La mañana era cálida, el sol se colaba tímido entre las ventanas del aula 203. Lucía respiró hondo antes de entrar, con la carpeta contra su pecho y el cabello suelto cayendo sobre los hombros. Habían pasado años desde la última vez que pisó una universidad. No era la más joven del grupo, pero se sentía extraña entre rostros ansiosos y bulliciosos que hablaban de fiestas, redes sociales y exámenes.
Al fondo del aula, una figura se mantenía de pie. Impecable. Altiva.
—Buenos días. Soy la profesora Amanda Esquivel —dijo, con voz firme y clara—. Bienvenidos a Historia del Pensamiento Contemporáneo.
Lucía se quedó helada. No esperaba una mujer así. Amanda llevaba una falda lápiz oscura que abrazaba sus caderas amplias con precisión milimétrica, blusa blanca cerrada, tacones altos, cabello castaño claro que caía sobre sus hombros y llegaba a sus caderas. Su rostro era fino pero maduro, con labios bien delineados y una mirada profunda que parecía leer más allá de las palabras.
Había algo en su presencia... autoridad, elegancia, una feminidad cultivada. Lucía no pudo evitar seguirla con la vista mientras escribía su nombre en el pizarrón. "Amanda Esquivel", trazo firme. En su voz no había titubeo, ni dulzura gratuita. Cada palabra que decía parecía medida.
—Y bien —dijo, volviéndose hacia la clase—, quiero que cada uno me diga por qué está aquí. Qué esperan de este curso. Empezamos por ti —señaló a Lucía sin vacilar.
Lucía se irguió, tragó saliva. —Soy Lucía Morales... Tengo 24 años... Dejé mis estudios hace tiempo por motivos familiares y... ahora solo quiero terminar lo que empecé.
Amanda asintió, con una expresión neutra pero que no parecía indiferente.
—Bien. Espero que tu determinación dure más que tus palabras, señorita Morales — respondió, cortante pero sin crueldad.
Lucía se ruborizó. No estaba segura si le había gustado la manera en que le habló... o si le había incomodado por completo. Sentía algo extraño en el pecho. ¿Molestia? ¿Atracción?
Durante el resto de la clase, intentó concentrarse. Pero los ojos de Amanda recorrían el aula con exactitud y cada vez que se posaban en ella, Lucía sentía un leve cosquilleo en el estómago, como si le hubieran descubierto un secreto que aún no sabía que guardaba.
Al terminar, Amanda se acercó a su escritorio, recogiendo sus cosas con orden. Lucía, por inercia, también se levantó... y dejó caer su estuche.
Los lápices se desparramaron bajo el escritorio de la profesora. Al agacharse a recogerlos, sin querer, sus ojos quedaron justo a la altura de las piernas de Amanda. La tela de su falda tensada, la firmeza de sus muslos, el olor tenue de su perfume elegante
Amanda se inclinó también, recogiendo un lápiz.
Cuando sus manos se rozaron, fue un segundo.
Pero Lucía sintió que todo se detenía. Como si algo invisible se hubiera activado en el aire entre ellas.
Amanda le devolvió el lápiz y sus ojos se encontraron por primera vez tan cerca. Lucía pensó que serían fríos.
Pero estaban cargados de una extraña calidez... contenida.
—Ten más cuidado —susurró Amanda con voz baja, como si no quisiera que nadie más oyera.
Lucía solo pudo asentir, con las mejillas encendidas. Salió del aula sintiéndose tonta, con el corazón latiendo más rápido de lo normal.
Y Amanda... Amanda la siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillo.
Solo cuando estuvo sola, respiró profundamente, como si hubiera estado conteniendo el aire todo el tiempo.

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