Amanda despertó temprano, con la garganta seca y el cuerpo pesado. Había dormido poco, y mal. La sensación de culpa le hormigueaba bajo la piel como un secreto sucio. Se duchó sin mirarse mucho al espejo, se vistió con ropa sobria, y salió de casa sin despedirse de Julián.
Durante el trayecto a la universidad, el rostro de Lucía volvía a su mente como un eco ineludible. ¿Cómo había permitido que eso pasara? ¿Cómo había cruzado esa línea tan íntima en su imaginación? Se sintió ridícula, impropia, incluso sucia. Era su alumna, por Dios. Una joven brillante, sensible, con toda la vida por delante.
Entró al aula con pasos firmes, más como quien entra a una batalla que a una clase. Sus tacones resonaron sobre el piso como golpes secos. Tenía el gesto serio, los labios apretados, el aire de quien no está para juegos.
Entró al aula con pasos firmes, más como quien entra a una batalla que a una clase. Sus tacones resonaron sobre el piso como golpes secos. Tenía el gesto serio, los labios apretados, el aire de quien no está para juegos.
Lucía ya estaba allí, en la segunda fila, con su cuaderno abierto y esa sonrisa tímida que siempre parecía esconder un mundo. Pero Amanda no se permitió sostenerle la mirada.
—Hoy hablaremos sobre los arquetipos femeninos en la literatura contemporánea — dijo Amanda, clavando la mirada en la pizarra—. Quiero atención total. No estoy de humor para distracciones.
Lucía se tensó. Algo había cambiado. Lo notó de inmediato.
Mientras Amanda explicaba con una intensidad inusual, un muchacho del fondo se levantó para sentarse más cerca de Lucía. Era Mauro, un estudiante de nuevo ingreso, tan solo unos dos años menor que Lucí, de mirada viva y sonrisa confiada. Tenía esa energía despreocupada de quien aún no ha sido roto por nada importante.
—¿Puedo? —preguntó él en voz baja, señalando la silla vacía junto a Lucía.
—Claro —dijo ella, casi sin pensarlo, feliz de romper la tensión.
Amanda lo notó, y algo se le revolvió en el estómago. Siguió hablando, pero su tono se volvió más duro, más seco. Le pidió a Lucía que leyera un fragmento en voz alta. La corrigió con más severidad de la habitual. Le cuestionó una interpretación sin miramientos.
Lucía bajó la vista. Mauro, en cambio, le pasó un papelito con un dibujo tonto de una profesora con cuernos. Ella no pudo evitar reírse un poco.
Amanda lo vio. Y por un segundo, el corazón le dolió de una forma difícil de nombrar. No era celos exactamente... o tal vez sí. Era la mezcla amarga de lo prohibido, lo deseado, y lo que empezaba a escapar de su control.
Terminada la clase, Lucía se acercó tímida, como buscando algo más que una simple aclaración de contenidos.
—¿Profesora... está todo bien? Hoy se la nota distinta.
Amanda la miró por fin. La expresión de Lucía era tan honesta, tan limpia, que le dolió.
—Estoy perfectamente —mintió, con una sonrisa forzada—. A veces uno solo necesita ser más exigente.
Y se dio la vuelta sin decir más. Necesitaba aire. Necesitaba distancia. Pero, sobre todo, necesitaba dejar de sentir eso que le nacía cada vez que Lucía estaba cerca.
Mientras tanto, desde el fondo del pasillo, Mauro la observaba. No a Amanda... a Lucía. Y en sus ojos había algo más que simple interés.

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