Julio observó cómo Nicolás desaparecía al cruzar la puerta de la habitación de Hellen. Su expresión, que había sido serena hasta ese momento, se endureció. Por más que intentara disimularlo, su corazón se contrajo de dolor al verlo dirigirse hacia su esposa, esa mujer que ocupaba un lugar que, en el fondo, él deseaba para sí mismo. Colocó las manos en los bolsillos, tratando de ocultar su frustración, y sin decir una palabra más, se dio la vuelta y abandonó el hospital.
Mientras tanto, Nicolás avanzaba lentamente hacia la camilla donde Hellen descansaba. La habitación estaba en silencio, y la única iluminación provenía de una tenue lámpara en la pared. Se detuvo al pie de la cama, observándola por primera vez con verdadera atención.
Hellen estaba pálida, pero incluso así, su belleza era innegable. Su piel parecía de porcelana, perfecta y suave, y sus labios rojos resaltaban como si fueran pétalos de cereza. Había algo hipnótico en su delicada figura, algo que Nicolás no había notado antes.
Casi sin darse cuenta, dio un paso más hacia ella, inclinándose para observarla más de cerca. Sus dedos, como movidos por un impulso propio, se deslizaron hasta sus mejillas, rozando su piel cálida y rosada. Una corriente eléctrica recorrió su cuerpo, dejándolo inmóvil por un instante.
Se apartó rápidamente, confundido por aquella extraña sensación. No estaba acostumbrado a sentir algo tan intenso por una mujer, y menos por alguien como Hellen, a quien había tratado más como un inconveniente que como una persona.
Antes de que pudiera procesar lo que acababa de suceder, la puerta de la habitación se abrió bruscamente. Nicolás se giró justo a tiempo para ver entrar a Cecilia, acompañada por una mujer que claramente estaba molesta.
La mujer, de cabello entrecano y ojos vidriosos, avanzó directamente hacia él, sus lágrimas reflejando una mezcla de tristeza y enojo.
—No te desquites con ella —dijo con la voz quebrada—. Solo está intentando ayudar a su familia. Yo hubiera preferido perderlo todo antes que verla casada con un hombre como tú.
El tono de sus palabras era tan punzante como un cuchillo. Nicolás no necesitaba preguntar para saber que aquella mujer era la madre de Hellen.
—Flora, por favor, cálmate. Fue un accidente —intervino una voz masculina desde la puerta.
Un hombre mayor, con el rostro marcado por la preocupación, entró en la habitación detrás de Cecilia. Por su semblante y el modo en que miraba a Hellen, Nicolás dedujo que era su padre.
—¿Un accidente? —replicó Flora, girándose hacia él con incredulidad—. Eso no es verdad, y tú lo sabes. Esto no fue un accidente.
Señaló a Nicolás con un dedo acusador.
—Ni siquiera se ha tomado el tiempo de conocer a la persona con la que se casó. La trató como si fuera un objeto desechable desde el principio.
Nicolás sintió cómo la paciencia comenzaba a agotársele. No estaba acostumbrado a que lo confrontaran de esa manera, y menos en un momento en el que ya se sentía lo suficientemente culpable.
—Señora, lamento lo que ha sucedido, pero no voy a discutir con usted —dijo con frialdad.
—¡Claro que no vas a discutir! —exclamó Flora, alzando la voz—. Porque sabes que tengo razón.
Cecilia, que había permanecido en silencio hasta ese momento, dio un paso al frente.
—Tal vez deberías irte, Nicolás. Esto claramente no es algo que puedas manejar.
El tono de su voz era cortante, y la mirada que le dirigió fue aún peor. Nicolás apretó los dientes, sintiendo cómo la culpa y la irritación se mezclaban dentro de él. Sin decir nada más, salió de la habitación, dejando atrás el aire tenso que había llenado el lugar.
En el pasillo, respiró profundamente, intentando calmarse. La imagen de Hellen en la camilla seguía grabada en su mente, junto con esa extraña sensación que había experimentado al tocarla. Era como si algo en ella hubiera despertado una parte de él que había estado dormida durante mucho tiempo.
Sin embargo, ese pensamiento lo incomodaba. No podía permitirse sentir nada por ella. No ahora, cuando su vida ya era lo suficientemente complicada. Julio ya estaba molesto, y lo último que necesitaba era añadir más tensión a su relación.
Sacudió la cabeza, intentando despejarse, y caminó hacia la salida del hospital. Justo cuando estaba a punto de cruzar las puertas, una voz conocida lo detuvo.
—Nicolás.
Era su padre, Roger Lancaster.
—¿Qué haces aquí afuera? —preguntó con severidad—. Tu esposa está en esa habitación, y necesitas hacerte cargo de ella.
—Ya lo hice —respondió Nicolás, sin mirarlo a los ojos—. Ahora necesito trabajar.
Roger lo observó con una mezcla de decepción y autoridad.
—No me importa tu trabajo. Hellen es tu responsabilidad, y lo sabes, no te comportes como un niño.
—No necesito que me lo recuerdes.
—Pues parece que sí. Esto fue tu culpa, Nicolás. Acepta las consecuencias.
El rostro de Nicolás se endureció. Sabía que su padre tenía razón, pero admitirlo era algo que no estaba dispuesto a hacer.
—No fue mi intención, ella estaba molesta y no prestó atención a la carretera, fue su irresponsabilidad lo que nos tiene en este lugar.
—Eso no me importa. Ahora regresa a esa habitación y haz lo correcto, cuida a tu esposa.
Nicolás lo miró fijamente durante unos segundos antes de soltar un pesado suspiro. Sin responder, se dio la vuelta y comenzó a caminar de regreso hacia la habitación de Hellen, sintiendo el peso de las palabras de su padre en cada paso.
Dentro de él, una batalla interna se libraba entre la culpa, la confusión y un sentimiento que no quería nombrar. ¿Qué estaba pasando con él? ¿Por qué aquella mujer, a quien había tratado como una carga, estaba empezando a despertar algo en su corazón? ¿Acaso se estaba volviendo loco?
Me casé con él pensando que el tiempo y mi amor podrían cambiarlo. Pero nuestro matrimonio, lejos de ser un cuento de hadas, se convirtió en una tormenta interminable. Su indiferencia y los constantes desacuerdos eran solo el principio de un dolor más profundo. Intenté ganarme su corazón, luché contra su rechazo, hasta que finalmente descubrí la verdad que lo explicaba todo: su amante.
Nunca fui más que una pieza en un juego familiar, un contrato que sellaba su destino para obtener una herencia. Compartimos la misma cama un par de veces, pero nunca el alma. Y ahora, mientras me pide el divorcio, debo decidir si me derrumbo o si encuentro en esta traición la fuerza para continuar sola.
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