suelo lejos del mago.
Nikolay fue corriendo en dirección a donde cayó el elfo, esperando que no se hubiera lastimado, una caída desde esa altura era muy peligrosa, corría con cuidado de no tropezarse en el camino con alguna piedra, siendo golpeado por algunas ramas en el proceso, se imaginaba un escenario donde quizá se había roto algún hueso, hecho alguna contusión de importancia, enterrado alguna rama o incluso que su cabeza estaba quebrada, los peores escenarios pasaban por la mente del azabache.

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