Lucía caminaba por la vereda con su mochila colgando de un hombro y los auriculares medio puestos. La tarde estaba templada, y aunque la ciudad rugía a su alrededor, ella iba inmersa en pensamientos, arrastrando aún la sensación incómoda del encuentro en la oficina de Amanda.
—¡Ey! —dijo una voz familiar detrás de ella.
Lucía se giró. Mauro se acercaba en bicicleta, bajando con torpeza para acompañarla a pie.
—¿Vas para tu casa?
—Sí —respondió ella, sonriendo sin sorpresa.
—¿Puedo acompañarte?
—Claro.
Caminaron unos metros en silencio, pero no uno incómodo. De esos que parecen suaves, como si ya se conocieran de antes.
—¿Has tenido novio? —preguntó Mauro de repente, con la espontaneidad de quien no mide mucho.
Lucía lo miró de reojo, entre divertida y tímida.
—Sí... dos. Pero fueron cosas de adolescentes. Manita sudada y promesas tontas.
Cuando tenía catorce, quince... diecisiete, a lo mucho.
—¿Y por qué tan pocos?
Ella suspiró, como si esa respuesta pesara.
—Mi mamá enfermó cuando yo tenía dieciséis, justo después de la muerte de mi padre... ella no pudo con ello. Tuve que encargarme de muchas cosas... el negocio, la casa, ella. A veces siento que me salté esa etapa. Nunca tuve tiempo para enamorarme en serio.
Mauro asintió, con una expresión más seria de lo habitual.
—Eres una buena chica, Lucía —dijo con sinceridad—. Me gusta cómo eres.
Ella bajó la mirada, sonriendo en silencio. No era un piropo cualquiera. Era una frase que se le quedó grabada.
Llegaron a la pastelería, una esquina modesta pero llena de aromas dulces. Mauro se detuvo frente a la vitrina mientras ella abría la puerta.
—¿Son todos tuyos?
—Sí. Bueno, de mi mamá y mío. Yo los horneo ahora. Estoy empezando a probar recetas nuevas —dijo con algo de orgullo. Mauro señaló unos pastelitos de fresa con crema.
—¿Me vas a guardar uno para mañana?
—Prometido —respondió Lucía, guiñándole un ojo.
Ya dentro del local, se colocó el delantal mientras su celular vibraba. Era una videollamada: Romina y Ximena, sus dos amigas inseparables unos años menores que Lucia pero que habían robado su corazón y ganado su confianza.
—¡Por fin apareces! —gritó Romina apenas Lucía contestó.
—¿Nos vas a decir cuánto saqué en el examen de la profe Amanda o no? —preguntó Ximena entre risas, desde lo que parecía su cuarto.
Lucía movió la cabeza con una sonrisa evasiva.
—No tengo idea. Solo entregué los exámenes. Ni los abrí, lo juro.
—¡Mentira! —acusó Romina, teatral—. ¡Seguro ya los leyó todos con la profe!, seguramente ya sabe nuestros destinos...
Lucía rio, pero por dentro algo la pinchó. Recordó el marco de la foto. Amanda sonriendo junto a su esposo. Y ese momento frío, casi hostil, en que la profesora la había puesto en su lugar.
—¿Estás bien? —preguntó Ximena de pronto, notando el silencio.
—Sí. Solo cansada. Estoy atendiendo y tengo la mente en mil cosas.
Colgó después de unos minutos más de charla y se quedó viendo cómo la vitrina de los pastelitos reflejaba su rostro. Pensó en Mauro, en Amanda, en cómo una misma semana podía ser tan dulce... y tan confusa.

Comments (0)
See all