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Cuervo y luna

Amargos recuerdos

Amargos recuerdos

Jun 06, 2025

—Sí… ese es mi amado Legasov. Que en paz descanse —murmuró Martha con una melancólica sonrisa—. Falleció cuando Niko aún era un niño. Yo ya esperaba a mi niña en aquel entonces, aunque mi barriguita apenas se insinuaba… creo que tenía uno o dos meses de embarazo. En fin… él murió poco después de que mi bebé naciera.— Guardó silencio un instante, como si las palabras le pesaran en el pecho.

—Fue un golpe muy duro para todos nosotros. Pero para Nikolay… fue algo verdaderamente terrible. Verás, él es mi orgullo. Aun siendo tan pequeño, asumió responsabilidades que no le correspondían. Es un buen hijo. Incluso ahora, se encarga de la biblioteca y me ayuda con los encargos del taller. Ha mantenido el apellido “Petrov” en alto.— El ambiente se volvió denso, cargado de una tristeza que se colaba entre las palabras. Lanz se sintió incómodo, arrepentido de haber preguntado por aquella pintura. Sin embargo, algo en su interior despertó aún más curiosidad por Nikolay. Ese carácter firme parecía haber nacido con él… o tal vez se forjó tras la pérdida de su padre. ¿O estaba simplemente sobrepensándolo todo? Sus largas orejas, ahora caídas, delataban su tristeza y el torbellino de pensamientos que lo envolvía.

—Lamento mucho oír eso, señora Petrov. Mi más sentido pésame… No sabía que había fallecido —dijo con sinceridad.

Marta le dedicó una sonrisa cálida. Agradecía el gesto. A lo lejos, los pasos de su hijo se acercaban. Con delicadeza, limpió una lágrima que se deslizaba por su mejilla y, llevándose un dedo a los labios, le indicó que bajara la voz. —Shhh… no te preocupes, hijo. Eso fue hace muchos años. Estoy bien.—

Lanz suspiró, aliviado por la serenidad de la mujer. Al menos no se sentía tan torpe… hasta que Nikolay apareció con ese semblante serio que parecía esculpido en piedra desde el primer día que lo conoció. Caminaba hacia él con un frasco en la mano. Su contenido era verde, viscoso y con un aroma herbal que no prometía nada agradable. No parecía algo que uno quisiera beber… y Lanzeloth rogaba a todos los dioses que no fuera necesario hacerlo.

—Toma. Bébelo. Te ayudará con la pierna —dijo Nikolay con naturalidad, destapando el frasco con un sonoro “plop” al sacar el corcho.

Lanz lo recibió con cierta aprensión. El olor era rancio, penetrante y le erizó la piel. Si el aspecto era desagradable, el aroma era aún peor… Una mueca de asco se dibujó en su rostro. —Y-yo… no estoy seguro. ¿Para qué es esto? No es que desconfíe, pero… no parece algo que se deba beber —dijo con una sonrisa nerviosa.

Nikolay se sentó junto a su madre, sin apartar la mirada del elfo. Esperaba, paciente a que bebiera la pócima. Lo observaba con una mezcla de curiosidad y juicio, pensando: "¿No se supone que este elfo es un guerrero? ¿Por qué se pone tan delicado por esto?"

Estaba acostumbrado a esas reacciones. Las pociones y brebajes en ocasiones no eran agradables al paladar, pero si Lanzeloth era realmente un guerrero, no debería mostrarse tan aprensivo ante algo tan común como una poción sanadora.

—Es para tu hueso. No creo que esté completamente roto, pero sí parece fracturado. Por eso el dolor al caminar — Explicó Nikolay con calma —Al revisarte sentí algunas fisuras, pero no se si estaban cerradas o no. Con esto, sea donde sea que esté la herida, se cerrará. ¿Acaso es la primera vez que pruebas una poción?— Su tono era sereno, seguro. Hablaba con la confianza de quien conoce bien su oficio.

Para desgracia de Lanzeloth, estaba atrapado por su propia mentira. Se arrepentía más de eso que del dolor fingido. Ahora no podía echarse atrás; estaba acorralado. —Ya he probado otras… pero no se veían tan… poco consumibles —respondió con una mueca.

La madre de Nikolay soltó una risa suave al oír el comentario, lo que provocó que el joven mago frunciera el ceño, visiblemente ofendido por el insulto a su brebaje.

—Pues así es como se hacen aquí. Y te aseguro que es uno de los más efectivos para huesos rotos. Deja de quejarte, deja de ser tan delicado… y tómatelo de una vez—replicó, esta vez con un tono más seco. Su paciencia se le había agotado. Nikolay dio un par de palmadas sobre su pierna, y el gato que descansaba en el regazo de Lanz bajó con desgano, solo para acomodarse sobre las piernas del mago, donde se hizo bolita y volvió a dormirse.

Lanzeloth, sintiéndose más ridículo que nunca, finalmente se armó de valor y llevó la botella a sus labios. Sabía que debía hacerlo rápido o no lo haría nunca. El líquido era espeso, viscoso, con un sabor amargo que se adhería a su lengua como una maldición. Las hierbas molidas raspaban su garganta, y los grumos se deslizaban por sus labios como si tuvieran vida propia. Tragaba con prisa, conteniendo las arcadas, mientras su rostro se tornaba pálido. Su estómago se contraía con cada sorbo.

“Eso te ganas por mentiroso, Lanzeloth”, pensó, castigándose mentalmente. Cada trago era una tortura… pero al fin, la botella quedó vacía. Ahora sí se sentía mal de verdad, aunque no por la pierna, sino por el sabor que le revolvía las entrañas.

—Con eso vas a estar bien. Hace efecto en unas horas, pero podrías salir corriendo si quisieras —dijo Nikolay satisfecho. 

Su madre se puso de pie, alisándose la larga falda con una sonrisa satisfecha. Ver a su hijo interactuar con alguien le alegraba el corazón. Lanzeloth le parecía un joven amable, y eso le bastaba. —Eso significa que te vas a quedar a comer con nosotros. Luego de eso, podrás irte si así lo deseas. ¿Te parece? Yo volveré a la cocina para terminar la comida.—


El elfo asintió como pudo, luchando contra los espasmos de su estómago. Sentía el vómito subiendo por su garganta y tuvo que tragar saliva para contenerlo. Tomó un pequeño panecillo que Martha le había dejado y le dio una mordida, intentando borrar el sabor infernal que aún persistía en su boca. —Muchas gracias… por todo. No era necesario —murmuró, aliviado al sentir que el pan mitigaba un poco la náusea.

Ahora estaban solos él y Nikolay. El ambiente se volvió más íntimo, y aunque Lanzeloth se sentía algo nervioso, también estaba emocionado. Tenía muchas preguntas, ahora que conocía un poco más sobre él. El mago, por su parte, lo observaba en silencio, acariciando al gato dormido en su regazo, con una expresión pensativa.

—Espero que mi madre no te haya abrumado con tantas preguntas —dijo finalmente, con un tono más relajado. Se notaba menos tenso que el día anterior, quizá por estar en casa, lejos del trabajo. O al menos eso pensaba el elfo.

—No, en realidad fue muy amable conmigo. Hablamos un poco de ti… y de tu padre. Te pareces mucho a él. Por un momento creí que eras tú, pero con bigotito —bromeó Lanz con una sonrisa suave. Aunque sus miradas eran muy distintas, el parecido estaba ahí, innegable.

Nikolay observaba el retrato familiar colgado en la pared. Aquella comparación, aunque bien intencionada, era algo que escuchaba con frecuencia. —Solo me parezco en lo físico. Me falta mucho para ser como él. Espero algún día poder llenar sus zapatos —dijo con seriedad, mientras la nostalgia y el dolor se reflejaban en su mirada tras los lentes redondos.

—¿Puedo preguntar… a qué te refieres? Tu madre… bueno, ella dijo que te hiciste cargo de muchas cosas cuando tu papá… —Lanzeloth dudó un segundo—. Que has sido un hombre muy responsable.— Se acercó con cuidado, intentando acortar la distancia entre ellos.

—Mi madre puede ser imprudente con lo que dice… Pero supongo que, al menos en eso, tiene razón —respondió Nikolay, bajando la mirada —Cuando asesinaron a mi padre, yo tenía diez años. Desde entonces, tuve que hacerme cargo de algunas cosas en casa. No fue una época fácil… Mi hermana acababa de nacer, mamá debía cuidarla, y todo se volvió más difícil.— Hablar de su padre ya era doloroso, pero revivir aquellos años oscuros lo era aún más. No solía compartir esos recuerdos con nadie. Su mirada se perdió en el suelo, en sus zapatos manchados de lodo, como si en ellos pudiera encontrar consuelo o respuestas.

Lanzeloth no sabía cómo reaccionar. ¿Debía decir algo? ¿O simplemente escuchar? Con delicadeza, se sentó a su lado. Nikolay no pareció notarlo; seguía absorto en sus pensamientos, sin preocuparse siquiera por la alfombra que sus zapatos ensuciaban.


—Salía de la escuela, luego pasaba unas horas atendiendo la biblioteca de mi padre, y después volvía a casa para ayudar a mamá con los repartos de pociones… o incluso a prepararlas. Los fines de semana cuidaba de mi hermana mientras mamá seguía trabajando.
Fueron años muy duros… al menos hasta que terminé la escuela y pude dedicarme por completo a la biblioteca y a las pociones. Para entonces, mi hermana ya era lo bastante grande como para cuidarse sola.
—

La expresión molesta que solía adornar su rostro había desaparecido. Ahora solo quedaba un joven atrapado en los recuerdos. Sus ojos estaban vidriosos, al borde de las lágrimas. No hablaba de su padre con nadie… a veces, ni siquiera con su propia familia.

Lanzeloth comprendía, al menos en parte, lo que sentía. Sin decir palabra, tomó su mano con suavidad, ofreciéndole un gesto de apoyo silencioso. La calidez del contacto sacó a Nikolay de su trance. Lo miró, sorprendido, con vergüenza. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, intensificando su incomodidad. Rápidamente se quitó los lentes y se secó los ojos. No quería que nadie lo viera llorar. Se sentía débil. Vulnerable.

Siempre se había esforzado por mostrarse pulcro, serio, imperturbable.

—Lo siento… no debí hablar de eso. Discúlpame —dijo abruptamente, poniéndose de pie. El gato, que dormía plácidamente en su regazo, cayó al suelo con un maullido molesto antes de salir corriendo. Nikolay soltó la mano de Lanz y se colocó los lentes con torpeza. No podía mirarlo a los ojos. La vergüenza lo consumía. Sin esperar respuesta, se alejó apresuradamente.

—¡Nikolay, espera! —exclamó Lanzeloth, preocupado. No había imaginado que el tema lo afectaría tanto. Se sentía culpable por haberlo empujado a ese estado. Su pierna no dolía, así que se levantó y lo siguió escaleras arriba. Vio cómo Nikolay entraba en una habitación. No pidió permiso. Simplemente entró.

—Nikolay, ¿estás bien? Quizá no debí tocar ese tema… no imaginé que te afectaría tanto —dijo Lanzeloth con suavidad, cerrando la puerta tras de sí.

Echó un vistazo a la habitación. No era muy distinta a la sala: las paredes estaban decoradas con mapas de la región, cartas estelares y lo que parecía un calendario astral lleno de anotaciones sobre el clima y la agricultura. El aire estaba impregnado de una mezcla de café molido y hierbas secas, colgadas boca abajo en ramos, probablemente para secarlas. La recámara se asemejaba más a un estudio pequeño: un escritorio desbordado de libros, papeles y garabatos revelaba la mente inquieta de su ocupante.

—No suelo hablar de mi padre. Es un tema… difícil para mí. Discúlpame tú a mí. Me apena que me hayas visto así —dijo el mago, sentado al borde de la cama, con la mirada fija en el suelo. Su postura encorvada hablaba de vergüenza y miedo. Abrirse a alguien era algo impensable para él… y sin embargo, ahí estaba.

Lanzeloth, sin decir nada, se sentó a su lado y volvió a tomar su mano con delicadeza. Esta vez, Nikolay no la apartó. Aunque su incomodidad era evidente, no se resistió. Normalmente evitaba el contacto físico, pero en ese momento… lo necesitaba. Sentía como si llevara un abrigo demasiado pesado, y al mismo tiempo, no quería desprenderse de aquel calor. La mano de azabache sudaba y temblaba ligeramente. Lanzeloth no comprendía del todo lo que pasaba por su mente, pero sabía que no podía dejarlo solo. No después de que le confiara algo tan íntimo.

—Te entiendo un poco, Niko… —comenzó con voz baja—. Mi padre Drakken me dijo que me encontró en el bosque cuando era un bebé. Nunca supe si mis padres biológicos me abandonaron o si me perdieron. Pero dejé de pensar en eso. Acepté que Drakken sería mi único padre.— Se recostó ligeramente sobre el hombro del bibliotecario. Para su sorpresa, Nikolay no lo rechazó. Su mano incluso pareció relajarse un poco.


—Cuando era niño también pasé por muchas cosas. Aprendí a pelear contra chicos más grandes, a valerme por mí mismo, a proteger a quienes lo necesitaban. Pero incluso después de todo eso… también cargo con la ausencia de mi padre. Drakken murió en una misión hace años. A veces lo extraño tanto que siento que el pecho me arde. Entiendo lo que sientes.— Las palabras del elfo, sinceras y empáticas, lograron sacar a Nikolay de su pozo emocional. Poco a poco, comenzó a recomponerse.

—Lamento mucho lo de tu padre… Parece que tú también has pasado por mucho. Supongo que tu corazón también conoce ese dolor… y tu cuerpo también. Tienes muchas cicatrices, las he notado.—dijo, alzando la mirada. Solo entonces se dio cuenta de lo cerca que estaban. Se sorprendió un poco al notar la mínima distancia que los separaba.

—Ah, sí… pero eso no es nada. Me gustan, ¿sabes? Son como recordatorios de mis batallas perdidas y ganadas. No me avergüenzan. Me hacen ver rudo —respondió Lanzeloth con una sonrisa juguetona.

Ese cambio de ánimo fue contagioso. Nikolay también sonrió, aunque fuera apenas un poco. Pensó en lo que había dicho el elfo… tal vez sus propias cicatrices eran invisibles. Tal vez, algún día, podría aprender a llevarlas con la misma dignidad que Lanzeloth llevaba las suyas. 

—Supongo que tienes razón. Es bueno que veas tus cicatrices de esa manera. Yo… no creo poder hacer lo mismo. Toda mi vida he sido así, he vivido así. Todo a mi alrededor me empuja a convertirme en mi padre, a ser su reemplazo. Quiero ser como él. Anhelo ser un gran mago, como lo fue él… el mejor, al menos en esta región. Pero no puedo. Me siento estancado. Alguien tiene que apoyar a la familia.— Se levantó y caminó hacia la ventana. Necesitaba despejar su mente. 

Afuera, la lluvia había arreciado; las nubes se cerraban más y la luz se desvanecía. Observaba los árboles mecerse con el viento, mientras sus pensamientos se enredaban con cada gota que golpeaba el cristal.

Desde la cama, Lanzeloth lo miraba en silencio. La silueta de Nikolay, recortada contra la luz tenue de la ventana, le parecía enigmática. Una planta colgante adornaba el marco, y todo en esa escena le hablaba de un hombre lleno de conocimiento, de potencial… y de cadenas invisibles. Quizá solo necesitaba un poco de libertad para florecer.

Lanzeloth estaba acostumbrado a rodearse de hombres varoniles, grandes, de aromas viriles, fuertes y robustos, guerreros listos para las ballas empuñando grandes y pesadas armas… Mientras que Nikolay era un tanto diferente.


atipicaespectra
Oasis Espectral

Creator

Lanzeloth a través de conversaciones íntimas con Marta y su hijo Nikolay, descubre el peso que el joven mago ha cargado desde la infancia. Lo que comienza como una charla incómoda se transforma en un momento de conexión profunda, donde ambos hombres revelan sus cicatrices (físicas y emocionales) y encuentran consuelo en la vulnerabilidad compartida. En medio de mapas, pociones y silencios, aquel vínculo complejo se fortalece cada vez más.

#fairycore #magic #boyslove #Fantasy #bl #elf #Wizard #witchcore #cottagecore #yaoi

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A lo largo de la novela seremos espectadores de duelos, fiestas, batallas, pasiones, viajes, comedia y tragedias.
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