El comedor de profesores estaba lleno de voces y risas. Era jueves, y como cada semana, las maestras jóvenes de la facultad de Humanidades se reunían para almorzar juntas. Amanda llegó con su bandeja, algo más tarde, y se sentó con una sonrisa amable pero contenida.
—¡Justo hablábamos de ti! —dijo Sol, la más extrovertida del grupo, de unos treinta y tantos, con labios rojos y una risa fácil—. ¿A que no adivinas qué? ¡Anoche con mi marido estuvimos hasta las tres de la mañana! Ya ni sentía las piernas, ¡pero qué felicidad!
Todas rieron con picardía, menos Amanda, que se limitó a sorber un poco de su café.
—Ay, Sol, ya sabemos que eres fértil como una diosa griega —bromeó otra—. Yo ya me resigné a que con dos me alcanza. ¡Pero tú sigues contando orgasmos como medallas!
—¡Claro! —respondió Sol con tono orgulloso—. Hay que aprovechar antes de que el cuerpo se empiece a oxidar. Ya sabes, después de los cuarenta ya no es lo mismo...
Amanda desvió la mirada hacia la ventana. No por pudor, sino porque aquellas palabras tenían un filo más profundo para ella. No solo era la edad lo que la separaba de ese mundo de cuerpos ágiles y maternidades fáciles... era su historia. Su verdad.
—¿Y tú, Amanda? —intervino Clara, otra profesora, unos años menor que Amanda, con voz suave pero mirada inquisitiva—. Tú nunca hablas de hijos, ¿es que no quisiste o simplemente no se dio?
El tenedor de Amanda se detuvo un segundo en el aire. Clara tenía esa manera educada de clavar las uñas bajo la piel. Las demás la miraron, un poco tensas, como sabiendo que la pregunta era más íntima de lo que parecía.
—No se dio —respondió Amanda, con una calma fingida—. Nunca fue una prioridad para mí.
—Mmm... pero bueno, al menos tienes a Julián, ¿no? Un matrimonio sólido —continuó Clara con una sonrisa que no era sonrisa—. ¿Y en lo íntimo? ¿Todavía hay chispa? Porque... bueno, ya sabés, después de los años las cosas cambian. Yo con mi pareja, uff, estamos como en la luna de miel eterna.
El comentario cayó como plomo. Amanda respiró hondo, tragándose las palabras que de verdad quería decir.
—Cada pareja tiene su ritmo —respondió finalmente, recogiendo su bandeja—. Y el amor no siempre se mide en orgasmos.
Clara sonrió como quien gana un punto.
Mientras tanto, en otra parte del campus, Lucía almorzaba en el césped con Mauro y dos compañeras más que se colaron con ellos. La conversación fluía con risas, anécdotas y bromas internas. Mauro, como siempre, estaba cómodo, con ese aire de seguridad liviana que lo hacía encantador sin esfuerzo.
—Por cierto, te toca llevar los exámenes esta semana, ¿no?
—Sí, y hacer lo del registro de asistencia también —respondió Lucía con un suspiro—. Esta vez fue mi turno para hacer las diligencias del aula.
—Qué raro... justo a ti —dijo Mauro, con tono neutro.
—No te metas, Mauro —dijo Ximena mientras mordía un burrito—. A todos en algún momento, nos tocara hacer las cosas del salón y no podremos negarnos.
Lucía sonrió, pero en su interior sentía una extraña mezcla de nervios. Algo estaba cambiando... y no sabía si estaba lista para sostenerlo.

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