Sábanas arrugadas. Tazas sin lavar. Olor a incienso barato y desesperanza. Todo en su lugar.
Excepto por el genio.
Flotaba en medio de la sala como un móvil infantil gigante, haciendo preguntas y generando corrientes de aire innecesarias.
—¿Y qué hacemos ahora? ¿Comenzamos tu entrenamiento espiritual? ¿Quieres meditar sobre un volcán? ¿Correr descalzo por los campos de fuego eterno?
Kael se dejó caer sobre su sofá como si pesara tres vidas.
—Lo que quiero —dijo con los ojos entrecerrados— es silencio, café, y que te metas en una lámpara durante… digamos… toda la eternidad.
—¡Pero el destino no descansa!
—Yo sí.
El genio chasqueó la lengua.
—Mira que eres difícil. Hasta los elegidos del apocalipsis suelen emocionarse un poquito.
—¿Y si me salto el apocalipsis? Estoy pensando en hacerme pasar por muerto. ¿Sabes falsificar certificados?
Pero no hubo tiempo para más sarcasmo.
BOOOOOOOM
La explosión sacudió las ventanas como si una tormenta mágica hubiera estornudado en la calle. Los cristales vibraron. La lámpara del techo se balanceó peligrosamente.
Kael no se movió.
—No es mi problema —dijo, sin abrir los ojos.
—Kael… —susurró el genio, flotando hacia la ventana—. Creo que deberías ver esto.
—¿Es algo que implique papeleo?
—No. Gente muriendo.
Kael se levantó con un gruñido resignado y se acercó a la ventana.
En la calle, el caos era absoluto.
Gente corría gritando. Autos mágicos volaban torcidos. Y en medio de todo… una figura.
Alto. Armadura negra con runas rojas. Una capa hecha de lo que claramente era piel de bestia. Y en su mano… la cabeza de un policía, aún con el casco puesto.
—¡¿QUÉ DEMONIOS?! —gritó Kael, retrocediendo.
El sujeto arrojó la cabeza como si fuera una pelota cualquiera, estrellándola contra un poste.
Luego levantó la mirada.
Sus ojos brillaban con un resplandor violáceo.
—¡TÚ! —gritó, apuntando directamente a la ventana de Kael—. ¡Portador del genio! ¡Quiero ese poder!
Kael parpadeó.
—¿Por qué gritan mi dirección? ¿Dónde están los francotiradores del gobierno cuando se les necesita?
El villano levantó una mano. Una roca flotó desde el pavimento, se elevó… y fue lanzada directamente hacia el edificio.
Una roca gigante. Del tamaño de un carromato mágico. Volando a una velocidad muy poco amistosa.
—¡NO, NO, NO, NO—! —gritó Kael, cubriéndose con los brazos mientras el impacto se acercaba.
¡CRAAAAASH!
La roca atravesó la fachada como si fuera papel. Golpeó de lleno el cuerpo de Kael.
Silencio.
Polvo. Escombros. Ladrillos mágicos flotando por los aires. Una paloma huyó traumatizada.
—… ¿Estoy muerto? —murmuró Kael desde dentro de la nube.
El polvo se disipó.
Y ahí estaba Kael. De pie.
La roca estaba en pedazos a su alrededor, como si hubiese chocado contra una estatua de acero.
Kael miró sus manos. Su cuerpo.
Ni un rasguño.
—…No sentí nada.
El genio bajó flotando, con una sonrisita orgullosa.
—¡Oh! ¡Casi lo olvido! Pequeño detalle: tienes super fuerza. Nivel… rompe-montañas. Felicitaciones.
Kael lo miró con una expresión en blanco.
Una mezcla entre “¿qué carajo?” y “me quiero ir a dormir”.
—Día tres como portador maldito: sobreviví a un atentado con una piedra mágica gigante… y ahora tengo super fuerza.
Esto no estaba en mi contrato laboral.
Desde la calle, el villano rugió:
—¡BAJA A PELEAR COMO UN HÉ—!
Kael cerró la ventana de golpe.
—Voy a fingir que no escuché eso. Y luego, tal vez… tal vez vomite un poco.
Kael es un joven zorro con gafas, guantes y cara de fastidio permanente. Vive tranquilamente trabajando como archivista en la ciudad de Nixval, un lugar donde la magia y la tecnología conviven… más o menos. Le gusta el silencio, el orden y su rutina aburrida. Pero todo cambia cuando, por un accidente ridículo, activa sin querer un artefacto ancestral: la Marca del Héroe.
Ahora es el "elegido" para salvar el mundo. ¿Salvarlo de qué? ¡Ni él sabe! Lo único que tiene claro es que no quiere hacerlo. Odia los combates, odia la fama, y sobre todo, odia que le digan qué hacer. Pero el destino no acepta un "no" como respuesta.
Acompañado por un grupo tan disfuncional como él, Kael se verá obligado a enfrentarse a monstruos, conspiraciones y a sus propios demonios… mientras intenta encontrar una forma de librarse del estúpido título de “héroe”.
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