Lucía caminaba por los pasillos con una carpeta en brazos. El eco de sus pasos le parecía más fuerte que de costumbre, como si su propio nerviosismo lo amplificara. Llevaba los exámenes de sus compañeros, recién corregidos, a la oficina de Amanda. No era la primera vez que hacía ese tipo de diligencia, pero sí era la primera desde que la profesora había estado tan distante.
Golpeó dos veces la puerta.
—Pase —se oyó la voz de Amanda, firme como siempre.
Lucía entró, Amanda estaba frente a su escritorio, con gafas y el cabello suelto un poco desordenado, absorta en la pantalla de su computadora. El ambiente olía a café tibio y tinta. Había papeles apilados, libros abiertos, y una luz suave que entraba por la ventana.
—Traigo los exámenes —dijo Lucía con voz suave, dejando la carpeta sobre la mesa.
Amanda apenas asintió sin mirarla.
Lucía se quedó un segundo más de lo necesario. Sus ojos recorrieron el escritorio, los libros, una taza con lápices... y un pequeño marco de fotos que estaba algo oculto tras unos papeles. Lo tocó, casi sin pensar, con la punta de los dedos. Era una imagen antigua, pero luminosa: Amanda, más joven, con un vestido claro y el rostro sonriente junto a un hombre de aspecto tranquilo. Julián.
Al querer dejarlo en su sitio, sus dedos temblaron un poco y el marco cayó al suelo con un pequeño golpe.
—¡Ay, perdón! —dijo Lucía, agachándose rápidamente para recogerlo.
Amanda se levantó también, sin decir nada, y lo tomó con calma. Sus dedos rozaron los de Lucía por un segundo. Un segundo largo.
—No pasa nada —murmuró Amanda, colocando el marco en su sitio sin mirarla.
Lucía se mordió el labio y dijo, casi como al pasar:
—¿Está casada?...
Amanda se quedó inmóvil, con la mano aún sobre el marco.
—Sí —respondió finalmente, sin emoción—. Hace muchos años.
Lucía bajó la mirada, luego sonrió débilmente como si hubiera dicho algo tonto.
—Se ven... felices —comentó, intentando sonar ligera.
Amanda cerró la carpeta de los exámenes con un golpe seco.
—Lucía, agradezco tu ayuda con esto, pero deberías estar en clase. No olvides que eres alumna, no asistente de cátedra.
El tono era neutral, pero contenía un filo. Lucía se enderezó, algo herida.
—Claro. Disculpe, profesora.
Y salió, con pasos medidos pero con el pecho apretado.
Amanda se quitó las gafas. Se quedó mirando la puerta cerrada por unos segundos... luego al marco. Y finalmente, al reflejo de sí misma en la pantalla negra del monitor.
No vio a una mujer feliz. Vio a una mujer que no sabía cuánto más podía aguantar ese equilibrio frágil entre lo correcto... y lo que realmente deseaba.
<Sentirse nuevamente viva.>

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