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La Piel del Viejo Coyote

Un Dios Sin Nombre, Dante II

Un Dios Sin Nombre, Dante II

May 04, 2025

Yoyo, en su camino, terminó exasperado con que Dante coqueteara a toda mujer que se cruzara en su camino. Emitía una voz dulce que el perro describía empalagosa como la miel, llena de amabilidad, pero siempre respetuosa. De la boca del no salían palabras vulgares, ni siquiera unpiropo lanzado al aire. «Para ser un mujeriego que echa barrio, sabe comportarse», concluyó el canino. Sin embargo, Yoyo sabía que de Dante no había que fiarse, ya su actuar es errático cuando se le da la oportunidad. Dante se detuvo cuando cruzó su camino con una mujer de tés tigresa, de cabello rizado y castaño, vistiendo un atenuendo deportivo de color rosado. Por la forma en que se saludaron, Yoyo intuyo que se conocían. Dante y la mujer empezaron a platicar de manera amena, caminaron a la par. El dios dejaba que la mujer hablara más que el propio Dante, que escuchaba atento, tuvo que quedarse atrás, ya que la mujer iba acompañada por su mascota un husky pelirrojo, que se notaba fornido y bien cuidado, gruñía violento a Yoyo. -No pienso recoger el alma de tu hermana —dijo Yoyo, pero el perro no se tranquilizó y comenzó a ladrar, a lo de la cadena con tanta fuerza que provocó casi tumbar a su dueña y terminó por lastimar la mano de la mujer. -Estás bien -Dante tomó la mano de la mujer, empezando a frotarle la muñeca. Con sus dones evitó que se hinchara y el dolor siguiera. Luego sujetó la cadena.El perro se calmó cuando el perro infernal tomó distancia, pero de vez en cuando soltaba un ladrido o chillido en advertencia a Yoyo. -No sé qué le pasa, hey deja de hacer escándalo, no hay nada. Yoyo, como un perro infernal, no podía ser visto por los humanos a menos que estuvieran al borde de la muerte. -Quizás vio un gato pasar. -Sabe convivir con gatos. -Bueno, dicen que los perros pueden ver cosas que nosotros no, quizás se habrá percatado de un aterrador y pestilente ser de ultratumba, dijo Dante mirando a Yoyo, sintiendo satisfacción de verlo afectado por sus palabras.
Al final su camino se detuvo junto a la entrada de una vieja cancha de paredes blancas, percudida y llena de grafiti.
Allí Yoyo escucho al dios de sus pesadillas hablar y decir;  
“Ve aplástalos usando tus piernas, preciosa  y ardiente diosa” Yoyo se estremeció esponjando su pelaje, sintiendo vergüenza ajena, agradeciendo estar muerto para no encontrarse con  los ojos de a la mujer.   El perro bajó la cabeza, al notar algunas  almas que merodeaban  y perros infernales como testigo, mirar con desagrado el piropo.
Yoyo se susurró así mismo en el camino:
—Es por Roberto, Roberto, aguántalo, por Roberto, no intentes matarlo porque si no matas a Roberto—
—¡Te puedes callar, chucho castroso!—Le gritó el hombre a Yoyo mientras decia adios a la mujer, quien le respondía el gesto.
—Huy, sí, sí, el enfadoso, eres tú, mírate, vulgar con las damas, animal , sin vergüenza—. Dijo Yoyo asomandose entre cada palabra un ladrido.
—No hice nada malo —dijo con tranquila voz Dante conforme metía sus manos en los bolsillos de su chamarra—. Conozco a Tania,  le encanta que alaben su fuerza… Cómo ves, chucho, tengo el permiso de esa diosa, permiso¿ Me oyes?—. Dijo Dante y se inclinó a la altura del perro, al que comenzó a picarle la cabeza con la punta del dedo.
—Bastardo.
Dante se detuvo en una esquina, donde estaba un carrito de madera color turquesa, de un puesto de tamalera, dueño de una mujer que era acompañada de su hija de cinco años de edad y su hermano de diez, que se acercaron a apoyar a su madre.
—¿Qué va a querer Don? —. Expresó el infante subiéndose arriba de un banco de plástico de color verde con  patas metálicas.
 Dame lo que alcance, dijo Dante, entregándole un billete de doscientos pesos al despachador, que lo tomó con una bolsa en las manos. La madre se puso a sacar los tamales
—¿Cuáles va a querer?—. —preguntó la madre, mientras estaba abriendo la tapadera de la olla con una toalla, de allí salió  un blanco vapor. 
Dante expresó de manera amable que, de todo, poco un poco.
Antes de irse, Dante se inclinó hacia la niña y dijo: —Espero que te recuperes pronto, pequeña. —Si has decidido dar caridad, te recuerdo que estás débil, eres un dios olvidado—. Dijo Yoyo—. No obtendrás nada con una misera bendición. —¿De qué hablas, chucho? —Bien lo sabes. Dante se adentró a unos departamentos, subió unas escaleras hasta llegar a una entrada con el número veinticuatro. —Sarita, mi vida —gritó a viva voz Dante. —Descarado, es una mujer casada —dijo Yoyo —Ella sabe que no me importa ser el segundo plato —dijo Dante mostrando una sonrisa confiada. —Claro, no dices eso enfrente de su esposo La expresión del dios se frunció revelando indignación, antes que pudiera defenderse Dante fue halado al interior del apartamento. —Hola, Sarita—dijo a la mujer que lo mantenía sujeto de la tela de su blusa contra la pared. —Deja hacer escándalo, Dante —Yo también te extraño —dijo el hombre y levantó la bolsa con tamales—. Traje comida. —Dios, no puedo contigo —dijo la mujer —Vine por otra cosa… Es sobre Roberto. —¿Al fin el descarriado de mi tío se ha decidido a comunicarse? Lleba semanas sin contestar mis llamadas y mensajes. —No ha sido culpa suya. —No defiendas a tu hermano, si ya no quiere nada ver conmigo por que encontró una mejor vida, que venga y me lo diga. Ya me canse de rogarle un miser mensaje. —Se accidentó—dijo Dante—, un auto lo atropelló, quedó inmóvil de pies y brazos. —¡¿Qué?! ¡Invéntate otra cosa, eso empeorará todo, si exige pruebas, dejarás a Roberto como un mentiroso a Roberto! — reclamó Yoyo que ahora flotaba enfrente del dios y de la mujer. —¿Por qué no aviso?—. Dijo ahora la mujer, tornándose su voz más preocupada y más suave. —Brazos y piernas inmóviles, mujer, su celular se lo quedó un amigo del trabajo que no está haciendo muy bien su trabajo—Dijo Dante que paso su mirada acusadora de soslayo sobre Yoyo.—Estuve en tu misma situación, creí Roberto que tras todo lo que yo he hecho por él, se estaba comportando como un mal agradecido. Cuando me enteré, no deseaba preocuparte. Dante puso su derecha mano sobre el hombro de la mujer de cabellos castaños. — Apenas ayer me enteré, no fue su culpa.
—Entonces, eso fue, me alegra, digo, no el accidente- voz de Sara que una vez fue firme y agresiva empezó a entrecortarse, vacilando si dejar salir el dolor acumulado de días de espera—, sino que Roberto no deseaba alejarse de su familia Dante le dedico una amable sonrisa mientras aún mantenía sus manos sobre los hombros de la mujer. —Lo quieres mucho, Sarah, tanto como yo, después de todo es tu tío. —Se fue sin avisar, me dolió. Ahora, aunque sé lo que ha pasado, me pesa su silencio, apenas contesta mis mensajes y la albondigita no para de preguntar por Roberto. —Mujer, Roberto vio una oportunidad y la tomó, no le dieron ni tiempo de procesarlo, ahora está haciendo lo que más le gusta, bueno, casi. —Me sorprende que te creas tu propia mentira—. Expresó entre dientes Yoyo. —Tio Dante—Grito, la voz tierna de una niña que salió de uno de los cuartos —¿Albondiguita ? ¿Cómo estás?— Dante abrió sus brazos en cuanto la niña se lanzó a su cuerpo, la cargó con un brazo, le mostró la bolsa. —Traje tamales —No tengo hambre, tío. —He mira tu cara, está toda rojita y mira cómo se te iluminan los ojitos albondiguita de solo ver la bolsa. —No es cieto—dijo la niña y se cruzó de brazo e inflo las mejillas. —Ah ja. Yoyo tuvo que esperar a Dante, se había puesto a jugar con la humana, le impacientaba la espera, pero lo cautivaba. Lo bien que el dios trataba a la menor como si fuera el propio vástago de Dante, era curioso para el espíritu canino cómo el dios se acoplaba a la niña como si fuera un infante más. Pero así era Dante, que, en opinión de Yoyo era como los niños, ambos crueles y traviesos, aunque los niños eran inocentes por su falta de conocer el mundo. En cambio, Dante era viejo y manchado de impurezas, un ser malicioso, consciente de sus actos. —Cualquier noticia de Roberto, por mala que sea, no te lo calles, Dante—. Dijo Sara en la entrada cuando Dante decidió tras dos horas de visita que era hora de irse. —Lo prometo —No lo prometas, haslo—dijo la mujer, que ya presentía que Dante le fallaría con su petición.

Dante se despidió, con un abrazo y un beso en la mejilla, se detuvo en la banqueta donde aún podía admirar  a la mujer, se deleitó de los cabellos castaños, lacios que le llegaban hasta los hombros, hasta la cintura y piel morena que cubría rubores rojizos. Dante estuvo así unos momentos hasta que Yoyo echo un aullido que lo despertó, luego escuchó el sonido del claxon. Justo delante apareció un viejo taxi, una Guayina. Se asomó su conductor, un hombre de cabellos castaños que se cubría con una boina.
—¿A dónde ustedes dos?—dijo el taxista asomandose por la ventana —. Más vale que no pierda mi tiempo.
—¿Y bien?—cuestionó Yoyo a Dante, luego subió sus patas delanteras a la ventana.
—Te iremos indicando el camino.
—Hola señora—Yoyo saludo a  una mujer sentada en la parte traseea con un reboso delgado  gris con emcajes floreados en la orilla que manetenia rodeando su cuelo, vestía un elegante vestido verde —¿Todavía no ha podido cruzar? Puedo ayudarla en la hora que le guste.
 La mujer  miró con desprecio a Yoyo , se apartó recorriéndose del asiento hasta pegarse a la ventana.
—Yoyo, eso fue irrespetuoso—. Dijo el hombre al volante
—Lo siento—. Dijo el perro que bajó las orejas avergonzado, mientras Dante atrás se reía del incómodo momento, sacudiendo su mano derecha con gesto de burla.
—Tu, Yoyo sube adelante. A mi clienta no le gustan los perros.
Dante abrió la puerta y se subió, miró sobre el espejo la mirada de desaprobación que el taxista tenía.
—¿Tienes para pagarme, anciano ?—dijo el taxista con desdén a Dante. El hombre apretó sus dientes mordiendo el palillo de la paleta en su boca que tenía al reves.
—Te atragantarás, aunque no creo que importe para un muerto —dijo y señaló Dante su propia boca y luego al hombre—. Y sí, tengo para pagarte.
El dios echó una mirada a Yoyo, asusandolo a comprometerse con el pago.
—Mmm, bien irá por mi cuenta, Joan, te pagaré al término del viaje—habló Yoyo que apreto sus dientes y solto un ladrido Chillón contra Dante.
El conductor vio con lástima a Yoyo, pero giró su vista enfrente, diciéndose a sí mismo que, por pena que sintiera por el perro infernal, una paga era una paga. —Bien, ¿por dónde voy? —Si quiere, lleve primero a la hermosa dama a su destino —dijo el dios al tomar con delicadeza la mano de la mujer que enseguida se la arrebató. —Atrevido—dijo la mujer con una mirada aprensiva, manteniéndose rígida en su postura-No—. No me toque. —Lo siento—dijo avergonzado Dante. Entendí mal las señales. —¿Qué? Las mujeres mayores son un reto —dijo Yoyo en tono hiriente. Dante apretó a los dientes, y junto a sus manos. —Fui un irrespetuoso. —Supongo las muertos no son los tuyos —comentó el taxista, se parió en un alto y giró su paleta para probar el dulce—. Más una mujer que nació hace cien años, no estará deseosa a perder su tiempo con capullo como usted. —No hable por mi caballero—se quejó la mujer —Lo siendo, señora Bianca. —Deberias haber llamado a alguno de mis colegas para que la dama causará, entre más pase… será difícil que tenga un descanso. —No te importa, chucho—dijo con desagrado la mujer. —En vida sí que no le gustaron a los perros- dijo Dante—Creí estarías acostumbrado a almas así Yoyo,. Es normal que muchas almas tomen desprecio a los perros del inframundo—Dantes puso las palmas de sus manos en la mejilla— pero a lo nuestro, que la dama termine su recorrido, puedo esperar. Dante observó a la mujer desde del espejo, atento mientras el auto estaba en marcha vio la sombra de un pasado una mujer recatada que ponía una barrera en su faz a toda emoción, un marido al que se comprometió a penas cumplidos los diecisiete, un arreglo de sus padres; sin embargo, fueron un matrimonio ameno. Luego la visión se convirtió el de una mujer barriendo el patio a las afueras de su casa, quejándose de los excrementos de los animales y su voz, reclamando por la nueva mascota que se habían atrevido a traer sus hijos a casa . Algunas almas susurraron a Dante de las ocasiones que la mujer abrió su puerta y dio cobijo a varios perros en fuertes tormentas, como se aseguró en tiempo de escasez que nadie faltara de comer en su hogar, aun si le costara su propia comida para alimentar a quien faltara de su familia.
-¿Así que viejo coyote sigue peligrando tu vida? -El mal de convivir con los mortales —Si fuera tú, lo dejaría ir —comentó el hombre, que acarició a Yoyo detras de las orejas—. Dicen que lo amas de una manera problemática, lo corromperás, mejor búscate a los vivos para follar. Dante parpadeó perplejo, por un momento sus ojos mostraron un deje de ira, pero respiró hondo y mostró una sonrisa jovial y dijo: Alto ahí, señor, a mí me gustan mucho las damas —miró a la señora en el asiento trasero—. Y cuando digo mucho significa que bastante, podría en este instante decir el nombre de unas cien bellezas a las que me ha entregado y cómo nos amamos en un sex...—dijo Dante y enseguida recibió un bolsaso de parte de la dama, quien le advirtió que cuidara su lenguaje. —La verdad no me interesa tu vida amorosa, viejo Coyote, tampoco a la dama. Disculpe a mi cliente —comentó el taxista que ofreció unos cigarrillos a la mujer que rechazó de manera amable con un ademán de su mano el gesto—Mejor para ese humano si no te interesa, pero te aviso que muchos ni piensan lo contrario, los perros del inframundo ya murmullan como estas demacrando tu cuerpo y alma por mantener tu amante con vida. Casi el taxista creyó escuchar un siseo violento de la boca de Dios, pero sí que vio con estremecimientos como este abrió la boca para mostrar cómo sus dientes amenazaban en tornarse en colmillo. Para Dante, los lazos creados por pactos con humanos son inamovibles, en su caso, un pacto familiar como el suyo jamás debe volverse el de amante. Aun si Roberto fuera una bella mujer, jamás se atrevería a verle con lujuria. La idea lo asqueaba. —Es mi hermano, que te quede claro-Dante elevo la voz, miro a Yoyo luego a la mujer después volvió al taxista-Aun si mis sentimientos cambiaran, me arrancaría los ojos si se atrevieran mirarle con lujuria, si cualquiera de mis manos se atreviera a tocarlo como un enamorado a su amante me cortaría el brazo y lo arrojaría al fuego. Violar un pacto de alma de sangre entre un dios y un humano es asqueroso. ¿Entendido?
Dante apoyó su mano sobre el respaldo del asiento del conductor y enterró sus dedos a los costados. —Bien, bien, entendí, pero ¡suelta el maldito asiento, lo estás desgarrando! —Usted inició—. Reclamo, Dante.



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