La primera noche después de haber conocido a la profesora Amanda fue inquieta para Lucía.
Intentó concentrarse en los pedidos del pequeño negocio de postres que tenía con su madre. Preparó con delicadeza el merengue para unas tartaletas de frutas, vigiló el horno y respondió mensajes de clientes. Pero cada vez que se quedaba quieta, aunque fuera un instante, volvía esa imagen: Amanda de pie frente a la pizarra, la elegancia de sus gestos, la firmeza de su voz... y esa mirada que por un segundo pareció leerle el alma.
—¿En qué piensas? —le preguntó su madre al verla tan ida.
—En nada... en la universidad. Ya sabes —mintió Lucía, bajando la mirada. Su madre asintió y volvió a sus tareas.
Pero Lucía seguía sintiendo ese calor extraño en el pecho. No era sólo admiración... era otra cosa. Algo que no había sentido antes. Porque Amanda no era una figura cualquiera: era una mujer madura, elegante, una profesora... <Una mujer>
En la universidad, al día siguiente, Lucía entró al aula decidida a encontrar un asiento cercano. Quería observarla de cerca, sin parecer obvia. Cuando Amanda entró, el murmullo se apagó. Había algo en su presencia que imponía respeto sin esfuerzo.
Llevaba el cabello suelto, cayendo en ondas suaves por sus hombros. Su maquillaje era tenue pero impecable, y su aroma a rosas y lavanda llenó el aula sin pedir permiso.
—Buenos días —saludó con esa voz suave y firme a la vez, mientras abría su cuaderno.
Lucía la miraba. No podía evitarlo. Estudiaba cómo Amanda pasaba las hojas, cómo cruzaba las piernas, cómo sonreía apenas, casi como si se lo negara a sí misma. Se preguntó cómo sería verla sin esa coraza de profesora, cómo se sentiría tener sus manos maduras y femeninas sobre su piel.
Se sonrojó al pensar eso. "¿Qué me pasa?", se dijo. Hasta hace poco, su mundo era cuidar a su madre y hornear pasteles. Nunca había sentido deseo tan intenso. Y menos por una mujer. Pero Amanda no era cualquier mujer. Amanda era un universo entero... y ella acababa de entrar en órbita.
Por su parte, Amanda también sentía la incomodidad nueva de tenerla tan cerca. Se obligaba a no mirar demasiado, a no notar cómo el escote de Lucía se insinuaba discretamente bajo su blusa de lino claro. A no perderse en su risa breve o en sus labios brillantes.
Por su parte, Amanda también sentía la incomodidad nueva de tenerla tan cerca. Se obligaba a no mirar demasiado, a no notar cómo el escote de Lucía se insinuaba discretamente bajo su blusa de lino claro. A no perderse en su risa breve o en sus labios brillantes.
Pero algo en Lucía la provocaba de una forma distinta. No como un impulso físico cualquiera, sino como una nostalgia del deseo que había olvidado que podía sentir. Un deseo que mezclaba ternura, hambre y... peligro.
Al final de la clase, Lucía se acercó tímidamente con una pregunta sobre la lectura asignada. Amanda notó cómo sus dedos temblaban un poco mientras hojeaban el cuaderno.
—¿Te sientes cómoda con los textos? —preguntó Amanda, buscándole los ojos.
—Sí, pero me cuesta concentrarme cuando... cuando algo me interesa mucho — respondió Lucía con un tono que escondía algo más.
Amanda ladeó la cabeza y sonrió apenas.
—Eso puede ser bueno... si sabes usarlo.
Lucía bajó la mirada y se mordió el labio.
Amanda sintió un leve estremecimiento sin saber por qué. Esa chica no era una alumna común. Y por más que se lo repitiera, no podía ignorar lo que estaba empezando a crecer dentro de ella.

Comments (0)
See all