Nicolás caminaba de un lado a otro en la sala de espera, con las manos metidas en los bolsillos y una expresión de pura irritación en el rostro. Julio, en cambio, permanecía sentado, fingiendo total tranquilidad, observando el espectáculo con una mezcla de aburrimiento, diversión y molestia.
—¿Puedes sentarte? Me estás mareando —murmuró Julio, sin siquiera mirarlo.
Nicolás no respondió. Estaba demasiado ocupado, reprimiendo la mezcla de emociones que lo asaltaban. Por un lado, sentía una preocupación genuina por Hellen, aunque no quería admitirlo. Por el contrario, estaba furioso consigo mismo por permitir que la situación se saliera de control.
—No entiendo por qué estás tan inquieto —añadió Julio con una ceja arqueada—. Cualquiera pensaría que estás enamorado de tu esposa.
—Cállate, Julio —gruñó Nicolás, deteniéndose frente a la ventana —. Sabes que no es así.
—Solo digo lo que veo, pareces muy preocupado. Aunque... —Julio lo miró de reojo—. También entiendo si estás preocupado por lo que dirá tu padre.
Nicolás apretó los dientes. Era cierto, estaba pensando en la reacción de su padre. Su viejo no toleraría otro escándalo, y el hecho de que Hellen hubiera terminado en el hospital lo colocaba directamente en el ojo del huracán.
—No estoy preocupado por ella —dijo al fin, aunque su tono traicionaba su mentira—. Estoy preocupado por lo que mi padre dirá.
Julio soltó una risa baja; disimular que la situación no le afectaba, era realmente complicado.
—Claro, porque la opinión de tu padre es lo único que importa, ¿verdad?
Antes de que Nicolás pudiera responder, el sonido de tacones apresurados resonó en el pasillo. Ambos hombres voltearon justo cuando Cecilia entró en la sala de espera. Su rostro estaba rojo por la carrera, y su mirada se clavó directamente en Nicolás.
—¿Qué demonios hiciste ahora? —espetó, cruzando los brazos con fuerza.
Nicolás la miró con desdén, pero Julio observó la interacción con interés. Cecilia Ramírez era conocida por no guardarse nada, y parecía que estaba a punto de hacerle un buen reclamo a su "querido" novio.
—¿A qué te refieres? —respondió Nicolás con frialdad.
—Sabes exactamente a qué me refiero. Si Hellen tuvo ese accidente, fue por tu culpa. Estoy segura de que tú la provocaste.
—Señorita Ramírez, no creo que esto sea asunto suyo —intervino Julio, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.
Cecilia se giró hacia él, sorprendida por su atrevimiento.
—Claro que es asunto mío. Hellen es mi mejor amiga, y no voy a quedarme callada mientras su esposo se comporta como un imbécil.
—Ya basta —gruñó Nicolás, sintiéndose atrapado.
—No, no basta. Ella no merece esto, Nicolás. Es una buena persona, mucho mejor de lo que tú podrías aspirar a tener.
Julio miró a Nicolás con fijamente, lo que sucedía era todo un espectáculo. La mejor amiga llegaba a la defensa de Hellen.
Creía que la joven esposa de su novio, solo estaba tratando de llamar su atención y lo estaba logrando.
—Parece que tienes un club de fans bastante apasionado, ¿eh?
Antes de que la tensión aumentara aún más, los pasos de alguien más acercándose llamaron la atención de todos. Una doctora apareció en el umbral, sosteniendo una carpeta en la mano.
—¿Familiares de la señora Lancaster? —preguntó, mirando a los presentes.
Julio no pudo evitar morderse los labios al escuchar cómo había llamado a Hellen. Cecilia, por su parte, dio un paso adelante rápidamente.
—Soy su amiga. ¿Cómo está?
La doctora sonrió con amabilidad.
—Tiene algunos golpes y contusiones leves. Necesitará reposo y cuidados hasta que se recupere por completo. Podría experimentar mareos y dolores de cabeza durante los próximos días, pero nada grave.
—¡Gracias a Dios! —susurró Cecilia, aliviada.
La doctora dio algunas indicaciones adicionales antes de marcharse, dejando a los presentes en un incómodo silencio. Nicolás se giró hacia la salida, claramente decidido a irse.
—¿A dónde crees que vas? —preguntó Cecilia, incrédula.
—A trabajar —respondió Nicolás sin detenerse.
Antes de que pudiera salir, una voz autoritaria resonó desde el pasillo.
—No vas a ningún lado, Nicolás.
El hombre se detuvo en seco al reconocer la voz de su padre. Al girarse, vio al imponente Roger Lancaster caminando hacia él con una expresión severa.
—Papá, no tengo tiempo para esto, tengo una reunión importante.
—Tienes tiempo, y lo harás. Tu esposa está en esa habitación, y es tu responsabilidad; tu hermano puede hacerse cargo de esa dichosa reunión.
—Ella no necesita que esté aquí, preguntárselo.
—¿Ah, no? —Roger cruzó los brazos, mirando a su hijo con dureza—. Acabo de ver el video de seguridad, Nicolás. Esto fue tu culpa.
Nicolás soltó un suspiro pesado, frustrado, quería volver al trabajo y olvidarse de todo, además era consciente de que su novio estaba incómodo en ese lugar.
—Fue un accidente.
—Un accidente que podrías haber evitado si hubieras actuado como un adulto en lugar de como un niño malcriado.
Cecilia asintió con satisfacción, disfrutando de la reprimenda. Julio, mientras tanto, permanecía en silencio, claramente entretenido con el drama familiar.
—Vas a entrar a esa habitación y cuidar de tu esposa hasta que se recupere —ordenó Roger, ignorando cualquier intento de réplica.
Nicolás apretó los dientes, sabiendo que no tenía otra opción. Su padre no era alguien a quien se pudiera desafiar fácilmente.
—Está bien —dijo al fin, con voz resignada.
Cecilia lo miró con una sonrisa sarcástica.
—Tal vez todavía tengas esperanzas de redimirte, Nicolás.
Sin responder, él se dirigió hacia la habitación de Hellen, sintiendo el peso de las miradas en su espalda. Mientras abría la puerta, no podía evitar preguntarse cómo había llegado a este punto. Y lo peor de todo era que, en el fondo, sabía que su padre tenía razón.
Me casé con él pensando que el tiempo y mi amor podrían cambiarlo. Pero nuestro matrimonio, lejos de ser un cuento de hadas, se convirtió en una tormenta interminable. Su indiferencia y los constantes desacuerdos eran solo el principio de un dolor más profundo. Intenté ganarme su corazón, luché contra su rechazo, hasta que finalmente descubrí la verdad que lo explicaba todo: su amante.
Nunca fui más que una pieza en un juego familiar, un contrato que sellaba su destino para obtener una herencia. Compartimos la misma cama un par de veces, pero nunca el alma. Y ahora, mientras me pide el divorcio, debo decidir si me derrumbo o si encuentro en esta traición la fuerza para continuar sola.
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