Hellen estaba tendida en su cama, completamente dormida. El mayordomo ingresó a la habitación; todo estaba desordenado.
Definitivamente, su noche no había sido la mejor; lo intuyó por el estado en que había llegado la joven. Murmuraba incoherencias y ni siquiera se podía mantener en pie.
—Señora Lancaster —la llamó por su nombre—, despierte, por favor.
La joven ni siquiera se movió. Esto iba a ser realmente complicado; debía hacer de niñero de esa mocosa.
—Señora Lancaster, despierte, despierte.
Hellen se removió incómoda, parpadeó un par de veces. La luz lastimaba sus ojos. Observó a Fidel frente a ella y frunció los labios, molesta.
—Puedes dejarme tranquila, tengo sueño.
Se cubrió nuevamente con la sábana; no estaba dispuesta a abandonar la cama. Era muy temprano para su gusto.
—Su suegro está en la planta baja. Desea hablar con usted.
La joven saltó prácticamente de la cama. Eso no podía ser posible. Sentía un dolor agudo en la cabeza; había bebido en exceso para olvidar sus desgracias.
Tomó un baño y se arregló rápidamente. No podía dejar al hombre esperando tanto tiempo; sería una falta de respeto de su parte.
Después de unos minutos, bajó las escaleras. Se veía realmente hermosa, a pesar de tener los ojos un poco hinchados.
El hombre se levantó del sofá para admirar a la joven frente a él. No se había equivocado al proponerle ese trato al señor Fisher.
—Señorita Hellen, es un gusto al fin conocerla.
—Gracias, señor Lancaster. El gusto es mío.
El hombre podía notar los ojos enrojecidos de la joven. Eso le indicaba que había estado llorando, seguramente por culpa de su hijo.
—¿Cómo van las cosas con mi hijo?
—Bueno, creo que bien —respondió la joven, fingiendo una sonrisa.
Lo último que quería era hablar sobre la tragedia que era su matrimonio en ese momento.
—No es necesario que me mienta, señorita. Sé que ni siquiera está viviendo en la mansión, pero no se preocupe, trataré de arreglarlo.
—No es necesario que lo haga, yo me haré cargo de todo. A fin de cuentas, soy la esposa.
El hombre sonrió al escuchar las palabras de la joven. Se comportaba como una buena esposa, preocupada por su matrimonio.
—Entonces lo dejo en tus manos. Aquí está la dirección de su departamento. Puedes ir a buscarlo y arreglar las cosas.
Hellen le mostró una sonrisa al hombre y le agradeció su amabilidad. Por dentro, deseaba no tener que ir a buscar a Nicolás.
—Pierda cuidado, señor. Yo misma iré a buscarlo esta noche. Solo necesita tiempo para asimilarlo; todo pasó muy rápido.
—Gracias, Hellen. Solo espero que lo ayudes a madurar. Mi hijo es un buen hombre, solo necesita un poco de ayuda.
Nicolás estaba sentado en su oficina, leyendo el periódico. Su nombre aparecía en la portada principal de todos los diarios. Todos querían conocer a su misteriosa esposa.
Había recibido innumerables llamadas de periodistas que querían sacar partido de los chismes, pero no estaba dispuesto a dar una entrevista. Quería mantener su matrimonio oculto.
Lanzó el periódico al sofá. Esa mujer era un completo dolor de cabeza. Escuchó cuando la puerta fue abierta y observó a su padre ingresar al lugar. Se veía demasiado tranquilo para su gusto.
—¿Puedo saber por qué no estás viviendo en la mansión con tu esposa? —preguntó el hombre, molesto.
Nicolás se llevó las manos al rostro y soltó un suspiro pesado. Seguro esa estúpida había ido con el chisme donde su padre.
—Estoy cumpliendo con mi parte. Firmé ese maldito papel. Ahora estoy atado a esa mujer.
Roger negó con la cabeza. Su hijo definitivamente se estaba comportando como un gilipollas.
—Firmaste el documento, pero también había algunas cláusulas que no estás cumpliendo. Deberías leer con detenimiento antes de firmar —dijo el hombre en tono seco.
—¿Qué cláusula?
Julio ingresó a la oficina y colocó algunos documentos en su escritorio. Llevaba unas gafas negras.
—Debes darle un nieto a tu padre. Solo así podrás divorciarte en el futuro.
Nicolás miró a su padre, molesto. Eso no podía ser verdad. ¿Un hijo? Se atrevió a agregarlo como una cláusula.
—Esto es demasiado, papá. No pienso ceder a tus caprichos.
—Entonces divórciate y entrega la empresa. Debes ir a la mansión de la familia Renaldi y realizar el pago de la deuda de la familia Fisher. No lo olvides.
Michael tomó asiento. Era mejor escuchar, pero no quería que su hermano se sintiera presionado.
—Papá, no lo presiones tanto. Está tratando de cumplir con tus exigencias. Déjalo respirar.
—No lo defiendas, Michael. Él no se toma en serio su matrimonio, y eso me molesta. Ya no es un niño.
El anciano se marchó de la oficina, molesto. Nicolás se sentía mal por haber firmado sin leer.
—¿Leíste el contrato?
Julio respiró profundamente y miró a su novio a los ojos.
—Soy su asistente. Me corresponde mantenerme al pendiente de todo.
Julio salió rápidamente de la oficina. Sentía un nudo en la garganta. No era fácil aceptar todo lo que pasaba a su alrededor. Sabía que la esposa de Nicolás era un obstáculo para su relación.
Un hijo era el precio que debía pagar su novio para poder divorciarse. Eso significaba que Nicolás debía involucrarse con ella.
Cerró la puerta de golpe. ¿Acaso no podía ser feliz como las demás personas? Siempre había algo que interfería cuando las cosas estaban bien en su vida.
Nicolás tomó el documento en su escritorio y lo lanzó a la basura. Eso era una locura total.
—No crees que deberías hablar con papá al respecto —la voz de Michael lo devolvió a la realidad.
—¿De qué hablas?
—Sabes de lo que hablo, Nicolás. Tú y Julio.
El hombre miró fijamente a su hermano. ¿Desde cuándo lo sabía? Eso lo tomó por sorpresa.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde el día que los vi en el club de golf.
Nicolás guardó silencio por unos segundos. Eso no era bueno. Su secreto ya no era tan secreto.
—No es necesario que me digas nada. No te juzgo, pero habla con papá.
—Sufrió un infarto hace poco. Esto creo que lo mataría. Prefiero seguir con esta farsa. Toma el maletín y págale a la familia Renaldi. Eso es lo único que quería esa mujer: dinero —farfulló, molesto.
Michael se levantó y tomó el maletín. Quería ayudar a su hermano, pero no encontraba otra salida.
—Soy tu amigo, no tu enemigo. Si necesitas algo, solo llámame —le dijo al hombre frente a él.
—Necesito deshacerme de mi esposa —bromeó Nicolás.
Michael negó con la cabeza. Algunas cosas se salían de sus manos. No se atrevía a hacerle daño a Hellen; ella también era inocente.
—Todo menos eso. Sabes lo que debes hacer. Es todo lo que puedo decirte. Habla con tu esposa.
Nicolás negó con la cabeza. No estaba dispuesto a hablar con esa chiquilla arrogante.

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