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Un Amor Inesperado

Dudas, celos y secretos

Dudas, celos y secretos

May 12, 2025

Julio estaba sentado frente a su ordenador, pero la pantalla brillaba en vano. Sus pensamientos lo arrastraban lejos de cualquier tarea pendiente. El cursor parpadeaba, un reflejo irónico de la impaciencia que latía en su pecho. La duda y los celos se apoderaban de él como una sombra persistente, carcomiéndolo por dentro.


Con un suspiro frustrado, se levantó bruscamente de la silla, empujándola hacia atrás sin cuidado. Cruzó la habitación hasta la alacena y sacó la botella más fuerte que tenía, un whisky añejo que había reservado para ocasiones especiales. Quizá esta no era una ocasión especial, pero el ardor del alcohol en su garganta era lo único que podía apagar, aunque fuera momentáneamente, la rabia y la incertidumbre que lo consumían.


Sirvió un trago generoso y lo bebió de un solo golpe, sintiendo el calor recorrerle el pecho. Cerró los ojos, intentando calmar la tormenta interna. Solo imaginar a Nicolás junto a Hellen, en ese hospital, cuidándola, tocándola... le provocaba una mezcla de repulsión y un dolor punzante que no quería admitir.


Justo cuando iba a servirse otro trago, su celular comenzó a sonar. Miró la pantalla: Raquel. Su mejor amiga, la única persona que conocía la verdad sobre su relación con Nicolás.


—¿Qué quieres, Raquel? —gruñó, contestando sin energía.


—¿Cómo puedes estar tan tranquilo cuando tu novio está al lado de esa mujer? —escupió ella sin rodeos, su tono impregnado de veneno y preocupación.


Julio soltó un suspiro pesado, apoyando el vaso vacío sobre la encimera.


—¿Tranquilo? ¿Crees que estoy tranquilo? —murmuró con amargura—. No puedo hacer nada para evitarlo, Raquel. No es como si pudiera irrumpir en el hospital gritando: "¡Ey, ese hombre es mío!"


—¡Pues deberías hacerlo! —replicó ella, su voz alzándose—. Las mujeres como esa son víboras. Se meten en la piel sin que te des cuenta. Ten cuidado, Julio. Nicolás puede empezar a verla de otra manera.


Julio apretó la mandíbula, el eco de esas palabras calando hondo en su mente.


—Ya es suficiente, Raquel —cortó la llamada sin esperar una respuesta.


El silencio volvió a la habitación, pero no hizo más que amplificar el estruendo de sus pensamientos. No podía quedarse sentado, no mientras su mundo se desmoronaba lentamente. Sin pensarlo dos veces, agarró las llaves de su auto y salió de su departamento.


En el hospital, el bullicio se había intensificado. La noticia del accidente de Hellen Lancaster se había filtrado en los medios, y varios periodistas se agolpaban en la entrada, ansiosos por obtener algún detalle jugoso que pudieran convertir en titulares sensacionalistas.


Entre la multitud, Marcel avanzaba con paso decidido. Su rostro mostraba una mezcla de preocupación y enojo. No había querido venir. No después de cómo terminaron las cosas con Hellen, pero algo dentro de él lo impulsaba a hacerlo. Quizá era orgullo. O tal vez, una pizca de sentimiento que aún no estaba dispuesto a admitir.


Se acercó a la recepción y, tras identificarse, le dieron el número de la habitación. Avanzó por los pasillos blancos y fríos del hospital, su mente repasando una y otra vez lo que le diría. Estaba molesto, sí. Molesto porque Hellen había aceptado casarse con Nicolás, molesto porque el apellido Lancaster ahora pesaba sobre ella. No entendía por qué había tomado aquella decisión, y la frustración lo devoraba por dentro. Hellen le pertenecía.


Al llegar frente a la puerta, tomó una bocanada de aire antes de empujarla.


Lo que vio lo desarmó por completo.


Nicolás estaba sentado junto a la cama de Hellen, hojeando un diario con aparente indiferencia. Pero sus ojos, oscuros e intensos, se alzaron en cuanto sintió la presencia de Marcel. Un destello de molestia cruzó su mirada.


Por un instante, el silencio entre ambos hombres fue más ruidoso que cualquier palabra.


—¿Qué haces aquí? —preguntó Nicolás con frialdad, dejando el periódico a un lado.


Marcel avanzó unos pasos, sus puños cerrados a los costados.


—Vine a ver a Hellen —respondió, su voz tensa—. ¿O necesitas que te pida permiso?


Nicolás se puso de pie con calma, pero había una tensión en su postura que no pasó desapercibida.


—Ella está descansando. No necesita visitas innecesarias. Deberías de pedirme permiso, ahora soy su esposo.


Marcel soltó una risa amarga.


—¿Visitas innecesarias? Qué ironía viniendo de alguien que ni siquiera quería casarse con ella.


Las palabras flotaron en el aire, afiladas como cuchillas. Nicolás dio un paso hacia él, acortando la distancia.


—No tienes idea de lo que dices —murmuró, su mandíbula tensa —mira quién habla, el hombre que la abandono por alguien más, no eres mejor que yo.


Marcel no se echó atrás.


—Sé más de lo que crees. Sé que ella no debería estar casada con un hombre como tú.


—Tampoco con un mentiroso como tú, te lo recuerdo.


La tensión entre ambos era palpable, como una cuerda a punto de romperse. En ese instante, Hellen se movió ligeramente en la cama, dejando escapar un débil gemido.


Ambos hombres giraron la cabeza al mismo tiempo.


Nicolás fue el primero en reaccionar. Se acercó rápidamente, su expresión endurecida transformándose en una mezcla de preocupación y confusión. Marcel lo siguió, pero se detuvo al borde de la cama, observándola en silencio.


—Hellen... —susurró Nicolás, tocando suavemente su mano vendada.


Sus ojos se abrieron lentamente, desorientados al principio, hasta que su mirada se posó en Nicolás. Frunció el ceño, como si intentara recordar algo.


—¿Qué... ¿Qué haces aquí? —murmuró con la voz ronca, apartando débilmente su mano.


Nicolás no respondió de inmediato. No sabía qué decir. Solo la observó, sintiendo un nudo en el pecho que no podía explicar.


Marcel se adelantó.


—Hellen, soy yo, Marcel. Vine en cuanto me enteré. ¿Cómo te sientes?


Ella lo miró brevemente antes de volver a dirigir su atención a Nicolás.


—¿Por qué estás aquí? No necesitas fingir preocupación.


Sus palabras fueron un golpe directo al orgullo de Nicolás, pero no replicó. En lugar de eso, se levantó y salió de la habitación, dejando a Marcel solo con ella.


En el pasillo, apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos. Su corazón latía con fuerza, y no sabía si era por la culpa, la rabia o... algo más.


Lo único que sabía era que nada de esto estaba bajo su control. Y eso lo asustaba más que cualquier otra cosa.
Emmabrown29
Emmabrown29

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