Amanda llegó a casa después de clase con el corazón lleno de un ruido que no podía callar. La calle estaba tranquila, el atardecer pintaba de naranja las ventanas, y el aroma del café tibio aún colgaba en el aire. Todo parecía igual... pero ella ya no era la misma.
Entró en la cocina y encontró a Julián sentado frente al televisor, con una taza de té y el gesto neutro de siempre. Su esposo de años. El hombre que la acompañó cuando aún temía mirarse en el espejo. El que la amó y la sostuvo, sí... pero también el que, con los años, dejó de mirar más allá de la superficie.
—Hola —dijo Amanda mientras dejaba su bolso en la silla.
—Hola —respondió él sin despegar los ojos del celular.
Un intercambio vacío, uno de tantos. Y sin embargo, Amanda sintió que ese gesto frío hoy dolía más. Se preparó un té y se quedó en silencio unos segundos.
—¿Te pasa algo? —preguntó él, apenas levantando la vista.
—No... solo estoy cansada —mintió ella, revolviendo la taza con una lentitud absurda.
Pero no era cansancio. Era inquietud. Era ese recuerdo de los ojos grandes de Lucía, de la forma en que se mordía el labio, de su voz suave preguntando por los textos mientras Amanda intentaba no mirar su escote.
Fue al baño y se desvistió frente al espejo. Su reflejo le devolvió la imagen de una mujer madura, de curvas suaves, cintura marcada, caderas generosas. Su cuerpo, moldeado con paciencia, cuidados y cicatrices. El cuerpo de una mujer que había tenido que construirse a sí misma.
Se tocó el vientre, el pecho, y luego bajó la mano entre sus muslos, cerrando los ojos. No como rutina, sino como una necesidad urgente de recordar que seguía viva. Que aún podía sentir deseo. Que aún era mujer en cada rincón de su piel.
Y en ese momento, mientras se acariciaba lentamente, no pensó en Julián. Pensó en Lucía.
En su juventud, sí... pero sobre todo en su mirada limpia, en su voz decidida, en esa mezcla de ternura e insolencia que le despertaba algo adentro. Algo que hacía años no sentía.
"¿Qué estás haciendo, Amanda?", pensó, respirando agitada. Pero su cuerpo no le pedía permiso. Su cuerpo se movía con hambre, con memoria, con deseo. Imaginaba las manos de Lucía tocando su espalda, explorando las curvas que Julián ya no miraba. Imaginaba su boca curiosa, su ansiedad contenida, y su voz suave diciendo "quiero verte... entera".
Se dejó llevar por un orgasmo breve, callado, como robado. Y al terminar, una lágrima le cayó por la mejilla.
Era deseo. Era soledad. Era todo junto.
Y sabía que no podía seguir negándolo por mucho más tiempo.

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